Opinión

EDITORIAL

Programación macroeconómica

Actualizado el 06 de febrero de 2012 a las 12:00 am

El apoyo irrestricto a la política fiscal del Gobierno y el endoso al proyecto de reforma tributaria lanzan dudas sobre la autonomía del Banco Central

Notamos con cierta preocupación el fuerte incremento en las pérdidas de operación del Banco Central para los años 2012y 2013

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Tradicionalmente, el Banco Central da a conocer su programa macroeconómico dos veces años, en enero y julio, con una proyección de la principales variables y las políticas económicas a seguir en ese período. En esta ocasión no ha sido diferente. Lo novedoso, sin embargo, son las dudas que surgen en cuanto a las metas establecidas y las políticas anunciadas, y, también, sobre la posible parcialización de una institución que siempre ha permanecido al margen de la política.

En la programación anterior, el Banco Central se había comprometido consigo mismo a reducir la inflación a un 4% (más o menos un punto porcentual), a no intervenir en el mercado cambiario dentro de las bandas, a seguir avanzando firmemente hacia el esquema de inflation targets (metas explícitas de inflación), todo en el contexto de una expansión de la producción nacional de un 4% para el 2012 y un 4,5% para el 2013. En la nueva programación macroeconómica, sin embargo, se modifican esas mismas variables.

En vez de continuar con el proceso gradual de reducción de la inflación, tal y como se había comprometido de conformidad con la ley, más bien aumenta la meta de variación del índice de precios al consumidor (IPC) en un punto porcentual, de un 4% a un 5% para los próximos dos años. También renuncia a su decisión previa de avanzar al esquema de inflation targets (metas explícitas de inflación) en los próximos dos años (habrá completado ya 7 años de haber prometido lo mismo), anuncia que volverá a intervenir a discreción en el mercado cambiario dentro de las bandas sin verdadera justificación, y culpabiliza a la ausencia de reforma tributaria por el menor crecimiento esperado del producto interno bruto (PIB), sin cuantificar, siquiera, cuánto de la reducción se atribuye a la crisis financiera en la eurozona y sus efectos en las exportaciones costarricenses de bienes y servicios, incluyendo hotelería y turismo, ni cuál sería el efecto real del incremento en las tasas de interés. Todo esto resulta cuestionable.

El propio Banco Central se queja, según se lee en el programa macroeconómico, de la poca convergencia de las expectativas de inflación y las metas establecidas por la institución. ¿Por qué se produce semejante disparidad en un aspecto tan importante para la buena implementación del esquema de inflation targets? La respuesta se halla, sin ninguna duda, en la falta de firmeza y determinación para cumplir sus propias metas y objetivos. Lo hemos señalado en varias oportunidades anteriores: cada vez que no puede cumplir satisfactoriamente sus metas, en vez de ajustar las políticas para lograrlas, simplemente las cambia en una actitud acomodaticia. También ha variado de parecer con respecto a la implementación de las bandas cambiarias, desdibujando de hecho su propuesta original de imprimir flexibilidad al mercado cambiario para lograr mejor control de la política monetaria y poder estabilizar los precios y el valor real de los salarios.

Aparte de lo anterior, observamos que, a pesar de la retórica contraria, el propio Banco Central ha venido endureciendo su política monetaria y crediticia, pues ha elevado recientemente sus propias tasas de interés y, ahora, contempla una expansión crediticia al sector privado menor al concedido el año anterior. ¿Está contribuyendo, sin decirlo, a presionar las tasas de interés para forzar la aprobación de la reforma tributaria? Este es un tema muy delicado pues compromete la autonomía e independencia de criterio de esa institución autónoma.

El apoyo irrestricto a la política fiscal del Gobierno central y el endoso al proyecto de reforma tributaria que se discute (y diluye) en la Asamblea Legislativa, lanzan dudas sobre la mencionada autonomía. Para el instituto emisor parece ser suficiente el endeble esfuerzo realizado hasta ahora por el Ejecutivo para reducir gastos en el 2012, a pesar de proyectarse un déficit financiero cercano al 5% del PIB, sin reparar tampoco que la reducción de gasto hasta ahora practicada se centra más en la inversión, que es precisamente la que más contribuye al crecimiento del PIB, en vez de adelgazar la burocracia, cuyo impacto en el rubro de sueldos y salarios –el más voluminoso– contribuye poco al crecimiento y la estabilidad macroeconómica.

También notamos con cierta preocupación el fuerte incremento en las pérdidas de operación del Banco Central para los años 2012 y 2013, a pesar de la recapitalización efectuada en años recientes. Mientras que el año pasado apenas sumaron el equivalente a un 0,6% del PIB, en el 2012 ascenderán a 0,7% del PIB y en el 2013 brincarán a un 0,9% del PIB, representando una variación de un 50%. ¿Tendrá suficiente autoridad moral para pedir una nueva recapitalización? Se impone una explicación satisfactoria, pues las pérdidas de operación del Banco Central se traducen en más inflación a mediano y largo plazo.

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