Opinión

EDITORIAL

La amenaza del clima

Actualizado el 01 de junio de 2013 a las 12:00 am

Países como el nuestro deben poner orden en casa para aumentar su autoridad moral en los foros mundiales donde se discuten las soluciones al cambio climático

Existe la necesidad de prever las consecuencias de un régimen irregular de lluvias, muy distinto al conocido hasta ahora

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Según los expertos en materia de cambio climático, Centroamérica está entre las regiones más amenazadas por el fenómeno, cuyas dañinas manifestaciones oscilan entre la súbita precipitación torrencial y la sequía prolongada. Si el agua es mucha y cae en un plazo reducido, la región se verá castigada por las inundaciones, la erosión acelerada y la escasa recarga de los depósitos naturales por la violencia de las escorrentías y la falta de tiempo para la filtración en el suelo.

Si la precipitación es poca, la sequía repercute mucho más allá de la agricultura y el abastecimiento para consumo humano. Costa Rica depende del recurso hídrico para generar electricidad y el abastecimiento de esa fuente energética repercute en la calidad de vida y la actividad económica. La escasez, aun cuando no obligue al racionamiento, traslada al consumidor el alto costo de la generación térmica, basada en combustibles fósiles. Afecta, además, el ambiente con la emisión de los mismos gases causantes del cambio climático.

Hay, entonces, dos motivos para planificar a partir de los pronósticos de la comunidad científica. Primero, existe la necesidad de prever las consecuencias de un régimen irregular de lluvias, muy distinto al conocido hasta ahora. Eso implica poner un ojo en la prevención de desastres y otro en la seguridad del abastecimiento de energía y agua. Segundo, es preciso dejar de contribuir con la contaminación causante del desajuste.

La contribución costarricense a la moderación de las emisiones de gases de efecto invernadero siempre será modesta en comparación con el daño causado por las grandes economías contaminantes, pero ningún aporte está de más, y países como el nuestro deben poner orden en casa para aumentar su autoridad moral en los foros mundiales donde se discuten las soluciones.

Entre los países y regiones más afectadas por el cambio climático, figuran muchos de los menos culpables de su aparición. La terrible ironía encuentra ejemplos dramáticos en pequeños territorios insulares, amenazados con la desaparición sin haber hecho mayor aporte a la contaminación global. Es una situación injusta, pero no hay otra realidad.

Por eso, el único avance de la decepcionante conferencia de Durban sobre el calentamiento global, es la posibilidad de conseguir, en el 2020, regulaciones internacionales más uniformes, que exijan a los países pobres una cuota de responsabilidad suficiente para comprometer al mundo desarrollado, especialmente a los Estados Unidos.

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El mundo subdesarrollado es responsable del 58% de las emisiones totales e incluye a países como China e India, ubicados en el primer y quinto puestos, respectivamente, en la lista de países más contaminantes, aunque su contribución per cápita es muy inferior a la de economías como las de Estados Unidos y la Unión Europea.

Sin embargo, la constatación de las responsabilidades y desigualdades no puede ser el factor determinante de las medidas necesarias para preservar el planeta. No es posible salvar uno u otro hemisferio o a una u otra región. Es todo o nada. La solución es necesariamente conjunta y en ella Costa Rica puede desempeñar un papel ejemplar, de fuerte valor persuasivo.

El país ha conseguido logros importantes para construir una plataforma conservacionista desde donde dirigirse al mundo; no obstante, está lejos de materializar la promesa de ser carbono-neutral en el corto plazo. Empero, tiene en las manos la posibilidad de conseguir un rápido avance mediante la definición de políticas energéticas aptas para desarrollar sus abundantes recursos limpios, incluida la geotermia. Es hora de poner manos a la obra.

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