La semana pasada la deuda soberana sufrió una impactante caída en la respetada calificación de Standard & Poor’s, que la mandó al basurero ( junk )

 20 septiembre, 2015

Brasil atraviesa un periodo de creciente incertidumbre y pesimismo. No se trata solo de la crisis económica que cada día se ahonda, sino, sobre todo, de la desconfianza en el timón presidencial de Dilma Rousseff. Los principales indicadores económicos reflejan esa combinación de factores que hoy ensombrecen el futuro de la potencia sudamericana.

Por si faltaran pesares, la semana pasada la deuda soberana de Brasil sufrió una impactante caída en la respetada calificación de Standard & Poor’s, que la mandó al basurero ( junk ). Este descalabro repercutió de inmediato en las bolsas de valores y la moneda nacional, el real, cayó a pesar de la intervención masiva (mil quinientos millones de dólares) del Banco Central, que amortiguó el movimiento a 3,85 respecto al dólar, o sea, un tercio de su valor. La inflación ya rasguña el 10%, la mayor desde el 2003, y el desempleo ha crecido por encima del 8%. Es como si, de repente, la cristalería de la sala fuera aplastada en un pleito de gatos.

El pico del iceberg también se ha hundido ante las disposiciones erráticas de la mandataria. Una reunión de emergencia con ministros y asesores para examinar la tragedia de la descalificación produjo una aislada perla de sabiduría presidencial: hay que gastar menos. Desde luego que reducir el gasto es un imperativo, no solo ahora sino desde hace años, respondió un periódico brasileño.

Para ser justos, al desenfreno del gasto se han sumado otros factores, algunos de ellos recientes. Así, por ejemplo, los precios internacionales del hierro, la soya, el petróleo y otros bienes de exportación de Brasil han venido cayendo. Asimismo, la demanda crucial de China y otros clientes asiáticos ha descendido.

No obstante, la confianza en el equipo gubernamental ha sufrido dramáticamente a raíz del escándalo de corrupción en Petrobras, que ha generado un genuino sunami en el mapa institucional y político del país. De la pira han salido chamuscadas personalidades de alto perfil, aparte de las autoridades de Petrobras. Tenemos así a la misma presidenta, que durante años fue gerenta de la enorme empresa petrolera. Su maestro y protector, Lula da Silva, un expresidente mundialmente admirado, no ha conseguido eximirse de las consecuencias de la crisis gubernamental.

Brasil experimentó en años no muy lejanos los dolores de los golpes militares y los gobernantes corruptos, pero consiguió cimentar la institucionalidad. También logró brillar entre las economías emergentes, éxito coronado con Lula en la presidencia. Desafortunadamente, quedaron por ahí, ocultos y silenciosos, reductos de la corrupción. Petrobras ha marcado un severo retroceso en el largo camino de saneamiento de la primera economía sudamericana.

El presente aún guarda sorpresas. Por ejemplo, hay un esfuerzo en las filas legislativas para defenestrar a Rouseff. De su quehacer presidencial destaca, a esta fecha, el desenfreno fiscal y crediticio, sin parar mientes en sus lamentables consecuencias.

Pero Brasil tiene lo necesario para retomar el camino del progreso. La institucionalidad consolidada, las reservas todavía constituidas por miles de millones de dólares en bonos del Tesoro y cerca de $400.000 millones en monedas extranjeras, así como la importante infraestructura desarrollada en las últimas décadas forman un sólido punto de partida, siempre que esas ventajas no se desperdicien en erráticas aventuras políticas. Un brasil fuerte en lo económico y en lo político es un factor de estabilidad en la región latinoamericana y a todos los países del área les conviene una pronta resolución de la lamentable crisis actual.