Fidel Castro intentó responder a Obama y un joven compositor cubano se enfrentó al dictador

 3 abril, 2016

Toda persona medianamente sensata que haya leído el mensaje que Fidel Castro dirigió al “hermano Obama” y publicó el lunes su prensa oficial, habrá llegado fácilmente a varias conclusiones. Una: el dictador en retiro no solo fue sorprendido y confundido, sino también expuesto y desarmado por las inspiradoras palabras del presidente estadounidense, dirigidas al pueblo cubano durante su reciente visita a la Isla. Otra: encerrado en sus delirios y aferrado a sus atavismos, el decadente patriarca ya no es capaz de argumentar; apenas puede garabatear inconexos balbuceos históricos. Y una más: consciente de su marginación presente e incapaz de perfilar el futuro, padece la agonía de un pasado casi onírico, plagado de fantasmas, invenciones, imprecisiones y soberbia.

El discurso de Obama fue una bocanada de aire fresco para un pueblo agobiado. Las desarticuladas frases de Castro, en cambio, son una reiteración de lo que los cubanos –incluso la élite del partido, las fuerzas armadas y el gobierno– saben: su decadencia física y mental es la metáfora más cruda del colapso del régimen; la evidencia más clara de que el futuro está en otra parte, y que no pasa por la imaginería ideológica, la planificación central, el odio, la exclusión o el control, sino por la discusión, la apertura, la libertad, la inclusión y la reconciliación. Dicho en otras palabras: el sistema ha perdido el mañana. Este es, precisamente, el mensaje central de la “carta de Manolín a Fidel Castro”, escrita por uno de los principales íconos de la cultura popular cubana, y que recoge el clamor de una gran parte del pueblo, sobre todo de sus nuevas generaciones.

Hoy publicamos ambos textos en su integralidad, para que nuestros lectores puedan compararlos y llegar a sus propias conclusiones. Por supuesto, lo que dice Manolín, un exestudiante de Medicina convertido en compositor y cantante, y conocido como “el Médico de la Salsa”, no ha aparecido en la prensa controlada de la Isla. A pesar de esto, se ha vuelto casi viral entre la creciente comunidad con acceso directo o diferido a Internet, ha circulado en fotocopias y ha rebotado internamente mediante la radio del exterior, que los cubanos consumen ávidamente. Cuáles serán las consecuencias para el músico, que vive en La Habana, es difícil decirlo, pero su decisión de salir a la luz a confrontar al vetusto “líder máximo” revela que, a pesar de los esfuerzos oficiales, la sociedad cubana está cambiando, para bien, a gran velocidad. La visita de Obama, como planteamos en un reciente editorial, ha contribuido a acelerar el proceso.

Manolín, con razón, reclama a Castro haber centrado su incoherente texto “sobre todo del pasado”, insistir en “esa parte de la historia que nos separa”, y desconocer que “cubanos somos todos”, no solo quienes lo siguen u obedecen. “Fidel –lo increpa– tú nunca serás una Cuba feliz, porque en tu Cuba no cabemos todos los cubanos, porque tu Cuba discrimina, por eso necesitamos otra Cuba, la Cuba de todos”. Más aún, exige un país “donde se respeten los derechos humanos, una Cuba donde no encarcelen, golpeen, destierren ni discriminen a mujeres y hombres de nuestro pueblo por pensar diferente”.

Frente a las divagaciones del “comandante en jefe”, que dedica una gran parte de su texto a hablar de la intervención militar cubana en África, el músico, aunque describe a Raúl Castro como “más moderno y más moderado” que su hermano, reclama la necesidad de “un presidente de Cuba más joven, vigoroso y preparado”, y se pregunta: “¿No dicen ustedes que han creado un hombre nuevo y superior? ¿O es que salió con desperfecto ese hombre nuevo?”. E insiste: “¿Dónde están esos hombres nuevos que no están en el poder y ustedes, con casi 100 años, siguen dirigiendo los destinos de un país que vive en un mundo nuevo”.

Si la carta de Manolín expone al dictador, es aún más sintomático que el dictador, al gesticular sobre una historia casuística, alterada y confusa, se expone mucho más a sí mismo. También expone al sistema: su parálisis, sus distorsiones, incompetencia, intolerancia y delirio. No solo es el valiente y lúcido compositor, sino el patético, arrogante y obnubilado dictador, quien proyecta un claro mensaje: el régimen está fracasado, agotado y alienado de su pueblo.