Opinión

EDITORIAL

La difícil renovación de la OEA

Actualizado el 24 de marzo de 2015 a las 12:00 am

La elección del nuevo secretario general mejora las posibilidades de cambio

Los países democráticos debemos dar apoyo político para fortalecer la organización

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La difícil renovación de la OEA

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El excanciller y experimentado diplomático uruguayo Luis Almagro fue elegido, el miércoles pasado, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante una votación sin contrincantes, en la que obtuvo el apoyo de 33 países y solo una abstención. De inmediato, afirmó que pretende convertirse en “el facilitador de su renovación”. Pocas semanas atrás, al presentar su visión sobre el futuro, había dicho que asentará su trabajo en cuatro pilares fundamentales: los derechos humanos, la democracia, el desarrollo integral y la seguridad multidimensional.

El amplio apoyo obtenido durante la elección, la sólida trayectoria diplomática de Almagro, su claridad de miras y el impecable récord de su país alrededor de los cuatro pilares mencionados, constituyen un excelente comienzo. Estamos seguros de que, a partir del 26 de mayo, cuando asuma el cargo en sustitución del chileno José Miguel Insulza –quien ha dirigido por diez años la organización–, soplará en ella una fuerte y necesaria corriente de aire fresco.

Nada de lo anterior, sin embargo, garantiza que Almagro tendrá éxito en su trascendente, bien orientada y compleja tarea. El fortalecimiento de la OEA, aunque requiere un firme liderazgo interno, como el que su nuevo secretario general se propone activar, depende, en mayor medida, del apoyo político de los Estados miembros, el cual se ha erosionado y distorsionado crecientemente durante años. Activarlo en un sentido coherente, propositivo y realmente democrático, es tan necesario como difícil.

En la OEA existe un grupo de países, reducido, pero muy militante, que, debido a sus posiciones ideológicas, su rechazo a la independencia del sistema interamericano de derechos humanos y su apuesta a otras organizaciones más afines a sus propósitos, están activamente empeñados en debilitarla. Su núcleo lo constituyen Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, pero a menudo han recibido apoyo adicional. Otros pocos, entre los cuales está Costa Rica, desean genuinamente mejorar el desempeño de la organización y, en particular, proteger y desarrollar los aportes fundamentales de entidades como la Comisión y la Corte Interamericanas de Derechos Humanos. A ellos se añade una mayoría con visiones poco definidas, generalmente complacientes del statu quo o muy apegadas a estrechos intereses nacionales. Esto ha generado una reducida voluntad de asumir las actitudes y los compromisos necesarios para tener una organización más robusta y fiel a su esencia democrática y de respeto a los derechos fundamentales.

Durante meses recientes se han generado una serie de cambios que podrían modificar favorablemente el cuadro político y, por ende, mejorar las condiciones para el desempeño de Almagro. El colapso en los precios del petróleo, la profunda crisis de Venezuela y el debilitamiento económico de sus principales aliados, ha restado capacidad de influencia al bloque del ALBA. Países latinoamericanos más comprometidos con la democracia y el libre comercio han tenido un mejor desempeño reciente, lo cual les ha dado mayor peso. El proceso de normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba ha debilitado sustancialmente los reclamos “sur-norte” de algunas cancillerías y ha abierto la vía hacia un diálogo hemisférico menos contaminado (aunque ahora Nicolás Maduro pretenda alterarlo). Y la Cumbre de las Américas, que se celebrará el próximo mes en Panamá, puede servir como catapulta para un replanteamiento más orgánico de las relaciones hemisféricas.

Es probable que Almagro tenga todos estos elementos en cuenta, y que trate de utilizarlos a favor de su proyecto. Sin embargo, sea este el caso o no, tanto el nuevo secretario general como la organización requieren una participación más activa de los países que valoran sus aportes y que –sin descuidar otras instancias regionales con misiones más específicas– desean fortalecer el papel de la OEA como eje central de las relaciones entre los países americanos en su conjunto y como un bastión de la democracia, los derechos humanos, el desarrollo y la seguridad del continente. Confiamos en que Costa Rica se mantenga a la vanguardia en este esfuerzo.

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