Opinión

EDITORIAL

La epidemia silenciosa

Actualizado el 24 de abril de 2013 a las 12:00 am

Según la Unesco, más de un 30% de los alumnos de sexto grado, en nuestro país, son objeto de insultos, y un 21%, de maltrato físico

El mensaje debe ser claro y contundente en los centros educativos: el matonismo o acoso y cualquier otro maltrato no son “juegos de niños”

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El año pasado, el Ministerio de Educación Pública (MEP) lanzó el “Protocolo integrado para la atención de situaciones de violencia en los centros educativos de secundaria”, y ahora lo hace en los de primaria. La estrategia de intervención incluye cuatro guías específicas sobre acoso, matonismo, bullying y ciberbullying ; portación y uso de armas; utilización y tráfico de drogas, y violencia física, psicológica y sexual.

Como se ha demostrado en otros países, la definición de políticas claras en esta materia, así como su cumplimiento y verificación, es esencial para detener lo que se ha dado en llamar una “epidemia silenciosa”. La respuesta del MEP, que es oportuna, responde al alarmante incremento de este fenómeno en escuelas y colegios, así como a la demanda de los docentes y de diversos sectores profesionales y gremiales para disponer de un marco de abordaje institucional.

Desde hace una década, el bullying o matonismo le da nombre a la violencia escolar en todo el mundo, aunque apenas es una parte de este pernicioso síndrome social. En Estados Unidos y Europa se le conoce desde hace 40 años, y sus consecuencias, a corto y largo plazo, son espeluznantes. El problema en Latinoamérica es calificado como grave, por parte de la Unesco, que reveló en 2011 un estudio en el cual se calcula que más de un 30% de los alumnos de sexto grado, en nuestro país, son objeto de insultos, y un 21%, de maltrato físico.

Es una cuestión compleja porque involucra al sistema educativo, en clara desventaja frente a otras instancias de poder simbólico –como los medios de comunicación–, tanto como a la sociedad en su conjunto y en especial a la familia. Si bien es cierto que el aula se convierte en “un campo de batalla”, como señalan algunos especialistas, es la expresión de una batalla que excede el contexto escolar y que no puede resolverse exclusivamente en este ámbito.

Como expresó Leonardo Garnier, ministro de Educación, al presentar las guías “De nada sirve que en la escuela traten de resolver el problema con un enfoque integral si en la casa el papá le dice a su hijo: péguele de vuelta para que se haga hombre”. Durante mucho tiempo, la agresividad escolar estuvo contenida por las relaciones de poder profesor-alumno y por formas de maltrato socialmente aceptables, que iban de los apodos y las humillaciones a las palizas brutales. En la actualidad, sin embargo, parece no haber límites para la violencia.

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El mensaje debe ser claro y contundente en los centros educativos: el matonismo o acoso y cualquier otro maltrato no son “juegos de niños” sino parte de una problemática mayor que debe incluir en su solución a todos los componentes de la comunidad educativa, tanto a docentes y alumnos como a padres de familia, autoridades y especialistas.

Una de las innovaciones propuestas por el MEP es superar la perspectiva del castigo y de la represión, que contribuye con el círculo de la violencia, para restituir el sentido básico de la convivencia ciudadana, en una sociedad que cada día es más diversa y, por tanto, expuesta a la exclusión debido al racismo, la xenofobia, las preferencias sexuales y diferencias que son esenciales en la niñez y la adolescencia, como la imagen física, el comportamiento y el éxito.

Los estudios actuales desnudan la cruda realidad del bullying , como un síndrome de intimidación y victimización que lesiona gravemente al menor de edad que lo padece y cuyas secuelas pueden experimentarse el resto de la vida. Sin embargo, como toda enfermedad social, es de doble vía. Los niños y niñas acosados pueden llegar a la depresión, las drogas e incluso el suicidio, pero los acosadores se encuentran en riesgo de sufrir trastornos psiquiátricos en la edad adulta y, por lo general, actúan de esa manera en la escuela motivados por situaciones de abuso.

Tal y como se anunció, la propuesta del MEP debe ser acompañada por un programa de capacitación para los docentes y personal administrativo que les permita utilizar las guías. A la vez, este programa debe ser evaluado para conocer sus resultados en la práctica.

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