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EDITORIAL

Programación macroeconómica

Actualizado el 09 de febrero de 2015 a las 12:00 am

Varios cambios interesantes se introdujeron en el nuevo Programa Macroeconómico aprobado por la Junta Directiva del Banco Central el pasado 30 de enero

La política macroeconómica costarricense se divide en dos: un aspecto positivo (política monetaria y cambiaria) y otro negativo (política fiscal)

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Varios cambios interesantes se introdujeron en el nuevo Programa Macroeconómico aprobado por la Junta Directiva del Banco Central el pasado 30 de enero. Los más relevantes son el blindaje financiero para preparar la economía costarricense ante eventuales cambios del entorno económico internacional, la derogatoria del régimen de bandas cambiarias, el encaje de operaciones crediticias a largo plazo en moneda extranjera y los avances hacia el esquema de metas explícitas de inflación, conocido como inflation targets . El balance general de la programación, a nuestro juicio, es positivo.

Blindaje. Parte de un supuesto válido y realista: las tasas de interés en los mercados financieros internacionales, principalmente en Estados Unidos (EE. UU.), podrían subir a finales de este año, según ha venido anunciando (y posponiendo) el Banco de Reserva Federal de EE. UU. (FED, por sus siglas en inglés). El incremento en las tasas de interés revertiría parcialmente el desaliento de invertir en esa nación, al hacer menos atractiva la adquisición de títulos valores (y monedas) emitidos por países en desarrollo, incluyendo el nuestro, y podría generar volatilidad en los mercados, especialmente en tasas de interés, valores en bolsas y tipos de cambio.

El blindaje consiste en preparar al Banco Central y, por su medio, al país ante la eventualidad de menores entradas de capital, o salidas de recursos no programadas, mediante la adquisición de reservas monetarias internacionales adicionales, ahora que son relativamente abundantes. El programa contempla la adquisición de un monto no mayor de $800 millones hasta diciembre del 2016, con el fin de fortalecer la capacidad de intervención oficial en el mercado cambiario.

Esa intervención tendría dos efectos: uno positivo y el otro no. El primero sería evitar que el tipo de cambio caiga por debajo del nivel actual, por el flujo adicional de divisas, dada la reducción de los precios del petróleo. Sería un efecto positivo, pues protegería al sector exportador que ha visto mermar su competitividad en períodos anteriores por la apreciación de la moneda. El segundo tiene que ver con las pérdidas del Banco Central, ocasionadas por la desmonetización (venta de bonos y otros títulos de estabilización monetaria), pues la compra de divisas aumenta la emisión y debe recogerse. Esas pérdidas, según la institución, representarían un 0,06% del PIB en el 2015, y 0,12% del PIB en el 2016. Sin embargo, las pérdidas totales, inducidas por otras razones adicionales, llegarían a un 0,9% del PIB en el 2015.

Bandas. El régimen de bandas cambiarias, aprobado por la Junta Directiva en octubre del 2006, llegó a su final. Fue sustituido por otro más flexible, denominado “de flotación administrada”, que, de hecho, venía operando desde hace un año. Por tanto, no se espera ningún cambio significativo en las cotizaciones. La derogatoria no solo era predecible –había sido anunciada por el Banco Central en varias oportunidades–, sino también necesaria para rescatar la independencia de la política monetaria, pues el régimen anterior imponía, en determinadas circunstancias, la obligación de intervenir automáticamente, a contrapelo de la programación monetaria. El Banco podrá, ahora, tener más control de la emisión y, por tanto, de la inflación, que es su objetivo primordial.

Flotación administrada. El presidente ejecutivo del Banco Central, Olivier Castro, fue muy claro al decir que el advenimiento de la flotación no significaba que la institución se desentendería del acontecer cambiario, dejándolo todo por la libre. Al contrario, estaría dispuesta, más bien, a intervenir para evitar oscilaciones bruscas o injustificadas que pudieran apartar temporalmente el tipo de cambio de su nivel de equilibrio de medio plazo, de conformidad con los denominados factores “fundamentales” que informan el tipo de cambio. Esa actitud nos parece sana y prudente, y generará mucha confianza, siempre y cuando no se exceda la discrecionalidad para imponer un tipo de cambio fijo, ajeno al mercado.

Un régimen cambiario flexible que responda, en principio, a las fuerzas de oferta y demanda de divisas tendría varios efectos positivos. Uno de ellos es que introduciría un sano elemento de incertidumbre en el mercado, y, por tanto, de riesgo, para evitar la dolarización que se ha venido observando durante muchos años en los activos y pasivos denominados en monedas extranjeras. El otro –íntimamente relacionado con el anterior– es que tendería a fortalecer el colón, en beneficio de todos los costarricenses. Pero, para lograrlo, el Banco Central tendrá que continuar en su esfuerzo por reducir la inflación, hasta llevarla, gradualmente, al mismo nivel de los países con los que comerciamos (3% anual). Con una inflación baja y una buena programación monetaria, las tasas de interés tampoco tendrían que ser elevadas (salvo por presión fiscal).

Encajes. Parte del esfuerzo hacia el fortalecimiento del colón está en mantener condiciones similares para el endeudamiento o ahorro en las distintas monedas. Actualmente, se establecen encajes del 15% para los pasivos en moneda nacional a cualquier plazo. Pero, en cambio, el endeudamiento externo a plazos mayores de un año está exento, razón por la cual las entidades financieras tendían a endeudarse en el exterior, pues resultaba comparativamente más barato. El resultado era un excesivo financiamiento externo, con efectos negativos en el mercado cambiario. El Banco Central desea revertir la situación.

El efecto principal de establecer nuevos encajes será aumentar las tasas de interés en moneda extranjera. Se encarecerá el crédito externo, y eso no es bueno para la producción nacional. Pero, según el Central, es un costo en el que se debe incurrir en aras de la igualdad, y para evitar o reducir la dolarización. Lo ideal, desde nuestro punto de vista, sería uniformar los encajes y, luego, reducirlos gradualmente en ambas monedas para disminuir el costo de la intermediación financiera, que sigue siendo muy alto en Costa Rica.

‘Inflation targets’. El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su último informe sobre el Artículo IV del Convenio Constitutivo, le recomendó al país migrar, lo más pronto posible, al esquema de metas explícitas de inflación para acometer con más decisión y fortaleza técnica el control de esta. Según el nuevo Programa Macroeconómico, ya el Banco Central se está orientando en esa dirección. La adopción del nuevo régimen cambiario y las metas inflacionarias establecidas para el 2015-2016 (4%, más o menos 1 punto porcentual) son requisitos indispensables para lograr la transición hacia el nuevo esquema. Esperamos que la transición se complete lo más pronto posible.

Otras variables. El Programa Macroeconómico contempla, como es usual, otras variables importantes. Disminuirá el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos (4% del PIB en el 2015, y 4,5% del PIB en el 2016, comparado con un 4,9% del PIB en el 2014) y se podrá financiar holgadamente con inversión pública y privada, y sobrará, además, para incrementar las reservas. El crecimiento de la producción será relativamente moderado, superior al promedio latinoamericano, pero insuficiente para reducir el desempleo. El punto negro es el reconocimiento de que el déficit fiscal del Gobierno Central será de un 5,7% del PIB en el 2015 y aumentará a 6,6% del PIB en el 2016. Con toda razón, el FMI criticó fuertemente la política fiscal del Gobierno de Costa Rica, hasta ahora insuficiente para controlar el déficit.

Resumen. Como se puede observar, la política macroeconómica costarricense se divide en dos: un aspecto positivo (política monetaria y cambiaria) y otro negativo (política fiscal). La primera nos permitirá gozar de una relativa estabilidad financiera, con bajas tasas de interés, inflación y devaluación, al menos por el resto del año. La segunda implicará ciertos riesgos económicos, y resulta, en todo caso, insostenible. Además, el país sigue vulnerable en materia de crecimiento de la producción por la ausencia de reformas estructurales que hemos comentado en más de una oportunidad. Si estos dos últimos aspectos se manejaran con la misma precisión con que lo hace el Banco Central, el país podría dar un salto cualitativo al desarrollo.

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