Las expectativas de un inminente desenlace feliz a las negociaciones nucleares con Teherán cedieron, el jueves, ante una nueva andanada de recriminaciones mutuas

 12 julio, 2015

Esta semana, las discusiones sobre el programa nuclear iraní realizadas en Viena debían concluir de manera auspiciosa. Sin embargo, el esquivo acuerdo ha suscitado sospechas e interrogantes y no termina de cuajar. Durante los pasados dos años, Irán y las seis potencias (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Rusia, China y Alemania) han celebrado negociaciones dirigidas a circunscribir las actividades nucleares de la República Islámica a estrictos fines pacíficos.

Esta meta se ha reconfigurado conforme Irán ha venido desafiando a las seis potencias con toda suerte de obstáculos a la inspección pormenorizada de sus instalaciones nucleares ya en operación, así como las que están en construcción, y las no divulgadas hasta ahora. La fiscalización sería ejecutada por la Agencia Internacional de Energía Atómica de la Organización de las Naciones Unidas (AIEA). Además, la AIEA debería vigilar el desarrollo ya alcanzado por Teherán para la producción de misiles intercontinentales y su lucrativa industria de armamentos convencionales.

Otros obstáculos surgidos antes del comienzo de las conversaciones son las diatribas del supremo líder iraní, el ayatolá Jamenei, adversas a limitar los armamentos nucleares del país. Sus más recientes proclamas, sin embargo, finalmente han despejado, con algunas reservas, el camino a los acuerdos sobre el desarrollo nuclear iraní en Viena. En todo caso, el máximo jefe se ha mantenido discreto en torno a esos acuerdos. Sin duda, una conclusión positiva de las negociaciones, de darse, conllevaría el levantamiento de las sanciones económicas que pesan sobre Irán y aliviaría las privaciones del pueblo.

Durante esta última semana, los voceros de las seis potencias y los de Irán mantuvieron altas las expectativas de un inminente desenlace feliz. No obstante, el jueves las recriminaciones mutuas sobre desacato a las condiciones del convenio dieron paso a un clima de conflicto e incertidumbre. Concretamente, los delegados persas acusaron a las seis potencias de retractarse de la promesa de levantar el embargo económico y los impedimentos para el comercio de armas convencionales.

Coincidió con esta atmósfera de descontento la visita de un alto oficial de Teherán al presidente ruso, Vladimir Putin. Irán ha protestado por el impedimento al comercio de armas convencionales, renglón que Moscú y la teocracia consideran sumamente rentable y que favorecería sus respectivas arcas, así como la ayuda a sus clientes radicales.

La fluidez de la aprobación de los eventuales acuerdos en el Congreso estadounidense se vería entorpecida por nuevos atrasos en Viena. En ese sentido, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, advirtió que las negociaciones sin fecha cierta de conclusión no serían aceptables para Washington y dijo que Irán no parece dispuesto a tomar decisiones cruciales.

Independientemente del resultado efectivo de las conversaciones –todavía un enigma a estas alturas– la negociación de altos vuelos en Viena podría ayudar a renovar en algo la imagen externa del régimen de Teherán y quizás alivie el rigor del gulag diplomático en que ha estado confinado desde las épocas de Jomeini.

De toda forma, se encuentra en juego el supuesto efectivo de un Estado teocrático, despótico y terrorista, vinculado con los fatídicos yihadistas en todo el mundo. La actual situación mundial hace resurgir las dudas de muchísimos sectores, no solo en Estados Unidos, que miran con inmensa desconfianza a Irán. ¿Podría desconectarse Irán de su configuración totalitaria y antisemita para respetar los términos y condiciones de un convenio de esta envergadura? ¿Se habrá formulado el presidente Obama esta duda fundamental? Acatar los términos de un tratado es una obligación de las partes.

Pero una vez en marcha la operación del convenio, nada impediría a Irán retornar a sus viejos hábitos, sobre todo porque Jamenei y sus clérigos se creen omnisapientes y piensan que Washington no querría confesar, en su caso, las debilidades de este desarme. Ojalá nunca se repita la historia de un líder que agite ante el público la copia de un convenio destinado a ser violado, mientras afirma que con el acuerdo logró la paz de nuestros tiempos.