Opinión

EDITORIAL

La constante crisis argentina

Actualizado el 22 de febrero de 2015 a las 12:00 am

En ausencia de la credibilidad indispensable para aglutinar a la nación, es imposible construir con solidez una base política e institucional

La presidenta Cristina Kirchner genera cada día más críticas, impelidas por equívocos de grueso calibre

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La crisis de Argentina responde a hondas divisiones que impiden alcanzar un acuerdo sobre el presente y el futuro del país para superar sus males económicos y políticos. En ausencia de la credibilidad indispensable para aglutinar a la nación, es imposible construir con solidez una base política e institucional.

A la hora de adjudicar responsabilidades por esta deficiencia, no se puede negar la parte que le toca al Gobierno y, sobre todo, a la presidencia, como fuente constante de la crisis.

En Argentina, ni siquiera los datos económicos son confiables. La inflación se calcula en más del 25% anual, pero no hay certeza. La estimación se debe a que el Fondo Monetario Internacional (FMI) declaró inaceptables los números oficiales y, ahora, la guía predilecta son cifras provenientes de reconocidas firmas consultoras privadas.

Pero la presidenta Cristina Kirchner genera cada día más críticas, impelidas por equívocos de grueso calibre. Ese calificativo lo merece, por el ejemplo, la esquiva y contradictoria posición de la Casa Rosada sobre el fallecimiento del fiscal Alberto Nisman, ocurrido el 18 de enero en su residencia, en circunstancias extrañas.

Nisman investigaba el caso de la sociedad mutual judía de Argentina, AMIA, cuyo edificio fue destruido por una explosión, en julio de 1994, que ocasionó centenares de muertos y heridos. Cada paso en las averiguaciones apuntaba a la mano de Irán, pero la economía argentina sufrió una desaceleración y el oxígeno financiero del Gobierno decayó. Aconsejada por su cerrado círculo de asesores, incluido el embajador y, luego, canciller Héctor Timerman, la mandataria inició el proceso de revisar fuentes extraordinarias de ingresos. Vino primero la generosidad del venezolano Hugo Chávez y, finalmente, la de Irán.

Las investigaciones de Nisman apuntaban a que Irán, de previo a abrir el Tesoro, exigió poner fin al caso AMIA. No obstante, Nisman perseveró, avanzó en la causa y la acusación la presentaría al Congreso el 19 de enero. Su muerte se produjo un día antes por la noche.

Los silencios y contradicciones de la administración Kirchner crearon descontento y una pesada carga con la cual la mandataria marchó a China en viaje oficial. En el curso de la gira, cometería nuevos desaciertos. La presidenta se empecinó en tuitear sus comentarios al público y, al concluir una de sus reuniones con el líder de la poderosa nación asiática, escribió que a los chinos solo les interesaba “el aloz y el petlolio”. Más adelante preguntó si alguien conocía el “IQ” del mandatario.

Con esos errores como telón de fondo, los argentinos salieron a protestar, el pasado miércoles, en una manifestación que convocó a centenares de miles para demandar cuentas claras por la muerte de Nisman. La respuesta oficial fue proponerle a Estados Unidos incluir en su agenda el tema de Teherán.

A estas alturas, solo cabe preguntar qué deparará el tiempo que falta para las elecciones generales de diciembre próximo. Esperemos que el curso de Argentina cambie y tome un camino más democrático y transparente, capaz de generar confianza.

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