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EDITORIAL

Trampas en Riteve

Actualizado el 27 de febrero de 2014 a las 12:05 am

Los inspectores de vehículos están tan acostumbrados a las trampas diseñadas para confundirlos que ya las toman con cierto grado de humor

El control posterior a Riteve, es decir, la vigilancia de las autoridades de Tránsito en las calles, no tiene sustituto, pero su ausencia tampoco puede ser más evidente

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Pese a las críticas, Riteve vino a poner orden en la revisión técnica de vehículos. En el pasado, un sinfín de talleres autorizados ofrecían la posibilidad de cumplir el requisito, pero las denuncias de corrupción eran igualmente abundantes. Aunque la inspección es fundamental por razones de seguridad y preservación del ambiente, la solución más barata e irregular era irresistible para muchos conductores.

Hace más de una década, un polémico contrato centralizó el trámite en las instalaciones abiertas en todo el país por la empresa española y las denuncias de irregularidades cesaron. Eso no quiere decir que desaparecieran los conductores dispuestos a saltarse los requisitos de ley.

Si no es con el soborno, es con el ingenio. Los mecánicos de Riteve están acostumbrados a ver frenos de mano falsos, cuyo único propósito es confundir al inspector. Mientras manipulan el supuesto freno, los conductores presionan discretamente el pedal para encender las luces de frenado. Otros pintan los canales de la banda de rodamiento de las llantas para disimular su desgaste o desconectan el inyector para reducir la emisión de gases.

Los inspectores, informó La Nación el domingo, están tan acostumbrados a las trampas que ya las toman con cierto grado de humor. En la mayoría de los casos, las detectan con facilidad. El problema es que hay algunas imposibles de identificar. Es muy común el préstamo o alquiler de piezas como llantas y silenciadores. Concluida la revisión, la pieza vuelve a su dueño y el vehículo, ya aprobado por Riteve, circula tranquilamente con llantas en mal estado, exceso de ruido y espesas emisiones de gases contaminantes.

La culpa, claro está, no es de Riteve, sino de la falta de vigilancia de calles y carreteras. Más fácil que detectar un freno de mano falso es darse cuenta del intolerable ruido de un vehículo aprobado con el subterfugio de un silenciador prestado. El ruido perceptible en cualquier esquina del país agrede los oídos y también la conciencia del ciudadano respetuoso de la ley.

El engaño en la inspección técnica vehicular y la violación de las normas de tránsito establecidas para limitar la contaminación sónica y del aire se pasean impunemente por las vías públicas sin temor alguno a una multa u otro tipo de sanción. Una parte de lo avanzado con el establecimiento de Riteve se pierde por falta de un mínimo de vigilancia policial.

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El control posterior a Riteve, es decir, la vigilancia de las autoridades de Tránsito en las calles, no tiene sustituto, pero su ausencia tampoco puede ser más evidente. La Policía de Tránsito alega escasez de personal y, en algunos casos, de equipos para hacer revisiones con la certeza requerida a la hora de imponer una sanción.

Las autoridades calculan un déficit de, al menos, 1.200 oficiales de Tránsito y la planilla de la Dirección General apenas ha crecido en los últimos ocho años. También es cierto, sin embargo, que la cantidad de oficiales asignados a labores administrativas es grande y los sistemas de trabajo están urgidos de revisión.

La Unión Nacional de Técnicos Profesionales del Tránsito (Unateprot) insiste, desde hace dos años, en el exceso de jefaturas y en la mala distribución de los recursos humanos disponibles. El ejemplo más dramático lo dio Joselito Ureña, secretario general del gremio, cuando reveló que, en el aeropuerto Juan Santamaría, diez oficiales, tres de ellos con rango de jefatura, vigilaban 800 metros de vías.

Las faltas cometidas por los clientes fraudulentos de Riteve son tan obvias que es difícil imaginar las razones de tanta impunidad. Identificar las motocicletas que martirizan los oídos en San José y otras regiones del país, a contrapelo de las normas sobre contaminación sónica, no es una tarea difícil.

Quizá sea imposible multar a todos los infractores con el número de oficiales a mano, pero seguramente se puede sancionar a suficientes para erradicar la sensación de impunidad y despertar en otros el respeto a la ley.

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