Los exámenes de bachillerato sirven, entre otras cosas, para medir el desempeño del sistema educativo. Las razones para alterar esa medición deben ser de mucho peso

 6 diciembre

El Ministerio de Educación Pública (MEP) sumó ocho puntos al resultado obtenido por todos los alumnos en las pruebas de bachillerato. La “curva” elevará la promoción de este año, como lo hizo el año pasado. Ese es el propósito admitido por los encargados en el Ministerio. La justificación es el cambio de programas y su efecto sobre el desempeño de los alumnos.

La decisión suscita dudas y el Ministerio haría bien si las responde con total transparencia. Para comenzar, es importante entender los efectos del cambio de programas sobre el desempeño. No está claro si el ajuste crea confusión entre los estudiantes, si a los profesores les falta preparación para impartir las lecciones de conformidad con los cambios o si hay otros factores relacionados con la renovación de los programas.

Tampoco hay claridad sobre la duración del ajuste. El año pasado también hubo ocho puntos de curva. ¿Cuántas promociones pasarán antes de que la ayuda sea innecesaria? Por otra parte, es preciso examinar las medidas adoptadas para facilitar el ajuste e individualizar los aspectos problemáticos del cambio.

Las altas promociones engalanan los discursos de rendición de cuentas y enumeración de logros. De ahí las suspicacias suscitadas por las curvas en el examen de admisión. Otra explicación posible es, simplemente, un traspié del sistema educativo, criticado con justicia por su producto, cuyas deficiencias se hacen evidentes en las pruebas internacionales, como las del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA).

Por eso es preciso analizar con profundidad los resultados de este año y sus causas. La explicación ofrecida por el MEP es insuficiente y exige elaboración. Los exámenes de bachillerato sirven, entre otras cosas, para medir el desempeño del sistema educativo. Las razones para alterar esa medición deben ser de mucho peso.

El examen resulta incómodo. Es uno de los más importantes mecanismos de evaluación de la educación nacional, un diagnóstico de sus principales debilidades y un acicate para el mejoramiento. Al mismo tiempo, desnuda las deficiencias de los procesos y el personal encargado. Por ese motivo, las pruebas siempre han tenido opositores, dentro y fuera del Ministerio de Educación.

En ausencia de sistemas de evaluación de los maestros, los exámenes de bachillerato cumplen indirectamente esa función. La curva es también para los educadores y si bien conviene esperar las explicaciones del MEP sobre los efectos del cambio de programas en la promoción de secundaria, no cabe duda de los problemas del cuerpo docente. Las limitaciones han sido admitidas por los propios sindicatos cuando se quejan del desorden imperante en la formación de maestros en “universidades de garaje”. El problema es que una vez graduados y afiliados al sindicato, los profesionales salidos de esas universidades no pueden ser evaluados porque las propias organizaciones gremiales se oponen.

Si los problemas causados por las deficiencias en la formación de gran cantidad de maestros son reconocidos en todos los ámbitos, no es razonable descartarlos como causa del bajo rendimiento, apuntalado por la “curva” para evitar el desastre. Si la calidad de la docencia pesa, como se ha dicho en otras oportunidades, la suma de ocho puntos cada año vendría a ser, en la práctica, una eliminación parcial de la prueba.

La hipótesis es, cuando menos, tan válida como la del ajuste de los programas. Si los cambios señalados como responsables del pobre desempeño fueron adoptados para mejorar la calidad de la educación, está claro que todavía no han tenido ese efecto. Por eso se hacen necesarias las explicaciones detalladas.