Lo ocurrido en Francia revela una verdadera pugna entre el fanatismo y los valores humanistas de las democracias

 11 enero, 2015

Los intrincados enlaces globales del terrorismo islamista quedaron en evidencia en París la semana pasada. En esta ocasión, dos hermanos franceses de origen argelino asaltaron la sede del semanario humorístico Charlie Hebdo , donde dieron muerte inmediata a diez periodistas y a dos gendarmes que resguardaban la sala editorial.

Según las exclamaciones de los asesinos, el golpe pretendía vengar las presuntas ofensas del semanario contra el Profeta. El desarrollo de la acción puso de manifiesto la precisión de los dos encapuchados que ejecutaron la matanza. Sin duda, exhibieron formación militar. Completado el curso fatal, los terroristas salieron calmadamente y se movilizaron en un discreto vehículo.

En cuestión de pocas horas, las autoridades habían completado la identificación de los dos encapuchados, además de un tercero encargado de logística y una compañera que conducía el auto.

Los nombres y detalles de los integrantes de la banda despejaron las posibles dudas. Los dos principales, los hermanos, provenían de un hogar de inmigrantes pobres y carentes de interés en torno a las interrogantes económicas y sociales de Francia. Eventualmente, estos dos hermanos se relacionaron con activistas islamistas que, prontamente, los despacharon a campamentos yihadistas en Siria y Yemen. Aquello fue el paso inicial para una formación religiosa radicalista que suele enfocar la redención espiritual en las luchas y, sobre todo, en las venganzas por los insultos y burlas contra los yihadistas adeptos del Corán.

Es importante señalar que la población de adeptos en los citados campamentos era mayormente europea, con predominio francés y alemán. Esto último ha sido de gran interés para los Gobiernos de dichas naciones, debido, sobre todo, a los crecientes temores de una expansión social de quienes abogan por las fórmulas propias de una formación arraigada en la violencia. En todo caso, se reiteraron las excursiones y los destinos de los jóvenes viajeros, dato importante para los servicios de inteligencia occidentales, conocedores de las inclinaciones al antisemitismo derivadas de ese proceso de adoctrinamiento.

Académicos y analistas de Occidente han subrayado también la falsedad consustancial de este tipo de formación religiosa. Por ejemplo, la importancia de castigar la blasfemia, disparadora de muerte y destrucción para quienes menosprecian el Corán, es primordial. Sin embargo, resulta que en el Corán no hay mención de penalizar conductas como las señaladas. Este capítulo apunta a la tendencia populista de gobernantes, en el ámbito musulmán, de alimentar la creencia en la apostasía de la burla o el insulto al Profeta para conquistar las mentes y pasiones de las masas radicalizadas. Hay ejemplos, como Pakistán, que incluyen este castigo y tipifican dicho delito.

En las actuales circunstancias internacionales, este trasfondo revela una verdadera pugna entre el fanatismo y los valores humanistas de las democracias. Lo que ocurrió en París, en última instancia, es, precisamente, una de estas batallas. Y no se debería premiar el fanatismo inherente a la formación de mentes adictas a las normas retrógradas preconizadas en nuestros tiempos por los odios nutridos por falsas enseñanzas.

Tampoco deberíamos ignorar en el quehacer mundial la imperiosa necesidad de insistir en la igualdad de la mujer. No en vano, en una investigación del World Economic Forum sobre la opresión de las mujeres, de los diez países peor calificados, nueve son de mayoría musulmana. Algo similar ocurre con la persecución del cristianismo en el ámbito islámico.

Sí debería complacernos la victoria de Francia en el tema del asesinato perpetrado en París que motiva estas líneas. Los tres principales responsables de este grave suceso murieron en enfrentamientos con la Policía, mientras que la revista Charlie Hebdo reiniciará su publicación el próximo miércoles. A este respecto, necesitamos evocar la explosión sufrida por el semanario en el 2011. Cada paso en el tortuoso camino de defender y robustecer la democracia constituye una victoria contra el terrorismo y sus patrocinadores.

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