Opinión

EDITORIAL

Vergüenza en el Congreso

Actualizado el 17 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

No es posible pasar por alto las manifestaciones del diputado Manrique Oviedo, impregnadas de los principales prejuicios del antisemitismo

El discurso es una vergüenza para la Asamblea Legislativa y el Partido Acción Ciudadana, ahora llamado a ofrecer explicaciones

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Decir “nunca jamás” es evocar el Holocausto y el compromiso de no permitir su repetición. Es un lema esencial y contundente, cuya traslación a la realidad exige vigilancia constante. No se trata de impedir la reedición de los horrores de Auschwitz, sino de combatir los prejuicios que los hicieron posibles.

Los judíos fueron por siglos el chivo expiatorio de los males de Europa. Se les atribuyeron a mansalva un conjunto de características odiosas, entre ellas la avaricia, la insensibilidad y costumbres extrañas, capaces de desnaturalizar los valores de las naciones donde encontraron abrigo. Se les reconocía inteligencia –so pena de no encontrar explicación para sus éxitos–, pero más en forma de astucia y habilidad para el engaño.

La existencia de un importante número de judíos exitosos alimentaba la absurda creencia en designios de dominación mundial, aun cuando muchos otros habitaban guetos de pobreza, lo mismo en Praga que en Nueva York. Adolfo Hitler y sus nacionalsocialistas se valieron de esos estereotipos para concitar el odio y adjudicar las culpas de los fracasos de Alemania. Auschwitz vino después.

El compromiso de “nunca jamás”, asumido por la humanidad entera, solo puede ser cierto si al antisemitismo se le impide echar raíces. Por eso, ninguna de sus manifestaciones debe ser pasada por alto, no importa cuán lejos esté, en la práctica, de causar efectos.

Por eso es preciso señalar con preocupación las manifestaciones del diputado Manrique Oviedo, del Partido Acción Ciudadana, recogidas en el acta de la sesión legislativa del pasado 13 de setiembre. Contienen, uno por uno, los principales prejuicios en la base del antisemitismo.

Protestaba el diputado por los cambios practicados en el reglamento aplicable a los fondos de inversión, antes necesitados de 50 participantes para acceder a beneficios fiscales y ahora habilitados para hacerlo con solo dos.

La discusión era legítima, pero, de pronto, el legislador recordó la confesión religiosa del vicepresidente Luis Liberman y tomó un rumbo sombrío:

“Ya dos personas pueden crear un fondo de inversión y pueden obtener todos los beneficios en cuanto al exceso del pago de impuestos. Claro, claro y resulta –y aquí con el perdón del diputado Fishman, porque una vez hice una referencia a la comunidad que él pertenece, comunidad que respeto y admiro y le dije, en su oportunidad, me he leído tres libros, que hablan de la cultura judía, porque me merece mi respeto, por la inteligencia que ellos tienen–, resulta que gran cantidad de los fondos de inversión inmobiliario están en manos de judíos y hoy un vicepresidente pertenece a esa misma minoría”.

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Acto seguido, atribuye a “los amigos del vicepresidente Liberman” estar “en los clubes selectos, en los cruceros por todo el mundo, que tienen todo su derecho, eso no lo critico, pero lo que sí critico es que vengan a valerse del manejo, del interés, de la influencia política para sangrar al pueblo de Costa Rica”.

Por último, advierte: “No, señor Liberman, usted dijo una vez, cuando estaba de candidato, que este país le había dado mucho, y que quería retribuirle algo. No, señor, usted no le está retribuyendo nada a Costa Rica, usted está sangrando a Costa Rica. Usted está destruyendo nuestra identidad, nuestra propia identidad”.

En síntesis, el vicepresidente Liberman y un puñado de judíos dedicados a los fondos de inversión se valen de la influencia política para “sangrar al pueblo” y destruir su identidad. El discurso no puede ser más reminiscente de otros que la humanidad querría olvidar, aunque no debe.

Desde luego, se les reconoce a los judíos su “inteligencia” y, antes de emprender la seguidilla, se le piden disculpas al colega judío Luis Fishman. Ni el “reconocimiento” ni la “venia” solicitada al legislador del PUSC excusan la desabrida diatriba pronunciada inmediatamente después. Tampoco pueden ocultar su parentesco con los espurios prejuicios de tantos siglos y tantos sufrimientos.

El discurso es una vergüenza para la Asamblea Legislativa y el Partido Acción Ciudadana, ahora llamado a ofrecer explicaciones. Causa temor imaginar el título de alguno de los “tres libros” leídos por el diputado Oviedo, pero no hay riesgo en señalar que el peor peligro para la identidad del pueblo costarricense es denostar su noble inclinación a votar sin fijarse en la raza, religión o género del postulante.

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