Opinión

EDITORIAL

Presupuesto expansivo y desequilibrio

Actualizado el 07 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

Si el presupuesto hubiera sido austero, como reclama el gobierno, el déficit financiero nominal y en términos del PIB habría disminuido

Según el Banco Central, el déficit del sector público consolidado pasaría de un 5,7% del PIB en el 2015 a un 6,8% en el 2016

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El gobierno afirmó que el proyecto de presupuesto ordinario para el ejercicio económico del 2016 sería muy austero. Desafortunadamente, la afirmación es incorrecta. El incremento de los gastos presupuestados sería cercano a un 5%, equivalente a casi cuatro veces la inflación actual. De aprobarse la versión oficial, habría un incremento real en el gasto, inconveniente desde varios puntos de vista.

Otra forma de medir el efecto expansivo del gasto es comparando el déficit financiero en términos del producto interno bruto (PIB). Para el 2016, los ingresos sanos representarán un 14,3% del PIB, pero los gastos significarán un 21,2%. El déficit financiero, por tanto, sería un 6,9% del PIB, comparado con un 5,7% estimado para este año por el Banco Central. Y como el PIB se expande también en términos nominales, los gastos totales y el déficit financiero harán lo mismo en términos nominales. Globalmente, el presupuesto crece de ¢7,1 billones a ¢8 billones. Son sumas descomunales.

No es que el déficit financiero crezca por una contracción en los ingresos. Al contrario, la recaudación total subirá un 8% (sin contemplar un aumento de impuestos), tasa muy superior al incremento de la producción y la inflación. Si el presupuesto hubiera sido austero, como reclama el gobierno, el déficit financiero nominal y en términos del PIB habría disminuido. La conclusión es que la realidad dista mucho de la idea pregonada oficialmente. Y por eso los diputados de la Comisión de Asuntos Hacendarios de la Asamblea Legislativa deben enmendarle la plana al gobierno.

Una tercera forma de aquilatar la expansión presupuestaria es analizar, aunque sea someramente, su composición, particularmente los porcentajes de los denominados disparadores del gasto. Los de carácter corriente se expanden a una tasa del 6%, muy superior a la inflación (1%), mientras que los gastos de capital, que son los más productivos, más bien decrecen un 11,2%; las remuneraciones del Poder Ejecutivo suben un 7,9% a pesar de toda la retórica de contención; las transferencias a las universidades se incrementan un 7,32% y las totales a un 6,7%.

Como consecuencia de lo anterior, la composición porcentual de los disparadores del gasto también se deteriora. Las remuneraciones suben de 29,5% del total de gastos en el 2015 a 30,8% del total en 2016; las transferencias corrientes suben de 28,7% a 29,8% del total; y los intereses y comisiones permanecen sin ninguna variación, en un 11,8% del total de erogaciones. En vez de haber una mejora, más bien se registra un retroceso. Está claro que un presupuesto verdaderamente austero debería producir el fenómeno contrario. También es evidente que no ha habido ningún esfuerzo por corregir los problemas estructurales de la Hacienda pública. En estas circunstancias, ¿tendría alguna justificación aumentar impuestos sin corregir los problemas de fondo? La respuesta cae por su propio peso.

Desde el punto de vista macroeconómico, el proyecto de presupuesto presentado por el Poder Ejecutivo también es altamente expansivo. Según cifras del programa macroeconómico del Banco Central, el déficit del sector público consolidado pasaría de un 5,7% del PIB en el 2015 a un 6,8% en el 2016, y el principal responsable sería el déficit del Gobierno Central. Esto producirá un efecto negativo en la cuenta corriente de la balanza de pagos, cuyo déficit pasaría de un 4% del PIB a un 4,5% del PIB. Y aunque sería ligeramente más bajo comparado con los porcentajes registrados en otros años, la diferencia es que anteriormente los faltantes se pudieron financiar holgadamente con entradas de capital, lo que permitió una relativa estabilidad del tipo de cambio. Pero en el 2016 las cosas podrían variar como consecuencia de la volatilidad en los mercados financieros internacionales –de lo cual ya hemos visto muestras importantes– y también cuando el Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) comience a normalizar sus tasas de interés. Si merman las entradas de capital, el desequilibrio presupuestario se haría sentir en el tipo de cambio y la inflación.

La respuesta convencional de los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) es solucionar la situación fiscal para enfrentar con mayor seguridad la presión cambiaria que se podría generar el año entrante. El gobierno, desafortunadamente, está muy lejos de acatar sus recomendaciones. Y el proyecto de presupuesto sometido por el Poder Ejecutivo en nada ayuda a corregir la situación fiscal.

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