Opinión

EDITORIAL

Soberanía política y energética

Actualizado el 25 de enero de 2013 a las 12:00 am

Costa Rica no pretende el ingreso a Petrocaribe, acuerdo de cooperación energética y financiamiento petrolero impulsado por el Gobierno de Venezuela

La determinación de mantener al país fuera del acuerdo petrolero venezolano es acertada y más aún la clara admisión de los motivos

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Pese al declarado propósito de acercarse a los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) Costa Rica no pretende el ingreso a Petrocaribe, acuerdo de cooperación energética y financiamiento petrolero impulsado por el Gobierno de Venezuela. El canciller Enrique Castillo defiende la decisión como necesaria para no reducir el margen de acción de nuestra política exterior. Hay en el acuerdo condicionamientos políticos inaceptables para Costa Rica, dice el ministro.

La determinación de mantener al país fuera del acuerdo petrolero es acertada y más aún la clara admisión de las razones. Durante la administración pasada, Costa Rica intentó ingresar a Petrocaribe. La iniciativa enfrentó críticas fundadas en exactamente los mismo motivos ahora esgrimidos por el canciller Castillo, pero las gestiones siguieron adelante.

Petrocaribe solo puede entenderse como un esfuerzo del presidente Hugo Chávez para ampliar la influencia de la revolución bolivariana. Venezuela es una nación dependiente del petróleo, y esa riqueza no le basta para resolver sus graves problemas sociales. La disposición a regalar una parte de ella es inexplicable sin considerar las aspiraciones de liderazgo continental del mandatario.

El programa data del 2005 y a su amparo docena y media de países en el continente han conseguido financiar hasta el 60% de su factura petrolera a 25 años plazo, con dos de gracia y un 1% de interés. Es un regalo a cambio del cual Venezuela espera respaldo para su proyecto político.

En varios países, como Nicaragua, el 60% de la factura petrolera financiada a largo plazo se canaliza a la inversión en proyectos de desarrollo mal supervisados, manejados con intervención venezolana y la liberalidad suficiente para favorecer a los sectores cuyo compromiso personal importa al Gobierno del presidente Chávez. En Cuba, el apoyo de Petrocaribe apuntala al régimen gobernante, luego de cinco décadas y media de fracaso económico. En Honduras, la presencia de Petrocaribe contribuyó a crear la crisis resuelta con el lamentable recurso del golpe de Estado.

Costa Rica experimentó, en carne propia, la disposición venezolana a utilizar sus palancas económicas para influir en la política de los países vecinos. Las críticas del entonces presidente Óscar Arias a su homólogo venezolano desencadenaron el incidente de Alunasa, cuyas instalaciones estuvieron a punto de ser trasladadas al extranjero como represalia. La empresa de capital venezolano es importante para Costa Rica, pero no tanto como podría llegar a serlo la dependencia del petróleo barato. Si nuestro país llegara a desarrollarla, la importancia de la embajada bolivariana en San José aumentaría mucho más de lo deseable.

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La dependencia del petróleo barato puede constituirse en aliciente para posponer el desarrollo de fuentes energéticas propias, limpias y renovables. Costa Rica, bendecida por la naturaleza, tiene grandes oportunidades de explotar sus aguas, vientos, sol y volcanes para reducir el uso del petróleo, contribuir a la preservación del ambiente y proteger su soberanía. Aumentar la dependencia del combustible fósil y con ella la de un régimen autoritario sería un paso en la dirección equivocada.

Hay, además, razones derivadas de la experiencia para no hacerse ilusiones con la inclusión en Petrocaribe. La pasada administración no disimuló sus intenciones de acogerse al acuerdo petrolero, pero tampoco se mostró inclinada a abandonar, con ese propósito, la fidelidad a los principios democráticos y la defensa de los derechos humanos tan característicos del país.

En consecuencia, hicimos antesala en espera de la admisión a Petrocaribe, pero el sí nunca llegó.

El beneficio repartido por el Gobierno venezolano a expensas de su población sumida en la pobreza es, también, más precario que nunca. La salud del presidente Chávez es una interrogante y está por verse si sus sucesores, ayunos del carisma del caudillo, podrán darse el lujo de despilfarrar la riqueza nacional en el extranjero habiendo tantas necesidades en casa.

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