En el 2016, sobrepasamos la cuenta de 400 partes por millón de dióxido de carbono y este mes se alcanzó una nueva marca, 411,27

 25 mayo

La negación del conocimiento científico acumulado sobre el calentamiento global es un riesgo de dimensiones extraordinarias, pero los países que producen la ciencia también se cuentan entre los menos propensos a creer en ella. La paradoja es sorprendente y peligrosa. Estados Unidos, el país con mayor cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero por habitante es, al mismo tiempo, un prodigioso generador de conocimiento y un reducto de la ignorancia.

Estudios del Pew Research Center también demuestran un grado relativamente bajo de preocupación en Australia, Canadá y Rusia, en contraste con la opinión pública de países subdesarrollados cuya contribución a las emisiones es baja, como los de América Latina, Asia y África. La paradoja es difícil de explicar.

El bienestar de las naciones desarrolladas es, en buena medida, producto de las revoluciones productivas generadas por los combustibles fósiles. Por otra parte, los efectos del cambio climático y el calentamiento global se hacen sentir con más fuerza en países donde los sistemas de mitigación de los desastres naturales son menos eficaces. Sea cual sea la explicación, la negación de la ciencia es cada vez más difícil. Por lo general, consiste en minimizar el papel de los humanos en la intensificación del efecto invernadero y atribuirlo a causas naturales. Pero el nivel del dióxido de carbono en la atmósfera se mide desde 1958 y hay cálculos para estimar valores de hace siglos.

En 1750, la concentración era de 280 partes por millón, estiman los científicos. En 1958, cuando se hicieron las primeras mediciones en el observatorio de Mauna Loa, Hawái, había subido a 315. En el 2016, sobrepasamos la cuenta de 400 en forma permanente y este mes se alcanzó una nueva marca, 411,27 partes por millón.

Los gases de efecto invernadero acumulados en la atmósfera impiden la fuga de radiación y así elevan la temperatura del planeta. Si la concentración de dióxido de carbono llega a estar entre 430 y 480 partes por millón, la temperatura de la tierra podría subir dos grados centígrados, con consecuencias catastróficas.

Esas consecuencias del cambio climático también se hacen cada vez más difíciles de negar. La capa de hielo de la Antártica se fragmenta a paso acelerado y su destrucción haría subir el nivel del mar lo suficiente para devastar ciudades costeras, como Nueva York o Shanghái. A fines de este siglo, las aguas del mar podrían haber subido un par de metros, pero no es necesario esperar ochenta años para percibir los efectos del calentamiento global, ni la desintegración de las grandes masas de hielo constituye la única amenaza.

El cambio climático se hace sentir en todo el planeta con sequías, inundaciones y otros fenómenos cuyos efectos se magnifican en el tercer mundo, donde conspiran con la pobreza y la incapacidad de respuesta estatal. Quizá por eso el 77% de los latinoamericanos considera que ya hay perjudicados, en contraste con tan solo el 41% de los estadounidenses, no obstante los efectos medibles en las costas norteamericanas. En ciudades como Charleston, Carolina del Sur, las inundaciones son rutina y ocurren aun en días soleados.

Países como el nuestro, donde las playas comienzan a retroceder y hay otros efectos visibles, deben aprovechar la conciencia mayoritaria de sus poblaciones para potenciar el reclamo de mejores políticas, el fortalecimiento de los acuerdos alcanzados en París y el definitivo ordenamiento de la matriz energética local. Todavía hay tareas pendientes para constituirnos en un verdadero ejemplo mundial.