Opinión

EDITORIAL

Preparación ante el ébola

Actualizado el 18 de octubre de 2014 a las 12:00 am

Su avance ‘exponencial’, según la OMS, puede hacer colapsar a tres países africanos

En Costa Rica debemos alistarnos con calma, método, eficacia y coordinación

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Preparación ante el ébola

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Desde finales de diciembre del pasado año, cuando se reportó el primer contagio de ébola, hasta el miércoles 8 de este mes, se habían registrado oficialmente 8.399 casos y 4.033 muertes debido a la enfermedad, casi todas en tres países de África occidental: Liberia, Sierra Leona y Guinea, donde apareció inicialmente. El lunes de esta semana, la directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Margareth Chan, declaró que esos números están creciendo “exponencialmente”, y afirmó que el desarrollo de la epidemia, calificada inicialmente como una crisis de salud pública, se ha convertido en otra “de paz y seguridad”, capaz de hacer colapsar a los países más afectados.

Hasta el 6 de octubre, los muy pocos casos reportados fuera de África eran de personas procedentes de los tres países mencionados. Ese día, sin embargo, se detectó el contagio de una enfermera española que brindó atención a un paciente en un hospital de Madrid donde había sido atendido hasta su fallecimiento. El domingo, en Dallas, Estados Unidos, se identificó un segundo caso, también de una enfermera que había estado en contacto con el paciente liberiano fallecido el miércoles anterior. Todo indica que ambas profesionales fallaron en la aplicación rigurosa del protocolo de protección.

En su dimensión global, la evolución de los hechos indica que se requiere una acción colectiva mucho más vigorosa y urgente que la desplegada hasta ahora para ir en auxilio de los países particularmente afectados. De lo contrario, se estará condenando a la muerte a decenas de miles de personas más, los efectos económicos de la parálisis desatada por la enfermedad serán catastróficos, el riesgo de una descomposición en la seguridad e institucional de Liberia, Siera Leona y Guinea podrá materializarse, y el desbordamiento de la epidemia podrá acelerarse en otras partes.

En su dimensión nacional, lo más oportuno, dada la extensión y evolución de la enfermedad hasta ahora, es desarrollar una estrategia cuidadosa, que nos prepare ante ella, pero sin generar una alarma generalizada e injustificada, que podría traer consecuencias incluso peores que las del contagio. Hasta ahora, este ha sido el camino seguido por nuestras autoridades de salud, aunque siempre a la expectativa de acciones de índole más intensa, si las circunstancias lo ameritaran.

En la situación actual, la estrategia nacional debe asentarse en tres componentes esenciales: el educativo, el preventivo y el reactivo. El primero, que aún no se ha comenzado a desplegar a plenitud, debe alertar a la población sobre los síntomas ante los que debemos estar alertas y la forma de reportarlos a las instancias competentes. La prevención, en la que se ha avanzado mucho, se relaciona con preparar los protocolos y canales de decisión, afinar los procedimientos de detección, designar los centros de salud para atender casos, entrenar a los profesionales, y listar y adquirir los equipos necesarios para actuar ante posibles contagios. Finalmente, debemos aprender de los aciertos y errores cometidos en España, Estados Unidos y otros países relativamente cercanos, para afinar las modalidades de aislamiento y tratamiento de pacientes.

Costa Rica tiene un sistema de salud robusto, que ha respondido razonablemente bien ante epidemias más virulentas, aunque quizá con menor potencial destructivo. No hay razón para pensar que, en la actualidad, nuestra respuesta, de ser necesaria, no sea igualmente eficaz. Por eso, debemos mantener la calma, pero, a la vez, incrementar la vigilancia y la preparación.

Ningún cabo debe quedar suelto y todas las opciones de lo que podría suceder, y cómo responder, deben ser consideradas, siempre con la esperanza de que no sea necesario ponerlas en práctica. A la vez, en el ámbito internacional, debemos hacer lo posible para colaborar con el tipo de respuesta que la emergencia demanda, sobre todo en el occidente de África. No solo se trata de un deber humano hacia los países ya virtualmente postrados ante la tragedia; es, también, parte de una estrategia de prevención amplia, de cuyo adecuado desarrollo y aplicación todos resultaremos beneficiados.

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