Opinión

EDITORIAL

Trasfondo de un debate

Actualizado el 28 de octubre de 2012 a las 12:00 am

El tema latinoamericano, en especial en lo relacionado con las relaciones comerciales, fue trasladado al congelador de la campaña estadounidense

El tema apenas se insinuó en el tercer debate presidencial como una de las ideas del candidato republicano para revivir la economía

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Los debates entre los candidatos a la Presidencia de los Estados Unidos constituyen una tradición de viejas raíces en la historia política de ese país. Su más reciente ejercicio es la serie de tres encuentros entre Mitt Romney y Barack Obama, concluida la semana pasada. Terminada la discusión, preocupa la poca importancia atribuida por el público al comercio exterior, no obstante el terror generado por la crisis económica. Esa valoración se reflejó en los debates.

En su momento, Bill Clinton amplió el alcance del comercio con América Latina, negociándolo con los sindicatos. Con grandes esfuerzos de los Gobiernos centroamericanos y caribeños, se aprobó en 1999 una mejora histórica al CBI (Iniciativa para la Cuenca del Caribe), convenio impulsado por Ronald Reagan. La aprobación del NAFTA (Tratado de Libre Comercio de Norteamérica) de 1993 fue lograda por Clinton en su primer año de gobierno, contra el criterio de las centrales sindicales de Estados Unidos.

La elección de George W. Bush, en el 2000, abrió grandes esperanzas de un mejor ambiente en la Casa Blanca para las iniciativas de libre comercio en las Américas. Ese afán se plasmó en el Tratado de Libre Comercio con Centroamérica y la República Dominicana, aprobado con grandes dificultades por el Capitolio en la segunda administración del mandatario. Bush impulsó convenios similares con Chile, Singapur y Panamá, aunque este último convenio debió aguardar años hasta la administración Obama.

Sin embargo, los TLC de Bush provocaron la reacción de fuerzas políticas adversas al libre comercio, y muchos congresistas favorables a la apertura comercial sufrieron una embestida que, en algunos casos, les costó el cargo.

Con este trasfondo, el tema latinoamericano, en especial en lo relacionado con las relaciones comerciales, fue trasladado al congelador político de la administración Obama. El mandatario no ha tenido reparos en elogiar el libre comercio cuando sus iniciativas económicas así lo exigieron, pero pocas han sido las iniciativas concretas.

El frío silencio en torno a estos asuntos de fondo ha prevalecido en la actual campaña presidencial. La reacción sindical adversa inmoviliza a Obama y lo sume en su tradicional silencio para evitar crear un frente que amenace su reelección. Si bien en el campo de Romney hay conocidas figuras proclives a fomentar el comercio con nuestros países, la posibilidad de crear conflictos indeseados también relega a nuestra región a la lista de asuntos delicados.

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No debe extrañarnos, entonces, el silencio y el desinterés prevalecientes en ambos partidos, especialmente el de gobierno. En la actual coyuntura económica mundial, la apertura comercial es uno de los poquísimos instrumentos capaces de reactivar la economía. Por eso, y por consejo de los economistas del campo de Romney, el tema apenas se insinuó en el tercer debate presidencial como una de las ideas del candidato republicano para revivir la economía.

Esta opción de la realpolitik no fue desaprovechada, y nos complace, pero tampoco es un remedio de fondo para la atmósfera viciada contra la expansión del comercio, especialmente en el ámbito sindical. No deja de preocupar porque despejar el clima de las relaciones interamericanas demanda un esfuerzo épico, pero inaplazable, de Washington y Latinoamérica. Ese sería un paso efectivo en beneficio del maltrecho ambiente hemisférico.

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