Aunque los nacionalistas no logren réditos electorales del encuentro entre mandatarios, el paso dado ayer es trascendental

 8 noviembre, 2015

Por primera vez en la tensa historia compartida de la República Popular China (RPC) y la República de China en Taiwán (RCT), los líderes de las dos naciones se reunieron en Singapur ayer sábado. Antes de la cita, los respectivos gobiernos dieron a conocer un temario complejo para el encuentro bajo la reserva de que lo más importante es promover el desarrollo pacífico en la región.

En realidad, el programa devino en una especie de telón de fondo para el acontecimiento principal: la reunión cimera cuya ilación histórica se remonta a la encarnizada pugna entre los nacionalistas liderados por el generalísimo Chiang Kai-shek y los campesinos y obreros seguidores del dirigente marxista Mao Zedong. La lucha continuó después de la Segunda Guerra Mundial y culminó en 1949 con la derrota de las huestes nacionalistas de Chiang, que se refugiaron en la isla de Formosa.

Mao forjó un régimen comunista en China, en tanto el autoritarismo de Chiang dio lugar a un eventual Estado democrático en Taiwán. Pasado mucho tiempo, China continental debió salir del estancamiento económico que arrastró durante décadas. No fue sino hasta la adopción de las reformas a favor del mercado propugnadas por Deng Xiaoping que China, hacia finales de los años ochenta e inicios de los noventa, dio un giro positivo en el orden económico. Mientras tanto, Taiwán construyó una economía fuerte, inserta en el mercado internacional.

Pekín nunca renunció a la reunificación, a ejecutarse en sus propios términos, pero las relaciones entre las dos Chinas hoy día son positivas. La República Popular es el principal socio comercial de Taiwán, cuyos empresarios tienen fuertes inversiones en el continente. Además, es una fuente de turismo inédita para la isla. A las relaciones es preciso agregar el especializado comercio de alta tecnología, que es clave para China continental. Pekín está interesado en ampliar, aún más, las posibilidades de intercambio comercial con Taipéi.

En medio del fragor de la campaña electoral de Taiwán con vista en los comicios que se realizarán en enero del 2016, el mandatario saliente Ma Ying-jeou invitó al presidente Xi Jinping al encuentro amistoso, a celebrarse durante la gira del segundo por Singapur. El encuentro promete mejorar el ambiente electoral para el partido Kuomintang –Nacionalista– al que pertenece Ma, quien ya cumple dos períodos presidenciales sin posibilidades legales de reelección, pero a la luz de las encuestas, las posibilidades de los nacionalistas son poco alentadoras, con cita cimera o sin ella. Más allá de su efecto electoral, la reunión será recordada por su carácter histórico.

Desde que llegó a la presidencia, Ma ha procurado mejorar las relaciones con Pekín, mientras Xi intenta afianzar lazos con Europa y otras naciones como contrapeso a la ofensiva de Washington por el tema de las islas artificiales en el mar del Sur. No obstante, el tema taiwanés es de capital importancia para la nación continental. El encuentro será utilizado por Pekín para demostrar a la comunidad internacional, en el marco de las tensiones de las últimas semanas, capacidad de conversar pacíficamente con los rivales.

Dada la buena voluntad irradiada de la cumbre de ayer, el encuentro parece haber sido un éxito. El desenlace le permite a Ma recalcar ante el público taiwanés la idea de que el Partido Democrático Nacionalista tiene mayor experiencia y habilidad para mejorar las relaciones con Pekín, un objetivo de gran trascendencia para el futuro democrático de Taiwán. Aunque no tenga éxito en utilizar el encuentro contra sus opositores, es difícil creer que quienes gobiernen a Taiwán en el futuro renuncien a aprovechar las oportunidades nacidas de la cumbre de ayer.