El cerco militar de las fuerzas oficiales nigerianas contra Boko Haram ofrece una perspectiva alentadora de cara a las elecciones del 28 marzo

 22 marzo, 2015

El cerco militar conseguido en las recientes acciones de las fuerzas oficiales nigerianas contra el movimiento terrorista Boko Haram ofrece una perspectiva más alentadora de la difícil lucha por el control del noreste nigeriano. La zona, especie de esquina estratégica colindante con Chad, Níger y Camerún, venía sumida en un feroz combate entre el islamista Boko Haram y el gobierno que tuvo su inicio en el 2012.

Ese año, los padecimientos de una mayoría de los pobladores del área, empobrecidos y carentes de la mínima asistencia médica para enfrentar las frecuentes pestes y enfermedades que suelen azotar la región, marcó el chispazo de una agitada protesta social. El descontento fue también alentado por la inexistente ayuda económica del Estado para remediar en algo las penurias que diariamente agobian a la ciudadanía.

Este trasfondo explica el desarrollo y quizás, también, el cuestionable éxito inicial de Boko Haram, que se ha dedicado al crimen para financiar su movimiento. Dentro del programa de los noveles yihadistas, han destacado los secuestros y la venta de protección personal. Pero, sobre todo, Boko Haram ha devenido en el sindicato terrorista más sanguinario de África.

Las estadísticas son desconsoladoras. Todos recordamos con tristeza la suerte de las más de 200 niñas escolares que no hace mucho el grupo terrorista secuestró de su colegio para casarlas con milicianos o venderlas para impronunciables crímenes. La nómina de asesinatos asciende a más de 13.000 víctimas, amén de haber expandido a 36 el número de distritos y poblados bajo su mando. Por si faltaba, hace pocos días, Boko Haram juró su obediencia al Estado Islámico (EI), indudable rector de odios.

Este giro dramático nutrió la urgencia de intervenir militarmente para poner coto a la matanza. Según despachos de prensa, un mercado de mercenarios sudafricanos y de la antigua URSS se unieron a las filas nigerianas y a las de la tripleta de naciones vecinas de aquella esquina geopolítica que antes describimos, con respaldo material francés y norteamericano, en particular con drones y otros artefactos de comunicación e información.

El impulso de esta conjugación de fuerzas militares fue haber reducido, sustancialmente, los haberes territoriales de Boko Haram, incluidos los 36 distritos y poblados robados. Sobra advertir que el grupo terrorista ha desmentido los informes de victorias y hasta asegura que ha recapturado algunos de sus dominios.

Por supuesto, el presidente nigeriano, Goodluck Jonathan, está redivivo y feliz. Según declaraciones a las grandes cadenas internacionales de medios de comunicación, todas las posesiones de los terroristas islámicos estarían nuevamente en manos de sus legítimos propietarios en pocas semanas.

Para entender la alegría manifiesta de Jonathan, debemos tomar en cuenta que esta semana habrá comicios presidenciales en Nigeria, en las cuales el mandatario pretende su reelección. Las críticas al presidente se concentran en la reacción tardía, de él y su gobierno, a los hechos crueles en el noreste nigeriano. Un logro que no debemos ignorar es el esfuerzo militar aliado que ya está dando frutos y cuyo gestor, recordemos, es el mismo Jonathan.

El presidente carga sobre él, sin lugar a dudas, los obstáculos que se presentaron desde el inicio de su gestión. Por una parte, a pesar de los muchos millones dispensados para equipos militares, al arribar al poder nadie conocía su paradero. En consecuencia, el dinero debió volverse a girar para mantener aperadas las tropas.

Esta es una consideración importante, pero obedeció, en gran parte, a la corrupción en las fuerzas armadas y, de mayor trascendencia, en todo el sector público. El presidente asegura que ha hecho hasta lo imposible para extirpar esa lacra. Ojalá sea así. Igualmente, esperamos que esos esfuerzos no hayan sido en vano, porque la tarea que le espera es inmensa.

Sin duda, confiamos en que las elecciones del 28 de marzo sean una gran celebración cívica para el pueblo nigeriano y sus dirigentes democráticos.

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