Los primeros escarceos de la campaña electoral no auguran una discusión seria. Una vez más, surgen voces empeñadas en evitar la verdad si es polémica

 6 junio

En diciembre, una misión del Fondo Monetario Internacional (FMI) describió el crecimiento económico de Costa Rica como “robusto”. El año cerraría con una expansión del 4,25%, una tasa muy saludable, sobre todo, en comparación con economías vecinas. A renglón seguido, los analistas señalaron la vulnerabilidad del país debido a la situación fiscal y los cambios en el ámbito internacional.

El problema es que el buen desempeño económico se nota casi de inmediato en la vida cotidiana, pero las vulnerabilidades tardan en aflorar. Crecen en silencio y sus efectos pueden ser pospuestos a un costo cada vez mayor. Las decisiones necesarias para hacerles frente son difíciles: recortes de gasto o aumento de ingresos, es decir, de impuestos.

Esa es la receta del FMI, la OCDE y las calificadoras de riesgo, que han venido desmejorando la valoración de nuestra deuda soberana. Esa es, también, la receta de la mayoría de los economistas costarricenses, algunos con más énfasis en los gastos y otros con preferencia por los ingresos.

Las razones de tanto acuerdo son evidentes. Si no hay arreglo, el déficit fiscal podría alcanzar el 6,9% del PIB en un par de años y la deuda un 70% del PIB para el 2021. Las tasas de interés experimentarían más presión de la causada hasta ahora por los ajustes en Estados Unidos y otras naciones y volveríamos a la inflación, todo con serias consecuencias para el crecimiento económico.

La campaña política debería ser el momento de debatir la manera de enfrentar el problema. Urge un debate intenso, desprovisto de demagogia y cantos de sirena. Basta con recordar la campaña anterior para aquilatar las consecuencias del discurso contrario. El Partido Acción Ciudadana descartó todo ajuste tributario en los primeros dos años de gobierno porque, en ese periodo, se avocaría a demostrarle al país cómo se gasta responsablemente. Al final, solo demostró cómo se gasta más, se vio obligado a apretarse la faja y lanzó una rápida ofensiva para promover impuestos.

La oposición no tardó en recordarle al PAC su promesa de campaña y aun su papel en la derrota del Plan de Solidaridad Tributaria promovido por la administración de la expresidenta Laura Chinchilla. Así llegamos al momento actual, con una situación fiscal más grave pese a notables avances en materia de recaudación y una importante contención del gasto.

Pero los primeros escarceos de la campaña electoral no auguran una discusión seria. Una vez más, surgen voces empeñadas en evitar la verdad si es polémica. Aparecen, entonces, las soluciones mágicas. El déficit fiscal se arregla con solo mejorar la recaudación, dice una de ellas. Lo hemos escuchado mil veces y en algunas hemos logrado mejorar, pero es iluso creer en la posibilidad de alcanzar por esa vía los recursos necesarios para disminuir el déficit en un 3,75% del PIB, como recomienda el FMI, o en un 3,25%, como en algún momento fue la aspiración del gobierno.

Antes de abandonar esas ambiciones, la administración planteaba aumentar la carga tributaria en un 2% del PIB y recortar gastos en otro 1,25%. Ese ahorro es difícil de hallar fuera de las abultadas planillas del Estado, pero ya hay voces en campaña que descartan, de entrada, la revisión de privilegios en el sector público y ofrecen, como gran cosa, poner techo a los “salarios de lujo”, un ahorro insignificante por mucho que despierte simpatías.

Otra solución mágica consiste en decir que el crecimiento económico resuelve, por sí solo, el déficit. Todo es cuestión de crear condiciones para el emprendimiento. Pero el FMI ya describe el crecimiento de la economía como robusto y no se ve de dónde saldrá una tasa más acelerada, sobre todo con las presiones creadas por la situación fiscal y los ajustes en el entorno internacional. El equilibrio fiscal es más bien una condición necesaria para estimular el crecimiento y el desarrollo empresarial.

El mayor peligro de las soluciones mágicas o fáciles es que arrastran el debate político a un mundo de fantasía, donde cada candidato hace lo mejor que puede para evitar decir lo que, según su criterio, los electores no quieren escuchar. Las verdades no se pronuncian y, después de la juramentación, el desgaste del nuevo gobierno se acelera por el contraste entre lo prometido y las exigencias de la realidad. Ojalá haya políticos, en esta oportunidad, dispuestos a romper el círculo vicioso.