El problema fundamental radica en que los países de la coalición encabezada por los sauditas no son precisamente democráticos

 29 marzo, 2015

Yemen, en la estratégica vecindad del Mar Rojo y el canal de Suez, desciende hoy vertiginosamente por el precipicio de la guerra y la desintegración. El país, fronterizo con Arabia Saudita y Omán, se ha hundido fatalmente en las luchas intestinas que proliferan en países cruciales del Cercano Oriente.

La crisis estalló con el rápido avance de los rebeldes hutíes, de raigambre chiita y patrocinados por Irán, hacia las principales ciudades y regiones de Yemen amparadas por la dinastía suní de Arabia Saudita, aliada de Estados Unidos y hegemónica en el Golfo Pérsico. El grado de descomposición llega al punto que el presidente del país se fugó a Arabia Saudita.

La respuesta saudí a la expansión violenta de los hutíes en Yemen ha sido, desde el jueves, una campaña de ataques aéreos contra objetivos claves, en su mayoría señalados de antemano por Estados Unidos. La iniciativa recibió la adhesión de importantes gobiernos del área, particularmente de Egipto. Este último anunció, el viernes, que además del desplazamiento de sus navíos hacia Yemen, colaborará enviando tropas sobre el terreno. Igual curso han anunciado otros gobiernos.

Aunque la administración Obama ha sido esquiva con respecto a acciones militares en general, hace pocos años, a instancias de los socios mayores de la OTAN, participó con cazabombarderos en la campaña para consolidar la situación en Libia y, de paso, detener las incursiones de al-Qaeda después de la Primavera Árabe. En la presente crisis, Washington ha sido enfático en la negativa a intervenir.

Tropas, asesores y modernos cazas estadounidenses participan en los combates contra el Ejército Islámico (EI) en Irak. El EI es un movimiento terrorista y barbárico con huellas cruentas en Siria e Irak. En este escenario, Washington ha compartido trincheras con Irán –en esta semana– para rescatar a Tikrit, pero los iraníes respaldan a los hutíes en Yemen, no a los países cercanos a Washington. El problema de política exterior es evidente.

La desintegración de Yemen se evidencia más cada día y hay grandes zonas de control e influencia de al-Qaeda y militantes hutíes. Estos últimos rodean a Sana, la capital. La interrogante es si las acciones militares encabezadas por Arabia Saudita podrán acabar con esos enclaves. Su subsistencia, incluso parcial, constituiría una invitación abierta para toda suerte de actores, no menos peligrosos y antidemocráticos.

Los egipcios ya cuentan con la experiencia de la intervención en Yemen del dictador Gamal Abdel Nasser, quien trasladó decenas de miles de uniformados cuya mayoría feneció ante la oposición de locales y foráneos. El problema fundamental hoy, como entonces, radica en que los países de la coalición encabezada por los sauditas no son precisamente democráticos y el proyecto podría tornarse en una especie de academia para formar nuevas autocracias.

Por eso la influencia de Estados Unidos y otras potencias occidentales podría colaborar para dar forma al futuro de Yemen mediante programas que nutran las aspiraciones democráticas. Desde luego, en el Medio Oriente abundan quienes consideran el pluralismo político como inservible y hasta dañino. Mas, en las célebres palabras de Churchill, la democracia tiene muchos defectos, pero no hay nada mejor. He ahí un desafío histórico para los líderes de hoy y el futuro.