Opinión

EDITORIAL

La hora de los generales

Actualizado el 24 de junio de 2012 a las 12:00 am

El golpe de los militares en Egipto, denominado por algunos como “golpe suave”, está revestido de un formalismo que a nadie engaña

Las democracias occidentales no deben promover la ruta del militarismo tradicional en Egipto, pero tampoco cegarse ante los peligros de la Hermandad Musulmana

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Egipto, nación clave para la estabilidad del Cercano Oriente, está sumida en la incertidumbre política. El domingo pasado, en horas de la noche, desde sus oficinas en la capital egipcia, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) anunció el restablecimiento de las normas que conforman un Estado de ley marcial. Asimismo, dio a conocer la disolución del Parlamento ordenada por el Tribunal Constitucional, su autoridad sobre una nueva comisión constitucional, además de una lista de medidas para socavar drásticamente la autoridad del nuevo presidente, atado a la voluntad del CSFA.

La proclama castrense coincidió con el cierre de las elecciones presidenciales, cuyo resultado final no ha sido divulgado por el Tribunal Electoral –afín a los militares– supuestamente por estar pendientes de resolución centenares de recursos de invalidación.

La restauración plena del mando absoluto de los generales tuvo como punto de arranque algunas decisiones del complaciente Tribunal Constitucional, el miércoles previo, las cuales declararon ilegal la elección del Parlamento –dominado por los islamistas de la Hermandad Musulmana (HM)– y ratificaron la participación electoral del candidato presidencial Ahmed Shafiq, exgeneral y ex primer ministro del depuesto gobernante Hosni Mubarak.

Shafiq se ha enfrentado al candidato de la HM, Muhammad Morsi. En la última semana, ambos se declararon vencedores, al tiempo que los islamistas y sus simpatizantes se posesionaron de la Plaza Tahrir, en el corazón cairota y plataforma del movimiento popular que derrocó a Mubarak el año pasado.

Toda esta mescolanza de legalismos reviste al golpe militar, denominado por algunos como “golpe suave”, de un formalismo que a nadie engaña. Los generales han retornado de lleno, tras un retroceso táctico, hace pocos meses, para calmar la calle. Lo hacen anticipando la posible victoria de la HM que por años ha pregonado la necesidad de enviar a los uniformados a los cuarteles para que el mando político del Estado sea eminentemente civil. Como aspiración cívica suena bien, pero, lamentablemente, no responde a las realidades de lo que el Ejército es y representa ni tampoco a los planes absolutistas del islamismo que la HM disimula.

Desde que en 1952 una alianza de oficiales derrocó al rey Farouk y lo envió al exilio en Europa, el Ejército ha sido ancla y columna central del aparato estatal de Egipto. El país ha contado con instituciones formalmente similares a las de las democracias occidentales, como el Parlamento, un Ejecutivo con su presidente, una Corte Suprema de Justicia y un surtido de entidades estatales. Sin embargo, la institución fundamental ha sido el Ejército, y todos los presidentes, hasta Mubarak, han provenido de las Fuerzas Armadas.

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El papel central del Ejército conlleva el desarrollo de un vasto imperio económico que nutre los privilegios de la casta militar. Conexa a este dominio, existe la autonomía con que los altos jefes ponen y disponen del presupuesto de la institución castrense. Por eso, el objetivo de retener su autoridad y no verla transformada en instrumento de coerción de los políticos contra las Fuerzas Armadas, es prioritario en las actuaciones de los generales.

Por su parte, la HM cuenta con escasos meses de legalidad, obtenida a raíz de las protestas que culminaron con la caída de Mubarak. Su actuación abierta, tras largos años de estar proscrita, fue uno de los gestos del CSFA para calmar la calle. Salida de la oscuridad, la HM se vistió con piel de oveja para predicar la unión de las fuerzas democráticas, entre las cuales se incluyó.

A esta cosecha inicial pertenecieron sus prédicas y garantías de que no participaría en las elecciones, mucho menos las presidenciales. Promesas, al fin de cuentas, que fue abandonando en el camino al tiempo que conseguía el dominio del Parlamento y, últimamente, una ventajosa posición de finalista para la Presidencia. Con estas proezas electorales, el tono de sus voceros dio muestras del dogmatismo y radicalismo propios del jomeinismo iraní. Y, después de Egipto, ¿qué otros frutos perseguirá?

Cabe, a este respecto, recordar que Egipto es el mayor de los Estados árabes, y bajo el mando de Anwar Sadat firmó un tratado de paz con Israel y devino en el aliado clave de Estados Unidos y Occidente en la región. Tras el asesinato de Sadat, Mubarak mantuvo esa línea estratégica, sumamente ventajosa para Egipto y no solo en el rubro financiero. Si Egipto cayera víctima de la rapacidad islamista que propugna Irán, sería un desastre estratégico para el Oeste y toda la zona.

Nada de esto quiere decir que las democracias occidentales deberían promover la ruta del militarismo tradicional en Egipto. Hay un ancho margen para alentar una alianza de las fuerzas democráticas y, si fuera del caso, incorporar al Ejército con límites legítimos para sus actuaciones, sobre todo en la defensa del país conforme a la agenda de funcionamiento de un sistema rejuvenecido.

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Lamentablemente, dejar las cosas como están nutriría una epidemia de inestabilidad de alto peligro para la zona. Los generales han manejado hasta ahora su retorno pleno con golpes de desconcierto para los manifestantes emplazados en Tahrir. Las noticias contradictorias sobre la muerte de Mubarak forman parte de ese menú táctico, pero la prolongación indefinida del anuncio sobre el resultado electoral podría inaugurar una etapa de confrontación en la calle que a nadie conviene. He ahí el precio de la incógnita que hoy pesa sobre el pueblo egipcio.

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