Opinión

EDITORIAL

Unión comunal ante la adversidad

Actualizado el 10 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

Luego del terremoto de Cinchona, la comunidad de San Rafael de Varablanca se lanzó a un interesante y exitoso experimento educativo

El colegio ADE es una lección de vida, de desarrollo comunitario y de innovación en la educación

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El terremoto de Cinchona, hace cuatro años y ocho meses, sacó a relucir algunos de los mayores males del Estado costarricense, como la tramitología y la desidia burocrática, pero también enormes reservas de compromiso y talento en las poblaciones afectadas para vencer la adversidad y salir adelante.

Uno de los más interesantes casos es el experimento del colegio bilingüe de la Asociación de Desarrollo a través de la Educación (ADE), en San Rafael de Varablanca, el cual combina una fuerte identidad comunitaria con el aprendizaje del inglés y el uso de las nuevas tecnologías. La informática permite a los alumnos de un centro educativo rural o fuera de la Gran Área Metropolitana (GAM), como este, recibir una enseñanza de calidad y responder a las exigencias más competitivas del mercado laboral.

La iniciativa de ADE surgió de la convicción de un estudiante de desarrollo comunitario, Tomás Enrique Dozier, oriundo de la zona y geólogo de profesión, de que los grupos organizados son importantes protagonistas del cambio social, sin esperarlo todo del Gobierno central o quedarse con los brazos cruzados mientras llega la ayuda. La solución de los problemas locales debería comenzar por el primer nivel de participación, que está formado por los ciudadanos.

Desde el 2010, cuando Cinchona no había emergido aún de sus ruinas, Dozier promovió un proceso consultivo con ayuda de otros especialistas y voluntarios de Estados Unidos y Costa Rica para conocer las necesidades de Varablanca. El pueblo decidió que deseaba una institución de enseñanza media cerca de sus casas, que impidiera la deserción escolar, se especializara en el inglés y les brindara un objetivo alrededor del cual aglutinarse.

Así nació el concepto de colegio comunitario, que surge de una demanda colectiva, no de una imposición administrativa, y de las aspiraciones de la población por reintegrarse a la industria turística, a pesar del terremoto.

ADE solo atiende a un grupo de 34 estudiantes y, por lo tanto, se diferencia de las instituciones masivas en la recuperación de una serie de valores educativos positivos: cohesión, entrega y sentido de pertenencia. El colegio, a diferencia de lo que sucede con algunos liceos urbanos, es un componente fundamental en la vida social de Varablanca y no un requisito para graduarse. Los profesores y los estudiantes están compenetrados en la experiencia educativa y la enseñanza que se brinda se basa en la colaboración personal, no en la competencia, precisamente porque unos y otros se sienten parte del mismo compromiso.

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Desde hace una década, el Ministerio de Educación Pública (MEP) ha impulsado una exitosa flexibilización de las modalidades de enseñanza para reducir la deserción escolar y recuperar a los repitientes o a quienes abandonaron las aulas.

El colegio ADE incorpora algunos de estos programas, como Aula Abierta o Maestro en Casa, que se alejan de una visión estandarizada y rígida del aprendizaje para ofrecerles alternativas a los estudiantes que desean obtener el diploma de tercer ciclo o el bachillerato y mejorar sus condiciones de vida.

Sin olvidar la cultura global, como el inglés y la tecnología, que son parte de la realidad actual de Varablanca, que depende de la economía del turismo, lo esencial en la experiencia de ADE es su vinculación comunitaria. Para graduarse, los jóvenes deben hacer 35 horas de trabajo comunal y sumarse a la solución de los problemas de su entorno inmediato.

El colegio ADE es una lección de vida, de desarrollo comunitario y de innovación educativa. A pesar de sus condiciones especiales, debe servir de modelo a la profunda transformación del sistema de enseñanza del país.

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