La confianza que genera la baja inflación entre inversionistas nacionales y extranjeros es, quizás, el efecto económico y social más positivo

 11 mayo, 2015

La variación interanual en el índice de precios al consumidor (IPC) alcanzó el mes pasado su nivel más bajo de los últimos 38 años (1,81%) y el ajuste del mes de abril fue más bien negativo (0,8%), influido, entre otras razones, por la reducción en el costo de la electricidad. Estas buenas noticias suscitan dos consideraciones adicionales: una sobre los efectos económicos y sociales de la reducción en el costo de vida y, la otra, sobre las políticas cambiarias y de tasas de interés requeridas para sostener la inflación. Ambas han generado controversias en diversos sectores.

Efectos. La baja inflación produce efectos económicos y sociales muy positivos. Entre los primeros, debe citarse la reducción de los costos de producción de todos los bienes y servicios elaborados en el país y, como consecuencia, el rescate de la competitividad de los productores que se enfrentan directamente en el exterior y a los productores externos en nuestro territorio. La baja inflación permite reducir las tasas (nominales) de interés, alivia los flujos de caja de los deudores costarricenses con efectos positivos en los niveles de gasto y bienestar de las familias y estimula la inversión del sector privado. También facilita efectuar cálculos económicos a largo plazo para medir la rentabilidad de la inversión y emprender más y mejores proyectos.

Para el sector público, la baja inflación es también un buen negocio, aunque no siempre lo ha comprendido así. Reduce significativamente el costo de su endeudamiento –recuérdese que solo el Gobierno Central destina cerca de una tercera parte de su presupuesto al servicio de intereses–, pero, además, estimula el crecimiento que, a su vez, genera más ingresos tributarios sin necesidad de aumentar tarifas.

La confianza que genera la baja inflación entre inversionistas nacionales y extranjeros es, quizás, el efecto económico y social más positivo, pues los induce a invertir y generar mayores niveles de crecimiento y empleo. También le confiere estabilidad al ingreso real de los costarricenses, particularmente al de los asalariados, porque la inflación carcome los salarios reales, especialmente el de los trabajadores independientes no beneficiados con las alzas salariales y que no siempre pueden, por razones de oferta y demanda, trasladarla a los bienes y servicios que ofrecen al mercado. Por eso, cobra relevancia la sostenibilidad de la inflación y las políticas económicas para lograrla.

Sostenibilidad. Se ha dicho que la baja inflación interanual experimentada hasta abril no es sostenible porque depende de factores externos que podrían revertirse, como la caída en el costo de las materias primas, los comestibles y los derivados del petróleo. Eso es parcialmente cierto. Además, la reducción en el precio de la electricidad en abril influyó en los resultados tan favorables ese mes, pero difícilmente se seguirá produciendo. Sin embargo, hay también otros factores que han incidido positivamente en la reducción de la inflación y que no necesariamente se revertirán a corto plazo.

Esos factores los hemos mencionado en el pasado (“Sostenibilidad de la inflación”, 13 de abril), pero no está de más reiterarlos. La estabilidad del tipo de cambio y la baja inflación internacional, juntas, han contribuido a mantener sin alteraciones el costo de los bienes transables y aliviado una buena parte de nuestro índice de precios al consumidor (IPC). Pero también han incidido las responsables políticas monetaria y crediticia del Banco Central. Y eso nos lleva a otra de las cuestiones de fondo: ¿Deben ajustarse esas políticas para satisfacer otros fines, como el crecimiento y el empleo, que son objetivos subsidiarios del Banco Central? Nos referimos a las políticas cambiaria y de tasas de interés, muy cuestionadas recientemente.

Política cambiaria. Sobre la política cambiaria, han surgido tres posiciones: que el Banco Central intervenga directamente para propiciar una devaluación y beneficiar al sector exportador; que intervenga indirectamente en el mercado por encima de lo previsto en el plan blindaje ($800 millones) para evitar que el tipo de cambio baje y satisfacer los mismos objetivos anteriores; y mantener la política cambiaria actual, con intervenciones ocasionales para evitar “fluctuaciones violentas”, pero sin afectar la tendencia del mercado.

De las tres, nos parece más apropiada la tercera, que es, precisamente, la vigente. La primera implicaría imponer un precio arbitrario a la divisa, ajeno a las condiciones de oferta y demanda; la segunda, impondría costos financieros al Banco Central que, a la postre, significarían más inflación e iría a contrapelo con la tendencia del mercado. Pero hay un elemento ajeno al Banco Central que sí influye en el tipo de cambio: el excesivo endeudamiento externo registrado en los últimos años, que tiende a apreciar el tipo de cambio en perjuicio del sector externo. La solución, obviamente, corresponde al Gobierno y sus instituciones, que deberían reducir el déficit fiscal para no afectar el tipo de cambio ni las tasas de interés. Y esto nos lleva al último asunto en consideración.

Tasas de interés. ¿Debe el Banco Central ajustar sus tasas de interés en la coyuntura actual de baja inflación? De nuevo, han circulado dos versiones. Una favorece la reducción en la tasa de política monetaria del Banco Central (TPM); la otra, no. En ambos casos hay argumentos a favor y en contra.

Reducir las tasas de interés cuando baja la inflación y elevarlas cuando sube tiene un sustento de larga data en la teoría económica. Parte de un principio fundamental: las tasas de interés (nominales) no son metas que se deban establecer y defender, sino variables de ajuste para controlar la inflación. La meta debe ser lograr la estabilidad, por todos los beneficios apuntados. En la coyuntura actual, la tasa interanual de inflación ha bajado a los niveles arriba apuntados y, por esa razón, el Central ha venido bajando la TPM en los últimos meses, de un 5,25% a un 4% actual.

La tasa básica pasiva para depósitos entre 5 y 7 meses también ha bajado, y se ubica ahora en un 7,05% anual. Pero, comparada con la inflación, sigue siendo elevada en términos nominales y reales. Y aunque el efecto directo e indirecto de la caída del petróleo, materias primas importadas y electricidad disminuya en el segundo semestre, hay un pequeño margen para reducirlas, aún más, sin poner en peligro la inflación. Mucho depende de la presión que ejerza el Gobierno en el mercado financiero interno y el impacto que se produzca en las tasas internacionales de interés cuando el Banco de la Reserva Federal (Fed) empiece a ajustar las suyas. También dependerá de la evolución de las expectativas de inflación, que todavía superan la inflación real.

Quizás la principal conclusión es que la inflación ha bajado y debe sostenerse, pero sin presionar el crecimiento de la producción con altas tasas de interés. Existe margen para reducir la tasa de política monetaria, pues las tasas reales parecen estar un poco elevadas.No obstante, si por las razones apuntadas la inflación volviera a subir, el Banco Central debe estar muy atento y ajustarla de conformidad, para mantener sus metas. Controlar la inflación es su razón de ser.