Opinión

EDITORIAL

El difícil camino de Maduro

Actualizado el 16 de abril de 2013 a las 12:00 am

El chavismo debe celebrar con cautela. Si lo resultados se confirman, solo habrá ganado el derecho a administrar la crisis creada por sus errores de 14 años

A las dificultades de la economía y la enormidad de las exigencias por satisfacer, se suman las debilidades de la figura política del mandatario

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La estrecha victoria de Nicolás Maduro en las elecciones venezolanas del domingo no será reconocida por su contrincante Henrique Capriles si no se hace un recuento para despejar las dudas. Así de apretada es la victoria, conquistada por una diferencia del 1,6%, unos 235.000 sufragios de más de 15 millones emitidos en total.

Si la auditoría no se hace o si confirma la victoria de Maduro, el chavismo debe celebrar con cautela. En primer lugar, porque solo habrá ganado el derecho a administrar la crisis creada por sus errores de 14 años. El panorama económico, político y social de Venezuela es desolador. Según las cifras oficiales, el largo periodo chavista consiguió disminuir significativamente los índices de pobreza y desigualdad.

El retroceso de la pobreza es producto del fuerte endeudamiento público y la política de reparto de la considerable riqueza petrolera, con escasa inversión y paulatina caída de la productividad. Los avances no son sostenibles, sobre todo ahora que el agotamiento del aparato productivo se manifiesta también en la industria del petróleo. El cierre de la brecha social no es siempre un logro. Entre los países más igualitarios se encuentran, también, muchos de los más pobres, como Corea del Norte.

La falta de inversión produce la paradoja de un país rico en recursos energéticos y víctima, a la vez, de una persistente escasez de electricidad, causa de constantes apagones. El suministro de agua tampoco es confiable, como no lo es la provisión de otros servicios. Caracas es la ciudad más peligrosa del planeta, con 210 homicidios por cada 100.000 habitantes y la tasa nacional de 67 por 100.000 solo la superan, en nuestro continente, Honduras y El Salvador.

En los comercios hay también escasez de productos de consumo masivo, y según el Banco Central de Venezuela, la inflación del año pasado cerró en 20,1%, un 7,5% menos que en el 2011, pero suficiente para ubicar al país entre los más aquejados por el fenómeno, enquistado en la economía desde hace años. La más reciente devaluación de la moneda fue de 32%, pero el mercado no respeta ese tipo de cambio.

Por contraste, las demandas sociales creadas por el chavismo sí van en aumento. Las promesas de campaña sirvieron para alimentarlas, pero la situación económica dificultará cada vez más la tarea de satisfacerlas. Si Maduro no logra resolver la difícil ecuación, su base política se verá erosionada.

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Esa base fue construida a lo largo de 14 años de populismo, clientelismo y reparto. Maduro se presentó a la justa electoral con esa ventaja, la emotividad generada por el fallecimiento del presidente Hugo Chávez y los considerables recursos del Estado venezolano, incluida una amplia red de medios de comunicación. Contó, además, con el favor de un tribunal electoral afecto a su causa. Ninguna de esas ventajas bastó para darle una victoria holgada.

El presidente electo no puede darse el lujo de perder apoyo entre la población matriculada hasta ahora con su partido. A las dificultades de la economía y la enormidad de las exigencias por satisfacer, se suman las debilidades de la figura política. Maduro no es Chávez, el carisma no se hereda y el candidato demostró, a lo largo del proceso electoral, considerables falencias. Frente a él se yergue una oposición en crecimiento, unida y organizada en torno a un líder exento de los reclamos formulados contra la tradicional clase política venezolana.

La influencia política internacional cultivada por Chávez con abono de buena parte de la riqueza petrolera venezolana, tampoco parece al alcance del nuevo mandatario, por razones de personalidad y, también, por la disminución de esa riqueza y las demandas internas que sobre ella pesan. El sitio alcanzado por el predecesor de Maduro en el escenario mundial engrandeció su carisma a ojos de los votantes bolivarianos. El presidente electo haría mal si cifra sus esperanzas en la construcción de una plataforma similar.

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