Opinión

EDITORIAL

El beato y la reconciliación

Actualizado el 27 de mayo de 2015 a las 12:00 am

El Vaticano ha otorgado a monseñor Romero su justo lugar en la historia salvadoreña

Su figura y mensaje pertenecen a todos los salvadoreños, y deben ser acicate para avanzar

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El lunes 24 de marzo de 1980, un Volkswagen rojo se estacionó con discreción frente a la capilla del hospital La Divina Providencia, en San Salvador. La puerta del recinto estaba totalmente abierta. En su interior, el arzobispo capitalino monseñor Óscar Arnulfo Romero cumplía con la costumbre matutina de la misa. Faltaba poco para que elevara sus manos para la consagración, cuando un tirador asomó el cañón de un rifle por una ventana del vehículo, apuntó con precisión y de un solo disparo terminó con la vida del prelado.

La repulsa popular ante tan frío crimen no se hizo esperar; tampoco las expresiones de consternación alrededor del mundo. Su funeral, en la catedral metropolitana, se convirtió en una virtual masacre, con cerca de 40 muertos. Fue este un punto de inflexión clave en la escalada de violencia que azotaba al vecino país. Muy pronto, El Salvador se precipitó, con acelerada velocidad y funestas consecuencias, en un extendido conflicto armado. Se calcula que hasta 1992, cuando fueron firmados los acuerdos de paz, al menos 75.000 personas habían muerto; además, la violencia generó cientos de miles de desplazados y refugiados.

Antes y después de su muerte, monseñor Romero –como pastor y como símbolo– fue víctima del creciente sectarismo, polarización e intransigencia que secuestraron a la sociedad salvadoreña. Una “comisión de la verdad” organizada por las Naciones Unidas determinó que su asesinato había sido organizado por un grupo de oficiales de extrema derecha, encabezados por el mayor Roberto D'Aubuisson, quien falleció de cáncer en 1992 sin haber sido juzgado y tras participar en la fundación del partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena).

Por su parte, los jefes guerrilleros marxistas, tan sanguinarios y oportunistas como los militares, trataron de instrumentalizar la figura de Romero y presentarlo como un defensor de su proyecto político y social, cuando, en realidad, el propósito del prelado era la defensa de principios elementales de justicia, equidad y derechos humanos violentados por todas las fuerzas beligerantes y por las inconmovibles e injustas estructuras socioeconómicas del país en esa época. Los sectores conservadores no tuvieron entonces ni la inteligencia ni la bondad necesarias para entender y aceptar las prédicas de Romero. Así contribuyeron a una mayor ruptura nacional y abonaron a los esfuerzos de la guerrilla para apropiarse de la figura.

Al fin, 35 años después de su prematura desaparición y tras un largo proceso, según los cánones de la Iglesia Católica, monseñor Romero ha sido beatificado, paso necesario para la eventual canonización. Más allá de su dimensión religiosa, que sin duda es la principal, la sabia decisión del Vaticano ha servido para otorgar al arzobispo su justo lugar en la historia de El Salvador, rescatarlo de manipulaciones o rechazos político-ideológicos tejidos alrededor de su figura y convertirlo sin asomo de dudas en lo que siempre debió ser: una fuente de reconciliación para sus conciudadanos.

En la emotiva ceremonia de beatificación, llevada a cabo el domingo en presencia de 300.000 salvadoreños, el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos del Vaticano, resaltó que “la figura de Romero continúa viva y dando consuelo a los marginados de la tierra”. Lo calificó como “un obispo celoso que, amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo”, y que, en tiempos muy difíciles, “supo guiar, defender y proteger a su rebaño, y permaneció fiel al Evangelio y la comunión con toda la Iglesia”. Este es el verdadero Óscar Arnulfo Romero. Este es el mensaje que, proyectado desde el simbolismo de su beatificación, debería calar con hondura en todos los sectores de la sociedad salvadoreña, no solo para vincularse con su pasado, sino, sobre todo, para proyectarse hacia un mejor futuro.

La ceremonia, en sí, fue un ejemplo de reconciliación. Allí estaban, entre los invitados, políticos de todas las denominaciones, incluidos el expresidente Alfredo Cristiani (1989-1994), de Arena, quien firmó los acuerdos de paz; Roberto D'Aubuisson hijo, dirigente de ese partido, y las más conspicuas figuras exguerrilleras del hoy gobernante FMLN.

De los países centroamericanos quebrados por los conflictos armados en la década de 1980, El Salvador fue el que logró superar con mayor éxito su trauma, con un arreglo político-social estable. Sin embargo, vive hoy enormes problemas de desarrollo, exclusión y violencia delictiva, con efectos casi tan devastadores como los del conflicto de hace tres décadas. En estas circunstancias, el mensaje de Romero adquiere particular actualidad y su beatificación podría ser un acicate para la articulación de mejores estrategias nacionales que permitan superar las crisis de nuevo cuño.

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