Opinión

EDITORIAL

Sainete socialcristiano

Actualizado el 10 de octubre de 2013 a las 12:00 am

La credibilidad de las instituciones no puede ser superior a la de quienes las conducen

Es preciso recuperar la seriedad, tanto como la probidad y la capacidad de ejecución técnica

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El expresidente Rafael Ángel Calderón Fournier no sabía por quién votar, los asambleístas de la Unidad Socialcristiana no sabían para qué se reunirían el sábado y el país no sabía si reír o llorar. Todavía no lo sabe. El sainete del PUSC tiene indiscutibles ribetes de comicidad, pero el daño causado a la política es para tomarlo en serio.

En las encuestas gana la apatía, en los estudios comparados sobre el valor del régimen democrático aparece un considerable número de costarricenses inclinado a las soluciones autoritarias, y en el panorama político surgen perceptibles manifestaciones de radicalismo, todavía contenidas, pero acechantes.

La credibilidad de las instituciones no puede ser superior a la de quienes las conducen. La corrupción, la falta de compromiso con un mínimo de sinceridad o las actitudes festivas e irresponsables drenan las fuentes de la legitimidad democrática. Allí donde la ciudadanía deja de identificarse con las instituciones y quienes las regentan, la democracia se sume en una peligrosa precariedad.

Es preciso recuperar la seriedad, tanto como la probidad y la capacidad de ejecución técnica. No hay seriedad donde faltan la coherencia y un básico respeto por la verdad o, cuando menos, un sano temor a las consecuencias de menospreciar la inteligencia ajena.

El PUSC no tiene el monopolio de la falta de sinceridad y de la incoherencia, pero las ha llevado a grados superlativos, difíciles de igualar por el más pintado entre sus adversarios.

La sinceridad le habría evitado a un candidato a la Asamblea Legislativa salir a la prensa para decir que el aspirante presidencial salió ganancioso del sainete de la primera renuncia, con un crecimiento del 4% en las intenciones de voto. Como justificación del increíble ascenso, el dirigente esgrimió la exposición mediática del postulante, sin reparar siquiera en el carácter negativo de la atención recibida.

Por su parte, la ambición de coherencia habría frenado las carreras de posibles sucesores del dimitente, ansiosos de escuchar propuestas de entendimiento con otros partidos, igualmente preocupados por la erosión de su prestigio. Si la distancia entre el PUSC y el Movimiento Libertario era la candidatura de Rodolfo Hernández, ¿qué representa cada uno de esos partidos en la política nacional y cuál es la justificación de su participación, por separado, en la contienda electoral? Las respuestas solo podrían ser personalistas, tanto como la razón primigenia del distanciamiento.

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El episodio reviste, cada vez más, los rasgos de una maniobra política apresurada, un albur que les salió mal a sus promotores. Para enfrentar el reto de un grupo rebelde –hasta cierto punto–, la dirigencia tradicional se dio a la tarea de encontrar un candidato con aura de respetabilidad y posibilidades de desarrollar una personalidad política, si no envolvente, por lo menos benevolente.

Creyeron haberlo encontrado en el director del Hospital Nacional de Niños y no preguntaron más. La experiencia, el conocimiento de los problemas nacionales y la voluntad de jugar la partida hasta el final, según las reglas preestablecidas, pasaron a segundo plano. Tampoco fue obstáculo la falta de propuesta ni la indefinición de derroteros.

El candidato pasó a llamarse “El Dr.”, lo rodearon los más hábiles operadores políticos del partido, los “rebeldes” ocuparon posiciones y todos alimentaron esperanzas de un segundo lugar, cuando no un triunfo en segunda ronda.

Pronto se vio la necesidad de reducir la presencia del candidato presidencial en los medios y dirigir los esfuerzos a la consecución de una generosa representación legislativa. La conducción política y financiera de la campaña debía alinearse con esos objetivos, pero el candidato despertó a la realidad de los acontecimientos y decidió marcharse con la misma, sorpresiva e inexplicable celeridad de su aparición en la escena política.

Para confirmar su despertar y, de paso, la maniobra de la cual fue parte, el candidato escribió: “Se equivocaron quienes pensaron que soy manipulable, que soy maleable, que soy manejable, que puedo ser exhibido como trofeo de cazador inescrupuloso”. Hubo, pues, quienes así pensaron y su peso en el partido es tanto que el primer impulso del aspirante fue dimitir, no deshacerse de ellos.

Luego, con el lema “no se repartan nada”, el candidato decidió volver, pero la motivación volvió a salir de viaje ayer. El sainete no se puede dar por concluido, pero el país no está para maniobras del viejo estilo y tampoco para espectáculos de semejante calibre. El daño está hecho y sus alcances van más allá del PUSC. Toca a los demás participantes en la contienda hacer lo necesario para repararlo con seriedad y coherencia.

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