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EDITORIAL

Turquía hacia la autocracia

Actualizado el 26 de abril de 2017 a las 10:50 pm

Lareforma constitucional aprobada recientemente dará enormes poderesal presidenteLareforma constitucional aprobada recientemente dará enormes poderesal presidente

La democracia turca ha perdido, con implicaciones que trascienden su geografía

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Turquía hacia la autocracia

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La reforma constitucional aprobada recientemente dará enormes poderes al presidente.

El referendo constitucional celebrado en Turquía el pasado domingo 16, que dejará atrás el sistema parlamentario y dará paso a un régimen presidencialista con enorme concentración del poder, es una pésima noticia para la democracia del país. Pero las implicaciones van mucho más allá: por su estratégica ubicación, extensión, población e influencia, este retroceso político repercutirá en el Oriente Próximo y en partes de Asia Central, deteriorará las de por sí tensas relaciones turcas con la Unión Europea y abrirá un complejo período para la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), de la que es parte.

El cambio, entre otras cosas, abre el camino para que el autoritario presidente, Recep Tayyip Erdogan, pueda gobernar con mínima supervisión del Parlamento, nombrar unilateralmente jueces y otros funcionarios encargados de escrutar sus decisiones y ordenar investigaciones sobre cualquiera de los 3,5 millones de servidores públicos. Es decir, los pesos y contrapesos típicos de cualquier sistema democrático, sea presidencialista o parlamentario, serán reducidos a su mínima expresión; además, una vez que se realicen las primeras elecciones bajo el nuevo sistema, quien obtenga la presidencia (sin duda él mismo) podrá ejercer por dos períodos consecutivos de cinco años, con posibilidades de ampliarse a un tercero si el Parlamento convoca a elecciones anticipadas durante el segundo.

Estamos ante la profundización y legitimación electoral de la autocracia que Erdogan ha venido construyendo desde hace algunos años, y que se aceleró luego del fallido golpe de Estado, el 16 de julio del 2016.

Que su propuesta haya triunfado no debe sorprender; la sorpresa, más bien, es la estrechez de su victoria: apenas el 51,4% de los votos, a pesar de las enormes ventajas del campo oficialista durante el proceso y de las irregularidades que imperaron el día de la votación, denunciadas, entre otras fuentes, por una misión observadora de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE).

La campaña se realizó bajo el estado de emergencia impuesto tras el golpe, que suspendió múltiples garantías constitucionales y dio paso a una cacería de brujas inédita en Turquía desde el fin de la dictadura militar. Como parte de ella, 168 generales fueron arrestados o destituidos, lo mismo que 4.000 jueces y fiscales y 6.300 académicos y muchos otros funcionarios. Alrededor de 160 medios de comunicación fueron cerrados y cerca de 4.000 usuarios de redes sociales, arrestados; como resultado, una virtual autocensura se impuso en la prensa. En la mayoría de los casos, esta represión se emprendió solo por sospechas o, simplemente, como castigo por expresar puntos de vista distintos a los del régimen. Sin duda, parte del propósito fue exacerbar un ambiente de temores que redujera la movilización política de los opositores a la reforma; además, todo el aparato público fue puesto al servicio de la campaña a favor del "sí", y el organismo electoral autorizó, el día de la votación, la distribución de papeletas sin sellos de seguridad.

Esta y otras irregularidades denunciadas por la misión de la OSCE fueron particularmente pronunciadas en zonas con mayoría de población kurda.

A pesar de tantas interrogantes sobre la equidad y limpieza del proceso, y de que el principal partido opositor haya declarado ilegítimo el resultado, ya no hay marcha atrás. Incluso, con imprudente rapidez, el presidente Donald Trump se apresuró a felicitar a Erdogan por su triunfo, lo mismo que su colega ruso, Vladimir Putin.

Las perspectivas para el futuro son en extremo negativas. Con los ímpetus autocráticos ya manifiestos por el presidente, es muy probable que sus nuevos y legitimados poderes no sean el fin de un proceso. Lo más probable es que Erdogan los utilice para impulsar otras iniciativas que restrinjan las libertades públicas, limiten aún más la independencia de los poderes, reduzcan la transparencia, aticen la corrupción y fomenten el clientelismo. En cualquier país del mundo esto sería sumamente inquietante, pero en la estratégica Turquía resulta alarmante.

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