La sólida victoria de Trump y los republicanos abre un período de incertidumbre global

 10 noviembre, 2016

La contundente victoria de Donald Trump y el Partido Republicano en las elecciones de Estados Unidos genera serias e inquietantes interrogantes sobre el futuro de ese país, sus relaciones exteriores y la evolución del sistema internacional como un todo. Mucho está por verse todavía sobre las políticas y actitudes que impulsará desde el gobierno que encabezará a partir de enero. Sin embargo, aunque estén moduladas por el tono de relativa sensatez que permeó su discurso de victoria y por las realidades típicas del ejercicio del poder, debemos esperar cambios de gran magnitud dentro y fuera del país, y no necesariamente para bien.

Trump tendrá desusado poder para impulsar su agenda, mucho más que el disfrutado por el presidente Barack Obama. Los republicanos mantuvieron el control de ambas cámaras del Congreso (la de Representantes y el Senado). Además, su candidato no solo logró una cantidad inesperada de votos, sino que consiguió imponerse en estados tradicionalmente demócratas, como Wisconsin y Pensilvania. En este último, Clinton, Obama y el Partido Demócrata realizaron una intensa campaña, sin resultados visibles. Trump podrá ahora decir, y con gran margen de razón, que el triunfo tan contundente se debe principalmente a él, más que a su partido, cuyas principales figuras lo rechazaron o abandonaron. Por esto, llegará a la Casa Blanca en enero no solo con gran legitimación político-electoral, sino con una posición de fuerza para incidir en las bancadas legislativas republicanas, así como en las estructuras partidarias.

Nada de lo anterior implica que podrá dar rienda suelta, como presidente, a lo peor de sus actitudes y de sus vagas, y muchas de ellas aberrantes, propuestas y promesas de campaña. En la institucionalidad política estadounidense existen pesos y contrapesos atemperadores del Ejecutivo; además, entre los senadores republicanos prevalece un sentido de realidad, y Trump deberá rodearse, para poder gobernar, de personas competentes y que gocen de respeto en los círculos económicos, políticos y de seguridad, quienes también podrían actuar como factores moderadores. Al menos, esta es nuestra esperanza.

Pero aunque factores como los mencionados entren en acción, habrá cambios (o retrocesos, para ser más precisos) de inesperadas consecuencias hacia dentro y hacia fuera de Estados Unidos. Tanto Trump como los republicanos están empeñados en repeler la reforma a los seguros de salud puesta en práctica por Obama, y ahora podrán hacerlo, para perjuicio de millones de personas de pocos recursos. Algo similar podemos esperar con las visionarias políticas energéticas y ambientales impulsadas por el actual presidente, incluida la ratificación, por decisión ejecutiva, del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Otras coincidencias entre Trump y amplios sectores de su partido son la oposición al acuerdo nuclear con Irán, en el cual no solo participó Estados Unidos, sino también la Unión Europea, China y Rusia, y la determinación de reducir impuestos a los sectores más adinerados del país, con potenciales implicaciones negativas en lo fiscal y social. También puede darse por descontado que el tratado conocido como Alianza Transpacífico (Trans-Pacific Partnership, o TPP), pieza clave en materia comercial y geopolítica para Estados Unidos, será archivado. A menos que Obama logre su aprobación en los próximos dos meses, algo sumamente improbable, morirá sin nacer. Y pesa, como una espada de Damocles, el anuncio de que exigirá la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

A todo lo anterior hay que añadir la actitud esencialmente aislacionista y, a la vez, unilateralista, manifestada por Trump en relación con el mundo. De ella forman parte su retórica proteccionista, que ha tenido como principales blancos a México y China; un manifiesto desdén por las alianzas, como la OTAN, por ejemplo, y también por la diplomacia multilateral, representada por las Naciones Unidas; su ligereza sobre la posibilidad de que Japón y Corea del Sur, para defenderse, desarrollen armas nucleares, y su admiración por el autócrata ruso Vladimir Putin.

Si este tipo de impulsos no se moderan y reorientan con rapidez, la estructura del sistema internacional, entendido como un conjunto de instituciones, normas y procedimientos universalmente aceptados, sufrirá severamente, para perjuicio de todos. En este sentido, hay que tomar en cuenta que, al contrario de lo que sucede en política doméstica, en materia de seguridad y relaciones internacionales, el Ejecutivo estadounidense tiene amplísimos márgenes de decisión, aunque sus prácticas comerciales deberán enmarcarse en la normativa de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Todo lo anterior, más su desdén por los migrantes, convierte a Trump en un típico y caricaturesco ejemplar del “americano feo”. Es una imagen de la que probablemente no podrá librarse, y que atizará a los sectores antiestadounidenses alrededor del mundo, incluida América Latina. Su vertiente demagógica y populista, por otro lado, estimulará a dirigentes y movimientos de similar factura, sobre todo en Europa, pero quizá en otros países, de los cuales no podemos excluir a Costa Rica.

Quisiéramos ser más optimistas en esta valoración inicial, pero la realidad nos lo impide. La esperanza, aunque suene paradójico, es que sus planteamientos de campaña hayan sido más una táctica de engaños para catalizar a su favor los temores y prejuicios del electorado, que un planteamiento sincero. Es posible que así sea en relación con algunos elementos, pero no con su visión política, social y económica en general. Otra esperanza es que, en el caso nacional, no percibimos, por ahora, efectos negativos directos. Ni las dimensiones ni la naturaleza de nuestras relaciones económicas con Estados Unidos nos ponen en la mira de Trump; tampoco parecieran existir discrepancias políticas que nos afecten. Sin embargo, cualquier disloque que traiga su triunfo nos afectará indirectamente.

En los próximos días habrá señales más claras sobre la orientación específica de su próximo gobierno. Confiamos en que, al menos, sea posible limar las peores aristas de su retórica y que, ya en la Casa Blanca, su conducta esté más a tono con las enormes responsabilidades globales de la gran superpotencia.