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Vencedor del odio

Actualizado el 07 de diciembre de 2013 a las 12:05 am

Nelson Mandela venció al ‘apartheid’, la repulsiva política de discriminación racial impuesta a los sudafricanos, pero se impuso también al odio

‘Nos enseñó cómo vivir juntos y a creer en nosotros mismos y en cada uno. Fue un unificador desde que salió de la cárcel’, dijo el arzobispo Desmond Tutu

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La muerte de Nelson Mandela enluta al mundo, agradecido por sus luchas y ejemplos. Venció al apartheid , la repulsiva política de discriminación racial impuesta a los sudafricanos, pero se impuso también al odio y ese es un logro de la misma talla, o quizá mayor.

En 1994, cuando Mandela logró la presidencia y propinó al apartheid el definitivo golpe de muerte, los negros de Sudáfrica no conocían más que la opresión nacida del colonialismo. El apartheid impedía los matrimonios interraciales, destinaba escuelas, hospitales y otras instalaciones al uso exclusivo de una u otra raza, prohibía a los negros comprar propiedades en zonas urbanas y los excluía de las áreas destinadas al uso residencial de la población blanca.

La odiosa segregación racial cumplía, sobre todo, el propósito de condenar a la vasta mayoría de la población a la miseria, entorpeciendo su acceso a cualquier medio de progreso social. La libertad recién ganada pudo ser tierra fértil para sentimientos de retribución o venganza. Solo Nelson Mandela, con la fuerza moral de sus 27 años de cárcel y el ejemplo del perdón otorgado a sus carceleros, pudo evitar la caída del país en la violencia.

“Nos enseñó cómo vivir juntos y a creer en nosotros mismos y en cada uno. Fue un unificador desde que salió de la cárcel”, dijo el arzobispo Desmond Tutu, receptor, como Mandela, del Premio Nobel de la Paz por su participación en la construcción de la nueva Sudáfrica, un país moderno, integrado al concierto de las naciones y comprometido con la institucionalidad democrática.

No es un país exento de problemas. La desigualdad económica se ensaña con las otrora víctimas del apartheid , y la integración social es todavía una obra en proceso. El ingreso de una familia blanca promedio es seis veces mayor que el de una familia negra. La reconciliación, por otra parte, tuvo su costo. Autores de abusos cometidos para defender el viejo régimen recibieron amnistías y la investigación de los crímenes quedó inconclusa, para frustración de las víctimas.

Mandela mantuvo el curso contra viento y marea, pese a las críticas salidas de todos los sectores, incluidos los negros y su propio partido, el Congreso Nacional Africano. Juzgó que la reconciliación bien valía los sacrificios y se arriesgó a ser incomprendido. Hoy, su figura recibe justo reconocimiento, aun en amplios sectores de la décima parte de la población integrada por descendientes del colonialismo europeo.

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La guerra civil era una amenaza real y constante. Al régimen segregacionista, aunque aislado y debilitado, no le faltaban recursos para la respuesta. Violentos incidentes causaban derramamientos de sangre y podían constituirse en piedra de toque de un conflicto generalizado. Sudáfrica necesitaba a Mandela; era indispensable.

Ganó las elecciones de 1994, tres años después de derogadas las leyes de segregación racial, pero no ejerció el poder más allá del periodo constitucional de cinco años necesario para fundar la “nación arcoíris” que hiciera posible la convivencia de negros, blancos y la importante minoría inmigrada de la India.

En Sudáfrica hay once lenguas oficiales, nueve de ellas autóctonas. Esa riqueza cultural apunta, también, a la diversidad étnica de la población negra. El reto de la integración trascendía en mucho la división racial entre negros y blancos. Una vez derrotado el colonialismo, las distancias y recelos entre miembros de etnias africanas tuvieron consecuencias trágicas en otros países del continente, pero no en Sudáfrica.

Esa es la obra de Mandela, enorme hasta lograr la victoria y todavía mayor después de conquistarla. Ese es también su ejemplo y la razón del profundo dolor sentido en todo el mundo tras su muerte, el jueves, a los 95 años.

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