La mejor política para promover el empleo es una sana política de crecimiento

 16 mayo, 2016

La tasa de desempleo abierto como porcentaje de la fuerza laboral bajó levemente en este primer trimestre (9,5%) frente al mismo período del año anterior (10,1%), pero se ubicó más arriba de la registrada el trimestre recién pasado (9,2%), según la última encuesta continua del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). ¿Qué tienen en común estos porcentajes? Además de representar pequeñas variaciones que probablemente no son estadísticamente significativas, todas se ubican en niveles muy elevados. Lo cierto es que el desempleo se ha convertido en un hueso duro de roer.

Si nos remontamos 15 años atrás, notamos dos períodos claramente identificados: del 2000 al 2008, cuando la economía crecía a una tasa real del 4,6% (promedio), la tasa de desempleo abierto rondaba el 6% de la fuerza laboral. Del 2009 al 2015, en cambio, el crecimiento promedio se redujo a un 3,5% real y el desempleo promedio brincó a un 9,3%. Los dos períodos se diferencian, además, porque el primero cabalgaba sobre la cresta del ciclo expansivo mundial, mientras que al segundo le tocó jinetear los efectos de la gran depresión internacional.

Está claro que el crecimiento y generación de empleo reflejan dos caras de una misma moneda: cuando la producción crece vigorosamente, baja el desempleo (y a la inversa). De ahí una conclusión importante: la mejor política para el empleo es una sana política de crecimiento. Eso incluye estabilidad monetaria y cambiaria, bajas tasas de interés, eliminación de trabas al emprendimiento empresarial y, sobre todo, generar confianza para la inversión. Esta última debería ser registrada por el gobierno que, en no pocas ocasiones, ha tendido al populismo y a congraciarse con el sindicalismo, en abierto desafío al sector productivo.

Pero no todas las cartas se deben jugar al crecimiento. La teoría y práctica internacional demuestran que no basta lograr altas tasas de crecimiento para abatir el desempleo. Se requieren, además, políticas puntuales para enfrentar los distintos tipos de desempleo. El de origen coyuntural, por ejemplo, surge cuando la producción crece a menos de su promedio histórico y se puede combatir con políticas monetarias y fiscales más laxas para estimular la demanda agregada. Es lo que han estado haciendo los principales bancos del mundo después de la crisis. Pero esas políticas tienen su límite.

Cuando se reduce la “brecha del producto” y se asoma el espectro de la inflación, corresponde moderar la expansión, aunque no se haya logrado reducir enteramente el desempleo. Los EE. UU. se están acercando a esa situación, pues han logrado incrementar su producción (con altibajos) y reducir el desempleo a niveles cercanos a su promedio histórico. Además, su mercado laboral es más flexible y capaz de preservar el empleo a cambio de menores salarios (de dos males, el menor). Pero la Unión Europea y Japón aún están lejos de abatir el desempleo coyuntural y deberán mantener políticas expansivas por algún tiempo. También tendrán que hacer modificaciones en su legislación laboral para reducir privilegios sindicales a cambio de menor desempleo. Se lo han recomendado los organismos internacionales.

En Costa Rica, las leyes y prácticas laborales, al igual que los altos costos de la seguridad social, causan fricciones en el mercado laboral. En eso nos asemejamos más a Europa que a EE. UU. Los salarios mínimos, por ejemplo, no siempre concuerdan con los que las empresas están en capacidad de ofrecer en períodos de bajo crecimiento económico y las cargas sociales elevan el costo del salario total. Cuando la política salarial no coincide con el equilibrio del mercado, la variable de ajuste resulta ser el desempleo. Los empresarios pueden decidir no aumentar la planilla y exigir incrementos en la productividad, y si la situación se prolonga no tienen más opción que despedir trabajadores, acción que se podría evitar, o suavizar, si la legislación laboral fuera más flexible. Una política de salarios creciente puede navegar a contrapelo del desempleo.

El engrosamiento de la informalidad es otra salida al paro parcial. En ese sector, los salarios e ingresos son menores que en el sector formal. Tampoco existen los beneficios (ni costos) de la seguridad social. En la última encuesta, la informalidad descendió levemente (41,4%) frente a la encuesta anterior (45,2%), pero se mantiene muy elevada. Forzar la migración de trabajadores del sector informal al convencional tendría ventajas y desventajas. Entre las primeras, mayor protección y seguridad y contribuciones al Estado; entre las segundas, sobresale su impacto en la ocupación total si el sector formal no los pudiera absorber. Otra opción sería ver cómo reducir el costo total de la legislación laboral, aspecto que ni siquiera se discute en la espinosa reforma fiscal. Mejoraría la competitividad y, al aumentar la producción, habría más fuentes de empleo.

El desempleo de origen estructural, que incluye a un primo cercano denominado de largo plazo, no siempre se puede corregir con políticas monetarias y fiscales expansivas, forzando la formalidad ni incrementando salarios mínimos. Es un hueso aún más duro de roer, pues se caracteriza por incluir las fricciones entre los componentes de la oferta y la demanda de trabajadores, motivadas por factores tan complejos como los cambios tecnológicos, variaciones demográficas, inmigración de mano de obra no calificada, excesivas regulaciones laborales e inflexibilidad de la legislación laboral a la hora de contratar o despedir trabajadores. Todas reflejan las fricciones entre lo que ofrecen los trabajadores y demandan los empleadores, no siempre coincidentes.

El ejemplo más claro se relaciona con el vertiginoso desarrollo tecnológico en el contexto del cambio observado en la estructura productiva costarricense en los últimos años. Los sectores primarios, como la agricultura e industria, eran antes las principales fuentes del crecimiento y generaban la mayoría de los empleos; hoy, son otros los sectores más dinámicos, como servicios, finanzas y seguros, que demandan trabajadores con altas calificaciones técnicas y el dominio de, por lo menos, dos idiomas. Estas calidades no las poseen los cesantes del sector primario. Entonces, la difícil dicotomía es de escasez de trabajadores en ciertas ramas, pero abundancia en otras.

Para atacar con éxito el desempleo estructural y de largo plazo –personas que permanecen desempleadas por períodos prolongados– se requieren políticas novedosas y puntuales, algunas de las cuales ya están siendo implementadas exitosamente por el Ministerio de Trabajo y el INA, como cursos especializados y técnicos, y el reentrenamiento de trabajadores en la zona sur mediante cursos intensivos de inglés. Pero es necesario ir más allá. Hay que generalizarlo en todo el país y llevarlo a muchas otras esferas para readecuar la capacidad de trabajadores rezagados por los cambios tecnológicos y en la estructura productiva. También es necesario cambiar la mentalidad del gremio educativo tradicional, opuesto a la educación dual, y corregir la disparidad de oportunidades de trabajo entre hombres y mujeres dentro de la fuerza laboral. Estas últimas se llevaron la peor parte en la última encuesta.