Opinión

EDITORIAL

Al fin una ley de tránsito

Actualizado el 22 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

La nueva ley es un alivio, pero querríamos tener certeza de su aptitud para resistir el paso del tiempo

El régimen aplicado a los conductores novatos y otras regulaciones suscitan dudas sobre la resistencia de la normativa al examen de constitucionalidad

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El país está urgido de la nueva ley de tránsito, aprobada el miércoles por la Asamblea Legislativa, luego de un alambicado procedimiento cuyos inicios se pierden en la memoria. El texto recién aprobado no tardará en salir del despacho presidencial con el ejecútese de la mandataria Laura Chinchilla.

Los legisladores se cuidaron de establecer sanciones graves, pero no tanto como para correr el riesgo de fallos adversos por faltas al principio de proporcionalidad tutelado por la Sala Constitucional. También formularon una consulta facultativa a los magistrados para despejar dudas sobre las nuevas disposiciones.

Tanta cautela encuentra amplia justificación en la historia de esta accidentada reforma legislativa. El Congreso se ha dado a la tarea, una y otra vez, de reformar la ley de tránsito solo para verla desintegrarse tan pronto entra en vigencia y los afectados acuden a la Sala con quejas por violación a los principios de igualdad, proporcionalidad y razonabilidad.

Las fallas se relacionan con la impulsividad del proceso legislativo, proclive a reaccionar con exceso frente a hechos dramáticos y dolorosos, como los accidentes donde la irresponsabilidad de los conductores alcanza límites intolerables. La indignación ante esos hechos es siempre compartida, pero legislar para la generalidad a partir de casos puntuales conduce a los extremos rechazados por la Sala IV. Otros errores nacen de la mala técnica legislativa y los defectos de procedimiento. La suma de esos factores ha mantenido al país en el limbo, y la certeza de contar con una ley dura, pero proporcionada y respetuosa de los principios integradores del orden constitucional, sería un alivio.

Fabio Molina, jefe de fracción del Partido Liberación Nacional, saludó la aprobación de la nueva ley con las siguientes palabras: “Vuelven la autoridad y el orden a las carreteras. Nadie crea que esta ley es alcahueta. Es muy fuerte y esa es la única manera en que las leyes funcionan, pero no es abusiva en multas como la ley anterior”.

Nos unimos a la celebración, pero subsisten las dudas no resueltas por la Sala IV. Los magistrados rechazaron conocer cinco de los siete puntos consultados por los legisladores porque, en su criterio, fueron mal planteados. Si los congresistas incorporaron esas cinco preguntas a la consulta facultativa es porque ellos mismos dudan de su armonía con la Constitución.

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En el caso del régimen aplicado a los conductores novatos, por ejemplo, el motivo de la duda parece obvio. En determinadas situaciones, la ley tolera mayor contenido de alcohol en la sangre cuando el conductor tiene más de tres años de experiencia.

Los novatos pueden ser sancionados cuando la concentración de alcohol alcance las dos terceras partes del nivel de tolerancia acordado para los portadores de licencias expedidas con más de tres años de antelación.

Esa medida y otras similares no tardarán en ser cuestionadas, y la pregunta es si vale la pena correr el riesgo de crear nuevos vacíos legislativos, como los surgidos de la cadena de resoluciones contra las multas previstas en la reforma anterior. La cautela mostrada por los legisladores en esta última materia, las sanciones, faltó en los casos mencionados. ¿Era indispensable crear el régimen diferenciado? ¿Hay razones para pensar que la experiencia compensa la ingestión de alcohol? ¿Pudo haberse planteado una regulación más simple y pareja?

El acto de legislar es también un ejercicio de interpretación constitucional. El tiempo dirá si los diputados hicieron la interpretación correcta, pero, al abrir el margen de error, crearon la posibilidad de una nueva frustración en una materia donde los traspiés ya son demasiados, y el país ansía saber a qué atenerse.

El peligro y los abusos en nuestras calles y carreteras están a la vista de todos. Vías muy transitadas se convierten en pistas de carreras, y los conductores se atraviesan en las bocacalles con total indiferencia frente a los embotellamientos creados en la intersección. El licor recorre las vías a altísima velocidad y las estadísticas nos ubican entre los países más castigados por los accidentes. La nueva ley es un alivio, pero querríamos tener certeza de su aptitud para resistir el paso del tiempo.

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