Opinión

EDITORIAL

Prevención postergada

Actualizado el 05 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

La previsión mínima es velar por la seguridad de los terrenos donde surgen precarios como el afectado el lunes, en La Carpio, por un deslizamiento del suelo

Los sucesos de La Carpio eran de esperar. Tragedias similares ocurrirán antes de que finalice el invierno, salvo que este año resulte una extraña excepción

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El barrio Las Gradas, en La Carpio, populosa zona marginal capitalina, fue construido para tentar la suerte. Sus moradores no lo querían y quizá carezcan de los conocimientos necesarios para identificar los factores de riesgo, pero todo cuanto hicieron está como diseñado para provocar una tragedia.

Veinte casas se ubican en un terreno inestable, propenso a los derrumbamientos. Se construyeron en una pendiente, sostenidas sobre horcones. La tierra firme está debajo de una capa de basura acumulada en años recientes. En consecuencia, la superficie se erosiona con rapidez cuando llueve. A la escorrentía se suman las aguas servidas de las humildes viviendas, construidas sin tomar el desagüe en consideración.

El descenso de esas aguas por la ladera y la lluvia escurrida desde la cima se ensañaron con el terreno al punto de causar la destrucción total de dos viviendas y el derrumbe parcial de otras tres. Una jovencita de 15 años sufrió un paro cardiorrespiratorio que la mantiene hospitalizada en estado crítico, con ventilación mecánica, y su madre fue operada para remediarle una fractura de tibia. La evacuación del sitio afectó a ciento diez personas, entre ellas 46 niños. Veintiuna familias permanecen en un refugio donde carecen de facilidades básicas.

El estupendo título escogido por Gabriel García Márquez para constituirse en cronista de una muerte aparece hoy parafraseado con excesiva frecuencia, como monumento a la falta de imaginación y afición por el lugar común, pero, en verdad, la de La Carpio es una tragedia anunciada. No menos previsible es el destino de las casas restantes y tantas otras construidas en absoluto desorden a lo largo y ancho del territorio nacional.

Las políticas de vivienda no logran satisfacer todas las necesidades, aunque mucho se ha conseguido. Mientras el país se vea obligado a contemplar desde alguna distancia la meta de asegurar a todos el acceso a una vivienda digna, la previsión mínima es velar por la seguridad de los terrenos donde surgen precarios como el afectado por los deslizamientos del lunes pasado en La Carpio.

El barrio creció allí por empeño de sus habitantes, cuyos modestos esfuerzos alcanzaron para armar albergues de tabla y lata, muy alejados de las comodidades de una vivienda popular, pero suficientes para guarecerse del frío y la lluvia, además de disponer de un modestísimo espacio personal y familiar.

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Las mismas viviendas, con toda su precariedad, pudieron erigirse en un sitio más seguro. A sus habitantes se les debió prevenir de los peligros del terreno mal escogido y, si no hay recursos para dotarlos de techo, cuando menos se les debió proveer de un espacio más seguro. Eso intentan las autoridades ahora, ya sucedida la tragedia. ¿Por qué no antes?

Tiempo hubo para hacer una inspección. Algunas de las familias afectadas tienen más de una década de residir en el lugar y la existencia de la barriada es pública y notoria. El país ha postergado la adopción de políticas permanentes sobre ordenamiento urbano, incluyendo medidas contra la invasión de áreas peligrosas, no aptas para fines habitacionales

La construcción clandestina –aun de verdaderas viviendas, no tugurios– es demasiado común. Quizá la cuarta parte de la población nacional vive en casas construidas sin los permisos de ley, pues se calcula que en una década se erigieron 300.000 viviendas en esas condiciones.

Según la Fundación Promotora de Vivienda (Fuprovi), hay cantones donde la inobservancia de las normas compromete al 60% de las construcciones. El Colegio Federado de Ingenieros y de Arquitectos sostiene que una de cada cinco obras se levanta sin permisos municipales.

Los sucesos de esta semana en La Carpio eran de esperar. Tragedias similares ocurrirán en otras partes antes de que finalice el invierno, salvo que este año resulte una extraña excepción. No hay excusa para dejar de prevenir ni de actuar en consecuencia.

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