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EDITORIAL

Teorías de la conspiración

Actualizado el 29 de enero de 2014 a las 12:00 am

Ahora resulta que la fe depositada en nuestras encuestas por sus detractores es tanta que están ciegos al resultado de cualquier otro estudio

El mundo de la teoría de la conspiración es perfecto, se encierra en su propia lógica y acomoda los postulados como mejor le convenga

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De pronto, entre los sectores proclives a desmerecer la credibilidad de las encuestas publicadas por La Nación surge una fe ciega en sus resultados. Este diario, por razones explicadas con claridad en el editorial de ayer, decidió cancelar el último sondeo preelectoral. Ahora no falta quien diga que la medida no obedece a los motivos expuestos con toda transparencia, sino al deseo de mantener oculto determinado resultado.

En todos los casos, la información no publicada habría favorecido a la tendencia política de quien formula la crítica, no importa su orientación ideológica. Pero ¿no era que manipulamos las encuestas? Si así fuera, no habría motivo para cancelar el estudio. Habría, más bien, motivo para publicarlo con los datos que mejor se nos acomodaran.

Es imposible sostener las dos cosas al mismo tiempo. Si no mintieran cuando nos acusan de manipular los datos, no tendría sentido acusarnos de no publicar una encuesta porque los datos no nos complacen. Así de estúpidas son las teorías de la conspiración.

Ahora resulta, además, que la fe depositada en nuestras encuestas por sus detractores es tanta que están ciegos al resultado de cualquier otro estudio. Hay encuestas cuyos números no favorecen a quienes nos critican. Al parecer, esperarían resultados más halagüeños de nuestra parte. Pero ¿no somos nosotros quienes manipulamos los datos en su contra? Así de hipócritas pueden ser algunos políticos.

Si los resultados de esos estudios no les complacen y esperan mejor fortuna con los nuestros, aceptarán, cuando menos, que unos u otros están equivocados. Distintos resultados no pueden ser, al mismo tiempo, ciertos. Confían tanto en los nuestros que, si decidimos cancelar la encuesta, temen perderse una medición más justa, pero eso no les impide ponerla en duda, una vez publicada.

Imagine el lector cualquier resultado de una encuesta publicada por La Nación a tres días de las elecciones, en medio del ambiente inusualmente crispado del actual proceso. No es difícil hacerlo. Ponga adelante al candidato de su preferencia o, más bien, al aspirante por el cual jamás votaría. Ahora, intente imaginar, con cualquiera de esos resultados, una pacífica aceptación de los datos, sin teorías de la conspiración u otras falsedades. Eso es imposible. A la misma conclusión llegó este diario.

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El lunes conoceremos los resultados de la elección. Como solo hay un determinado número de votantes, a algunos partidos les irá mejor y a otros peor. Como no todos verán colmadas sus esperanzas, muchos o quizá todos los teóricos de la conspiración se verán desmentidos. No podrán decir que una encuesta de La Nación influyó en los resultados y tampoco podrán justificar por qué esperaban de ese sondeo un dato distinto del obtenido en las urnas. ¿Habrían querido un resultado erróneo o, quizá, manipulado? No se disculparán por las injurias lanzadas sin fundamento en estos días, pero el país podrá compararlas con el definitivo e inapelable conteo de votos. Así de cínicos pueden ser algunos políticos.

La Nación maneja su programa de encuestas con la más absoluta integridad. Si en las especiales circunstancias de esta elección decidimos abstenernos de publicar la última encuesta es porque “poco aportaríamos al proceso cívico y mucho a la especulación malintencionada”, como dijimos en el editorial de ayer.

Nuestras encuestas vienen dando cuenta de un alto porcentaje de votantes indecisos y los estudios de procesos electorales recientes demuestran la tendencia de ese sector del electorado a definirse en los últimos días y hasta en el momento mismo de la votación. La veda a la publicación de encuestas en los últimos días del proceso electoral nos obligaría a publicar hoy miércoles, tres días antes de la votación. Para hacerlo, el trabajo de campo debía cerrar el viernes, con tiempo suficiente para procesar los datos y redactar la información. Publicaríamos, entonces, datos con más de una semana de añejamiento en relación con la fecha de las elecciones y con muchos votantes indecisos. Tres días más tarde, los teóricos de la conspiración nos reclamarían la inevitable diferencia entre los resultados del sondeo y el dato definitivo de las urnas, sobre todo si los indecisos se inclinan mayoritariamente en una dirección. Nos adjudicarían, además, la intención de influir en los resultados. Las encuestas pueden medir tendencias, pero no adivinar la futura preferencia de los indecisos.

Por eso decidimos, en las particulares circunstancias de esta elección, abstenernos de publicar un último sondeo, apenas tres días antes de la apertura de las urnas. Como lo informamos ayer, nunca conocimos el resultado, precisamente para evitar suspicacias. Los teóricos de la conspiración no pueden aceptar ese hecho. Hacerlo los obligaría a reconocer nuestra integridad. Prefieren, entonces, olvidar sus anteriores cargos de manipulación para decir, ahora sí, que nuestras encuestas son buenas, que las manejamos con integridad y que preferimos no publicarlas antes de tocar un solo dato. ¿En qué quedamos?

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El mundo de la teoría de la conspiración es perfecto, se encierra en su propia lógica y acomoda los postulados como mejor le convenga. Como nadie le pide cuentas, hoy sostiene una cosa y mañana otra, totalmente contradictoria. Frente a esa maledicencia, solo nos queda afirmar, con orgullo, nuestro compromiso con la verdad.

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