Más que poner a la Iglesia católica en sintonía con la vida moderna, el Pontífice se muestra coherente con su prédica de amor y tolerancia

 5 marzo, 2014

Cuando llama a comprender a los católicos divorciados, el papa Francisco, más que poner a la Iglesia católica en sintonía con la vida moderna, se muestra coherente con su prédica de amor y tolerancia. El telón de fondo de la discusión es la política de excluir a los católicos casados en segundas nupcias del sacramento de la comunión. Ningún cambio ha sido anunciado para esa norma de larga data, pero las declaraciones de los cardenales reunidos con el Papa a fines de la semana pasada dejan traslucir la existencia de un debate.

El cardenal alemán Ludwig Mueller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, calificó el cambio como “imposible”, pero su colega hondureño Óscar Andrés Rodríguez Madariaga, uno de los ocho cardenales del consejo asesor del Sumo Pontífice, le pidió, directa y públicamente, mayor flexibilidad.

La diferencia se produce entre dos figuras de gran importancia en la Iglesia católica e indica, por esa razón, el alcance de las discusiones. La posición del cardenal hondureño no puede ser entendida como un espaldarazo al cambio en el delicado punto de la comunión, pero sí expresa simpatías similares a las transmitidas por el Papa.

La intensidad de la discusión también se refleja en las declaraciones del cardenal Philipe Barbarin, arzobispo de Lyon, quien calculó que los cardenales de todo el mundo dedicaron “entre el 80% y el 90%” de su cita a analizar la cuestión de los divorciados. Es mucho tiempo, dedicado a un tema muy urgente por las figuras más destacadas de la Iglesia.

La tensión entre tendencias conservadoras y otras más afines al cambio no son inusuales en la Iglesia, que hasta hace pocas décadas predicaba en latín, exigía el uso del velo a las mujeres y promovía una relación vertical entre el clero y los fieles, tanto en el rito como en la comunidad.

El Papa no tuvo reservas para admitir que “el amor fracasa, y fracasa muchas veces”. En consecuencia, aconsejó “sentir el dolor de ese fracaso” y “acompañar a la gente que ha sentido el fracaso de su amor”. “No hay que condenarlos; hay que caminar con ellos”, puntualizó el Pontífice.

La negación de la comunión a los católicos casados en segundas nupcias es fuente de angustia para millones de fieles, no siempre se aplica con rigor y pone a la mayoría de católicos en todo el planeta en contradicción con las enseñanzas de la Iglesia. El 75% de los practicantes europeos discrepan de la norma vigente y, en América Latina, el 67% comparte la crítica, como lo hace el 59% de los estadounidenses, según un estudio de la cadena Univisión citado por la agencia AFP. No es de extrañar, entonces, la importancia concedida al tema por el Papa y los cardenales.

Es todavía temprano para pronosticar un cambio en las reglas del catolicismo, pero el énfasis puesto por Francisco en la necesidad de comprensión y acompañamiento es un importante cambio, más allá de la retórica del pasado, con frecuencia referida a la caridad cristiana y casi siempre acompañada de reservas más o menos sutiles. El Papa reconoce el drama humano del divorcio y rehúsa sumarle el estigma y la condena. Ha llevado al trono de san Pedro la voluntad de conversar sobre este y otros temas fundamentales. Su sencillez y apertura estimulan la discusión, y ese es un importante avance.

No menos significativa es la transparencia exigida y practicada por el Pontífice en estas y otras discusiones. En febrero tomó la inusitada decisión de pedir a los cardenales dar la espalda a intrigas, chismes, pactos de poder y favoritismos. Francisco no desaprovecha oportunidad para repetir que los obispos, cardenales y el Papa deben ser buenos sirvientes y no buenos jefes de los seguidores de Dios. Con esos principios como punto de partida, el catolicismo ya puede celebrar cambios, además de los que es posible esperar.