Opinión

EDITORIAL

El futuro de Honduras

Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:05 am

Orlando Hernández, del Partido Nacional, triunfó en unos comicios que, si no fueron completamente inmaculados, sí contaron con el aval de los observadores

El fracaso de Honduras tendría efectos en toda la región. Cabe desear que las diferencias se resuelvan con prontitud y justicia

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Con un trasfondo de debilidad institucional,expansión constante del narcotráfico, corruptela, maras, crimen violento y una tasa de 86 homicidios por 100.000 habitantes, la mayor del mundo, Honduras celebró comicios presidenciales el pasado 24 de noviembre.

El valiente pueblo hondureño ha realizado, en los últimos años, procesos electorales empañados por la inclemencia del crimen y la inestabilidad política. Valga señalar que la violencia se ha adueñado de territorios extensos, utilizados de trampolín para las drogas destinadas a Estados Unidos.

Algo similar ha ocurrido en los otros países del norte de Centroamérica, particularmente Guatemala. Con todo, los sufragios representan la esperanza de un pueblo agobiado por las acciones del crimen organizado y otras fuentes de inestabilidad y desasosiego, como la miseria extrema.

Los sueños truncados por la inoperancia de las instituciones esenciales, incluida la Policía, marcan la agenda de los escollos a superar para dar sentido al ejercicio democrático.

La posibilidad de lograrlo se ve hoy incierta en Honduras y otras naciones vecinas invadidas por las drogas y las maras. La magra ayuda de Estados Unidos para combatir estas lacras es insuficiente y los recursos internos son limitados. La inestabilidad política y social está lejos de ser superada.

Los desafíos políticos cobraron notoriedad internacional hace cuatro años, cuando, en vísperas de las elecciones, el entonces mandatario saliente, Manuel Zelaya, pretendió imponer una ley electoral que lo mantendría en el poder, al estilo de Hugo Chávez. La crisis política desembocó en un golpe que depuso a Zelaya y provocó incertidumbre en Honduras y su vecindario.

Ahora, en los últimos comicios, Zelaya impulsó la candidatura de su esposa, Xiomara Castro, y él, imposibilitado de aspirar a la presidencia, optó por el Congreso.

Juan Orlando Hernández, del oficialista Partido Nacional, consiguió la victoria en unos comicios que no fueron completamente inmaculados, pero sí contaron con el visto bueno de los observadores internacionales.

Zelaya emprendió una campaña para impugnar el resultado y convocó a sus partidarios a tomar las calles, pero en pocos días cambió la ruta y su esposa anunció, el miércoles, que continuarían la impugnación, no en las calles sino en los tribunales.

Ese curso de acción podría dar a Honduras la oportunidad de zanjar sus diferencias por vías apropiadas para construir un futuro de mayor solidez institucional, indispensable para enfrentar el grave peligro del crimen organizado y atender las necesidades de numerosos sectores sociales carentes de medios para sobrevivir con dignidad.

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Los florecientes proyectos del narcotráfico en mucho se originan en la debilidad institucional, social y política de los países del Triángulo Norte centroamericano, sumadas a la corrupción creciente.

Drogas, corrupción y maras son hoy factores capaces de desestabilizar a esos Gobiernos, como también la pobreza extrema, de donde se nutren los otros males.

El fracaso de Honduras tendría efectos en toda la región, incluida Costa Rica. Por eso y por la justicia de una mejor vida para el sufrido pueblo hondureño, cabe desear que las diferencias sobre el resultado electoral se resuelvan con prontitud y justicia, y que el nuevo presidente electo pueda tender los puentes necesarios para dar al país el sosiego político necesario para enfrentar sus enormes desafíos en el campo social y en la lucha contra el crimen organizado.

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