Opinión

EDITORIAL

Severidad contra los piques

Actualizado el 10 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Ninguna razón es buena para matar, pero jugar con la vida ajena por mera diversión, o para satisfacer vanidades personales, merece el más fuerte reproche

La más dramática demostración del Estado fallido es la posibilidad de delinquir en público y hasta con horario predeterminado

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La irresponsabilidad y la estupidez se confabularon el sábado en la madrugada para sembrar el luto en una familia de Guadalupe de Cartago. Si las investigaciones confirman las primeras versiones de la Policía, la vida de un joven contador, de tan solo 36 años, terminó a consecuencia de una carrera clandestina de vehículos, un pique, en el cual la víctima no participaba.

El fallecido había detenido su auto a un lado de la calle, en Sabana sur, cuando otro vehículo lo embistió por detrás con tanta fuerza que lo puso a dar vueltas. Los cuerpos de auxilio nada pudieron hacer para salvarle la vida y evitar a su familia el más profundo dolor en este fin de año.

“Pedimos a las autoridades poner mano dura contra quienes andan haciendo loco en las carreteras y causando tanto dolor. Espero que la muerte de mi hijo sirva para sentar un precedente y que haya justicia”, dijo el padre del contador fallecido. Tiene toda la razón. Si la hipótesis inicial de la Policía se confirma, el crimen revestiría una gravedad extrema.

Ninguna razón es buena para matar, pero jugar con la vida ajena por mera diversión, o para satisfacer vanidades personales, merece el más fuerte reproche de la sociedad. También exige poner en práctica las medidas preventivas necesarias para impedir a quienes así se divierten mantener su dominio sobre las calles en las noches y madrugadas.

La zona donde se produjo el accidente, así como la calle principal de Pavas y otras vías aledañas, está entre las más frecuentadas por los “picones”, pero las carreras clandestinas son cosa de cualquier noche en Hacienda Vieja de Curridabat, Paso Ancho y muchas otras comunidades. Los “accidentes” son también frecuentes.

En octubre del año pasado, luego de múltiples tragedias y colisiones, oficiales de la Policía de Tránsito se presentaron en la calle principal de Pavas para poner fin a las carreras en pleno corazón de la capital, con todo y espectadores. Los recibió una lluvia de piedras. Tres oficiales fueron heridos, y tres patrullas que acudieron para apoyarlos sufrieron daños de consideración.

La violencia, más allá de la ejercida con el pie en el acelerador, no sorprende. En el ambiente de los piques hay también drogas, alcohol y armas, muchas de ellas con permiso de portación, lo cual, lejos de ser consuelo, es motivo de honda preocupación. Quienes demuestran tanto menosprecio por la ley y la vida ajena no deberían estar armados con consentimiento del Estado.

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Los disturbios se produjeron precisamente en la zona donde ahora falleció el joven contador. La acción policial, no obstante sus méritos, pierde eficacia, si no es un esfuerzo constante. En julio, el Ministerio de Obras Públicas y Transporte (MOPT) anunció la puesta en marcha de un plan permanente para liberar las vías públicas de la plaga de los “picones”.

Los frutos del esfuerzo se han hecho evidentes, pero falta mucho para garantizar a la ciudadanía la seguridad de las calles, como quedó demostrado la madrugada del sábado. En el mejor de los casos, cuando de las carreras no surge un delito más grave, la locura de lanzarse a la vía pública a altísima velocidad está tipificada como infracción penal independiente.

La más dramática demostración del Estado fallido es la posibilidad de delinquir en público y hasta con horario predeterminado, sin temor alguno a las consecuencias. La responsabilidad de evitarlo no es exclusiva de las autoridades administrativas. El Poder Judicial debe hacer lo suyo para impedir la impunidad. La severidad de la pena no disuade al delincuente en todos los casos. Muchas veces, la criminalidad impulsada por razones económicas resiste la intimidación, pero no muchos correrían el riesgo de verse en prisión solo para divertirse. La severidad de los jueces es un componente indispensable para rescatar a la ley de su condición de letra muerta.

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