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EDITORIAL

Estado de la economía

Actualizado el 18 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

La apertura comercial (aún inconclusa) ha auspiciado mayor competencia entre los sectores productivos, acelerado la eficiencia y estimulado la productividad

Mientras el país no enfrente la deteriorada situación hacendaria, no se podrán resolver otros problemas apremiantes, como la educación y capacitación de la fuerza laboral

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El Informe Estado de la Nación correspondiente al 2013, dado a conocer la semana pasada, plantea una serie de retos de la economía costarricense y algunas conclusiones que conviene discutir. Tenemos concordancias y discrepancias que, estamos seguros, contribuirán a enriquecer el debate sobre un tema tan importante.

El documento parte de una premisa discutible y sujeta a interpretaciones que deberían abordarse con mayor profundidad: el estilo (modelo) de desarrollo costarricense ha sido incapaz –dice– de distribuir más equitativamente los beneficios de la apertura comercial, auspiciando desempleo y desigualdad, y provocando niveles de desarrollo muy disímiles entre territorios, géneros, edades y niveles de pobreza.

¿Es correcto afirmar que el responsable de la evolución de esas variables es el modelo de apertura comercial? ¿Cuáles son las causas de los resultados que se ilustran a lo largo del informe? Es indudable que el documento hace valiosos aportes al cuantificar resultados en las principales variables económicas y sociales registradas en el 2012 y en la primera parte del 2013, pero es preciso examinarlas con más detenimiento para acertar en las soluciones.

Señala, en primer lugar, que el crecimiento del PIB ha sido insuficiente y volátil y no logró mantener el dinamismo mostrado con posterioridad a la crisis económica, y que las pequeñas empresas orientadas al mercado interno ostentan menor productividad y crecimiento mientras que los sectores más dinámicos son los que destinan su producción al exterior. Todo eso es cierto. Pero de ahí no se desprende que la apertura comercial haya sido un fracaso ni que debamos cambiar de modelo. Al contrario, la apertura comercial (aún inconclusa) ha auspiciado mayor competencia entre los sectores productivos, acelerado la eficiencia y estimulado la productividad, como no lo lograron las políticas intervencionistas y proteccionistas del modelo anterior.

Esa experiencia, más la acumulada de muchas otras naciones, demuestra que la competencia provoca mejor asignación de recursos y nos hace capaces de competir aquí y en otras partes del mundo. Y, si la producción actualmente perdió dinamismo, se debe, en buena parte, a las vicisitudes de los países desarrollados, que tampoco han adoptado políticas económicas acertadas, y no a la apertura comercial. Pero, aun así, aquellos son mercados mucho más grandes y nos permiten incrementar la producción por encima de lo que aceptaría un mercado pequeño y con poco poder de compra, como el nuestro.

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La producción para el mercado interno, incluyendo a sectores que tradicionalmente han sido generadores de empleo como la agricultura, y, en menor grado, las pequeñas empresas, aún sufre los efectos del proteccionismo, que en muchas formas provocó estancamiento y deficiente asignación de recursos en el pasado. Si el proceso de apertura y liberalización hubiera sido más comprensivo, incluyendo a sectores aún protegidos, como el laboral (particularmente en el sector público por los excesivos pluses que desincentivan la productividad y eficiencia individual), hoy muchos de ellos podrían competir más exitosamente con sus homólogos del exterior.

Generalizar el modelo de apertura y liberalización, como proponemos nosotros, no es algo que recomiende el informe en cuestión. Más bien, aboga por profundizar el proteccionismo laboral, en vez de la flexibilidad que los organismos internacionales recomiendan a los países europeos para mejorar el empleo.

¿Por qué, entonces, se han producido los fenómenos de desempleo, desigualdad y pobreza que señala el informe? No es por la apertura comercial, considerada en sí misma. Si apelamos a estrictas razones de causalidad, no vemos que el modelo, con sus implicaciones de mayor competencia, eficiencia en la asignación de recursos y dinamismo de la producción, sea el responsable. Los sectores que han perdido dinamismo son, en parte, los que permanecen protegidos, como algunos de la agricultura, aunque otros son muy competitivos.

Pero también hay otros factores que inciden en el desempleo y la pobreza. El vertiginoso desarrollo tecnológico es uno de ellos, al cual no se pudieron adaptar ciertos segmentos de la fuerza laboral, particularmente aquellos con mayor edad y menores niveles de escolaridad. El desarrollo tecnológico no es producto de la liberalización de mercados y, más bien, ha contribuido a mejorar la productividad. En eso, lo que ha fallado es el modelo educativo, que mantuvo patrones de escolaridad apegados a la visión de siempre, sin poner suficiente atención a los requerimientos del mercado. Más instrucción técnica, aplicada y especializada, y mejorar la calidad de la educación pública son aspectos a los que se les debería poner más atención para capacitar mejor a la fuerza laboral, particularmente a quienes se encuentran en los niveles de menores recursos.

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¿Cómo mejorar la educación y hacerla asequible a las personas de menores recursos? No es cambiando el modelo de apertura, sino modificando dos aspectos fundamentales: la calidad y contenido de la educación, y las finanzas públicas para sufragarla. Eso nos lleva a otros aspectos del informe donde tenemos mayores coincidencias.

Es necesaria una reforma fiscal que abarque la reducción de gastos, el incremento de ingresos y la racionalización de la deuda pública, tal como lo propone el informe, para poder enfrentar no solo problemas sociales como la educación, sino también la deficiente infraestructura, que afecta la productividad y el crecimiento. En eso coincidimos plenamente, según consta en varios editoriales anteriores. Mientras el país no enfrente con realismo y determinación la deteriorada situación hacendaria, no se podrán resolver otros problemas apremiantes, como educación y capacitación de la fuerza laboral, que tanto inciden en la pobreza y desigualdad.

El problema fiscal también afecta, indirectamente, los problemas monetarios y cambiarios del Banco Central. Mantener un elevado déficit fiscal aumenta la demanda agregada y la presión inflacionaria, y afecta la efectividad de la política monetaria. También concentra el gasto en el pago de intereses y amortización, en detrimento de programas sociales y educación técnica, e incrementa las tasas de interés, lo cual en nada contribuye a estimular la producción e induce a financiarse en el exterior, con efectos negativos sobre el tipo de cambio (apreciación de la moneda) por el exceso de divisas en el mercado financiero. Todos esos aspectos son analizados con mucho detalle en el Informe Estado de la Nación y representan, sin duda, un aporte a la discusión pública.

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