En menos de mes y medio, el panorama del acoso sexual en los Estados Unidos cambió y difícilmente volverá a ser igual: anfitriones de televisión, políticos, magnates del cine y hasta el mismo Trump están en la lista

 30 noviembre

Charlie Rose, prominente anfitrión de la televisión estadounidense, reconocido por la profundidad de sus entrevistas, es el más reciente blanco de acusaciones de acoso sexual en un país donde los electores votaron por el candidato republicano a la presidencia pese a múltiples y coincidentes cargos de mala conducta.

El mismo presidente Trump se declara indignado por acusaciones de acoso contra el senador demócrata Al Franken y defiende a Roy Moore, candidato al Senado por el partido Republicano en la elección especial de Alabama, aunque encara cargos aún más graves. Algunas de las afectadas en su caso eran menores de edad cuando se produjeron los hechos.

Estados Unidos vive una transición y, a pesar de las señales confusas, hay indicios de un resultado favorable para los derechos de las mujeres, tantas veces violados en sitios públicos y privados, de trabajo o estudio, y aun en los hogares. Si en la cúspide del poder político sobrevive el menosprecio por la dignidad, otros centros de poder se han estremecido y difícilmente volverán a ser lo que fueron.

Harvey Weinstein reinó sobre Hollywood y su influyente industria del entretenimiento. Con su hermano fundó Miramax y The Weinstein Company, dos poderosas empresas del ramo. Destacó como contribuyente financiero del Partido Demócrata y ocupó sitios de privilegio en la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Las inclinaciones de depredador sexual del magnate cinematográfico se comentaban en voz baja, es decir, se toleraban, hasta que el New York Times publicó una docena de testimonios de mujeres victimizadas por él. Los relatos probaron ser apenas el preludio de una avalancha de historias sepultadas durante décadas por el temor, los arreglos extrajudiciales y el pago de indemnizaciones a cambio de silencio.

La caída de Weinstein desató una campaña en redes sociales con el título “#YoTambién” (“#MeToo”). Miles de mujeres comenzaron a alimentar las redes de Twitter con sus propias historias para demostrar la extensión del comportamiento misógino y la frecuencia del abuso. La participación de mujeres destacadas brindó un impulso todavía mayor a la campaña.

Los relatos afloraron para alcanzar a otras figuras relevantes de la política, los negocios y el entretenimiento. Detrás de Weinstein vinieron Moore, el comediante Louis C.K., Kevin Spacey, Franken y Rose. En total, hay una lista de 33 prominentes abusadores denunciados desde la aparición del reportaje sobre Weinstein, el 5 de octubre pasado.

En menos de mes y medio, el panorama en los Estados Unidos cambió y difícilmente volverá a ser igual, pese a las tareas pendientes, como es el caso de Moore. La mayor parte de las denuncias se resolvieron con dimisiones, despidos, cancelación de programas y proyectos o públicos actos de contrición, sin necesidad de procesos judiciales y a veces sin posibilidad de incoarlos dada la prescripción. Todo sirve, salvo la impunidad.

Sirve, también, el ejemplo del debate abierto en la sociedad estadounidense y la revaloración de las víctimas para brindarles la comprensión y apoyo necesarios. Sin mujeres dispuestas a dar el paso, el temor seguirá ahogando a la denuncia y el silencio alentará a los transgresores. Ese es el caso en Costa Rica, donde muy pocos hechos similares han llegado a conocimiento público o siquiera de las autoridades.

Ese puñado de casos apenas sirve para confirmar la existencia del acoso y otros abusos en diversos ámbitos del quehacer nacional. Tenemos leyes para sancionar esas conductas, pero falta aplicarlas, y para lograrlo es necesario romper y ayudar a romper el silencio conducente a la impunidad.