Al fin, las autoridades de Cultura reconocieron lo que era obvio: el festival fracasó

 29 abril, 2015

Tras una creciente cadena de improvisaciones, silencios oficiales, elusión de responsabilidades, gestos contradictorios, confusión, incertidumbre y pérdida de credibilidad, las autoridades del Ministerio de Cultura y Juventud al fin reconocieron lo que era evidente: el colapso del Festival Internacional de las Artes 2015 (FIA), la primera vez que se produce tan catastrófico desenlace en sus 26 años de historia.

En una reunión con periodistas, llevada a cabo la noche del lunes, los viceministros Alfredo Chavarría y Luis Carlos Amador anunciaron la cancelación de todas las presentaciones masivas previstas entre el 30 de abril y el 3 de mayo. Razón inmediata: la imposibilidad de contar con las condiciones de sonido e iluminación necesarias. Razón profunda: una desorganización total.

Aunque, formalmente, el festival continuará gracias a actividades más reducidas en otros sitios, en la práctica, esta edición del FIA se ha desplomado. La ministra Elizabeth Fonseca no participó en la conferencia de prensa nocturna, pero horas antes reconoció su “responsabilidad política” por el desorden.

El reconocimiento del fracaso, la cancelación de actividades y la aceptación de responsabilidades constituyen un avance. Al menos, desapareció la incertidumbre sobre los aspectos más sobresalientes de una programación nunca definitiva. Sin embargo, todavía hay mucha tela que cortar.

Es necesario definir otros grados de responsabilidad personal en el Ministerio y establecer las consecuencias correspondientes en todos los niveles de la cadena de decisiones y omisiones. Habrá que asumir las consecuencias legales y financieras de los millonarios contratos con artistas que han incumplido las autoridades, probablemente con perjuicio para el erario. Se deberán dar explicaciones detalladas a las comunidades sedes y sus representantes, pero, sobre todo, se impone corregir las enormes fallas de organización que originaron el colapso. Asumidas las consecuencias y aplicadas las sanciones del caso, el gran deber es garantizar que nunca más se produzca un desastre de esta índole en el FIA.

Desgraciadamente, desde que, recién llegadas al Ministerio, las nuevas autoridades de Cultura asumieron la tarea de preparar esta edición del festival y pusieron de manifiesto una inconveniente mezcla de desconfianza, autosuficiencia, desdén, ignorancia, impericia y descontrol, que generó este desenlace.

La desconfianza condujo a sospechar de todas las personas involucradas en la organización de otras ediciones del FIA, no solo de algunas, y a desmontar, en lugar de mejorar, la estructura a su cargo. La mezcla de autosuficiencia y desdén llevó a creer que bastaba con las “buenas intenciones” y un voluntarismo sin norte para obtener resultados. La ignorancia y la impericia se aliaron para que, desde el principio del proceso organizativo, hubiera enormes omisiones y errores en la elaboración del presupuesto, la contratación y la coordinación, tras lo cual solo quedó correr a buscar salidas urgentes que, al final, tampoco funcionaron. El descontrol impidió que las autoridades de más alto rango –comenzando por la ministra y el viceministro Chavarría– se percataran de lo que ocurría bajo su mirada directa, y no corrigieran a tiempo el desastre.

La cadena de yerros es muy clara, y no se necesita ninguna comisión externa para precisarlos; menos, para adjudicar las responsabilidades y sanciones. Por respeto a los artistas y, principalmente, a la gente, debe haber decisiones rápidas sobre esto último. Cumplida esta etapa, habrá que trabajar con método y competencia en una reorganización completa de las instancias de producción dentro del Ministerio, tanto para corregir lo que frustró el festival y garantizar que el próximo sea digno de su prestigio, como para evitar que problemas similares afecten otros proyectos públicos de Cultura y Juventud.

El trago ha sido amargo. Por lo menos debería conducir a reconocer aquello de lo que se carece, aprender lo que se desconoce, rescatar lo que se pueda, corregir lo que ha estado mal y aceptar que la ignorancia, la indolencia y la arrogancia son una pésima mezcla para manejar los asuntos públicos.