La anunciada compra de tanques rusos es parte de una estrategia mayor

 4 mayo, 2016

Hay razones de sobra para estar preocupados por el anuncio de que Nicaragua adquirirá 50 tanques de guerra rusos. La decisión ha sido justificada como parte de un proceso de “renovación de equipos” y “modernización” de las fuerzas armadas. Sin embargo, la compra de tantas armas ofensivas de tal calibre, que solo puede explicarse como parte de estrategias de guerra convencional, constituye una seria amenaza para Costa Rica y Honduras, sus vecinos directos; revela una distorsión absoluta en las prioridades de gasto e inversión del gobierno de Daniel Ortega; le da mayores instrumentos para atemorizar y, eventualmente, reprimir a la población; y podría incentivar una carrera armamentista en la región.

Pero el caso es aún más serio si tomamos en cuenta que la anunciada adquisición de los tanques ha sido precedida por otras iniciativas de reequipamiento militar, todas mediante tratos con Rusia. Entre ellas están, según han divulgado medios en Managua, 12 sistemas de defensa antiaérea, un lote de vehículos blindados, dos helicópteros de combate, cuatro lanchas patrulleras artilladas, dos lanchas más equipadas con cohetes y aviones de entrenamiento. Incluso se ha hablado de gestiones para adquirir cazabombarderos MIG-29.

Algunos de esos tratos, en proceso o ya cerrados, se han intentado justificar como parte de esfuerzos de “lucha contra el narcotráfico”. Pero es evidente que parte del nuevo arsenal excede en mucho lo necesario para patrullar costas y desarrollar labores de interdicción; además, el gobierno de Ortega no ha detallado cómo las nuevas armas y equipos encajarían en su estrategia antinarcóticos, si es que, en verdad, tiene alguna. A esto se une que, por el alcance de varias de las naves marítimas y aéreas, Colombia –que tiene serias disputas por límites marítimos con Nicaragua– también se siente amenazada, lo cual incrementa la posibilidad de una escalada bélica.

De manera simultánea con las pregonadas compras, las relaciones de seguridad ruso-nicaragüenses se han estrechado durante los últimos años. Rusia estableció un centro regional de entrenamiento policial cercano a Managua; algunas de sus naves artilladas han visitado en más de una ocasión puertos nicaragüenses y también lo han hecho altos jerarcas, incluido su ministro de Defensa, Serguéi Shoigú; y Moscú ha manifestado interés en establecer estaciones satelitales para su sistema de posicionamiento global, conocido como Glosnass.

Si atamos todos estos cabos, podemos extraer dos conclusiones centrales. La primera es que Nicaragua se ha embarcado en un proceso de nuevo y costoso armamentismo con amplia dimensión. Aunque se tratara de un país donde reinara el Estado de derecho, sería inquietante para sus vecinos; por ejecutarse desde un gobierno arbitrario como el de Ortega, se torna alarmante, además de que revela un absoluto desdén por prioridades mucho más importantes para su empobrecida población. La segunda conclusión es que esta nueva ruta excede la dimensión nacional y regional, y se vincula con posibles iniciativas geoestratégicas rusas por desarrollar una presencia militar en el Caribe y, de este modo, desafiar a Estados Unidos. No dudamos, además, que las negociaciones crean oportunidades de jugosas comisiones.

Nuestro gobierno está percatado de las facetas comentadas y lo que implican para Costa Rica. En febrero del pasado año, al reunirse con el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, el canciller, Manuel González, le planteó la preocupación nacional por la carrera armamentista que ha emprendido Managua. El siguiente mes, durante un encuentro de cancilleres centroamericanos con su colega ruso, Serguéi Lavrov, González reiteró esa inquietud y lamentó el apoyo que Moscú ha brindado a la estrategia militarista. Y en junio, como parte de una gira por Europa, el presidente, Luis Guillermo Solís, expuso similares inquietudes. A ellas se han unido las expresadas con motivo del anuncio de la compra de tanques.

Quizá ninguna preocupación pública o queja directa disuada a Ortega de seguir adelante. Por esto, y sin cejar en ellas, debemos poner particular énfasis en persuadir a quienes tienen real capacidad de influencia en Nicaragua para que presionen por un cambio de rumbo. Nos referimos, en particular, a Estados Unidos y Europa, que son los principales socios de inversión, comercio y cooperación del país. Durante el conflicto territorial en que nos vimos envueltos por la ocupación nicaragüense de isla Calero, permanecieron como simples observadores. Es hora de que aquilaten la seriedad de los hechos y se comporten como actores responsables y solidarios con sus verdaderos aliados en Centroamérica.