Entre el viernes y el lunes, media docena de noticias falsas publicadas en las redes sociales sirvieron de ejemplo de los potenciales peligros de esos medios

 7 diciembre, 2016

El viernes, vecinos del limeño barrio de Huaycán atacaron vehículos estacionados en las proximidades de la comisaría local para protestar por la supuesta indiferencia de la Policía frente a los horrendos crímenes de una mafia de traficantes de órganos dedicada a descuartizar niños. Una decena de policías se vio obligada a disparar al aire y utilizar bombas lacrimógenas cuando la multitud intentó ingresar a la comisaría para linchar a una mujer supuestamente detenida por participar en la banda.

La organización criminal no existe y no había ninguna mujer detenida, pero los vecinos se convencieron de lo contrario al leer noticias falsas difundidas por las redes sociales. Casi al mismo tiempo, en la lejana ciudad de Tingo María, una multitud protestó por idénticos motivos, incluida la pretensión de linchar a un hombre supuestamente detenido por traficar órganos.

El propio viernes, en Costa Rica, las redes sociales informaron sobre la presencia de banderas del Partido Liberación Nacional durante la repartición de ayuda para los damnificados del huracán Otto. Los hechos eran para indignarse, pero cuando medios responsables investigaron la denuncia, resultó que un grupo de voluntarios limonenses trabajaba orgulloso a la sombra de su bandera provincial.

Al día siguiente, el sábado, informes procedentes de La Habana desmentían la muerte de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, quizá la figuraba más importante en la historia del ballet latinoamericano. Falsas noticias difundidas por las redes sociales habían dado cuenta de su fallecimiento a los 96 años.

El lunes, en Costa Rica, las redes sociales fueron el vehículo escogido para difundir los datos parciales de una encuesta política. Descubierta la maniobra, la empresa encuestadora defendió la seriedad de su trabajo mediante la publicación de una versión completa y contrastante con la publicada en la mañana.

Ese mismo día, en Washington, Edgar M. Welch, de 28 años y padre de dos niños, se plantó frente a la pizzería Comet Ping Pong y la emprendió a tiros contra el local. Según noticias publicadas en las redes sociales, incluidas Facebook y Twitter, el propietario encabeza una red de explotación infantil en asocio con la excandidata presidencial demócrata Hillary Clinton.

Los artículos contra la pizzería comenzaron a aparecer en las redes sociales desde octubre, poco antes de las elecciones. Tan insistentes fueron las publicaciones que los principales diarios estadounidenses, como The Washington Post y The New York Times, informaron de la falsedad, pero eso no bastó para despejar la sombra proyectada sobre el restaurante.

El proceso electoral desató una vigorosa discusión sobre el papel y los peligros de las redes sociales. Un debate similar quedó planteado en el Reino Unido tras el referendo sobre la pertenencia a la Unión Europea. En Estados Unidos, trece millones de votantes acudieron a las urnas después de leer la falsa noticia del apoyo del papa Francisco a Donal Trump.

Muchas otras mentiras circularon por las redes sociales a lo largo de los comicios, pero no todas nacieron de un intento de manipulación perpetrado por los comandos de campaña. La prensa logró rastrear historias falsas hasta un grupo de jóvenes del este europeo, totalmente desvinculados de la política norteamericana. Su único propósito era inventar falsedades suficientemente llamativas para atraer lectores, o “clics”, que pudieran ser vendidos a los anunciantes.

La falsedad entra a las redes sociales mediante una mala interpretación de la realidad, como en el caso de la bandera liberacionista; por mala intención, como en Huaycán y Tingo María; por ánimo de lucro, como es el caso de los jóvenes del este europeo; o por manipulación política, como sucedió con el falso apoyo del Papa a Trump. Es hora de aprender a leerlas con mucha cautela.