Opinión

EDITORIAL

Precipicio fiscal

Actualizado el 19 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

La inacción legislativa en los campos fiscal y tributario, sobre todo a largo plazo, podría hacer caer la economía estadounidense nuevamente en recesión

La caída se extendería al resto del mundo y, dada la recesión en la Unión Europea, produciría un efecto combinado muy grave para todos los países, incluido el nuestro

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¿En qué consiste y por qué se discute con tanta intensidad el denominado precipicio fiscal en los Estados Unidos? ¿Cuáles son las políticas públicas en juego y cuáles serían los efectos económicos para el resto del mundo, incluidos países con economías pequeñas y abiertas, como el nuestro?

El precipicio fiscal es el violento ajuste que se produciría en el presupuesto de EE. UU. dentro de pocas semanas (enero y febrero del 2013) como consecuencia de la expiración de la reducción temporal de impuestos decretada por el Congreso durante la administración del expresidente George Bush (Jr.), por un lado, y, por otro, la reanudación de los recortes fiscales programados, que también fueron suspendidos con ocasión de la crisis.

Los ingresos fiscales por aumentar automáticamente serían los provenientes de los recortes del impuesto sobre la renta decretados en los años 2001, 2003 y 2010 (conocidos colectivamente como recortes del presidente Bush), y aumentarían las tarifas nominales del 35% al 39,6% de la renta disponible, al igual que los impuestos sucesorios y sobre las ganancias de capital. También subirían las contribuciones a la seguridad social, del 4,2% al 6,2% (muy bajos en comparación con lo que se paga en Costa Rica) y se eliminarían ciertos créditos tributarios vigentes, como la investigación y desarrollo en las empresas, y subirían los aportes a la salud de los contribuyentes con mayores ingresos según el denominado “Obama care”, lo cual entraría, de todas formas, en vigencia en enero del 2013.

Del lado de las erogaciones, se reducirían automáticamente ciertos gastos de defensa nacional (muy controversiales entre los republicanos) y otras subejecuciones presupuestarias generales, incluida la extensión de los beneficios de desempleo que expirarían al final de este año. El incremento de impuestos y reducción de gastos, juntos, alcanzarían 503.000 millones de dólares, según la Oficina de Presupuesto del Congreso, equivalentes a casi el 4% del producto interno bruto (PIB). Esa es una suma demasiado fuerte para ser ejecutada de una sola vez en una economía cuya reactivación se mantiene aún muy frágil –menos de un 2% anual– y, al reducir abruptamente la demanda agregada, la contracción podría menoscabar el crecimiento del PIB a corto plazo en un 0,5% y aumentar el desempleo a niveles similares a los registrados al inicio de la crisis, según estimaciones de la Oficina de Presupuesto del Congreso.

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Esas estimaciones son discutibles, según algunos. Habría que agregar los efectos indirectos en el crecimiento y empleo por la incertidumbre entre inversionistas y consumidores, dada la inacción legislativa en los campos fiscal y tributario, sobre todo a largo plazo, que podría hacer caer la economía estadounidense nuevamente en recesión. Esa caída se extendería, indudablemente, al resto del mundo y, dada la recesión oficialmente reconocida en la Unión Europea, produciría un efecto combinado muy grave para todos los países, incluido el nuestro, cuyo volumen de comercio exterior (importaciones y exportaciones) se ubica entre los más pronunciados del mundo, proporcionalmente. Se afectarían las exportaciones de bienes y servicios (turismo, hotelería) y, por esa vía, el crecimiento y generación de nuevos empleos.

Si lo que está en juego es tan delicado, literalmente, para todo el mundo, ¿por qué no se ponen de acuerdo el Partido Demócrata y el Republicano para actuar conjuntamente y evitar una nueva crisis? La respuesta, desafortunadamente, no es tan simple desde los puntos de vista económico y político, ni se puede abstraer de las diferencias ideológicas tradicionales del bipartidismo norteamericano. Tampoco, de las intensas discusiones alrededor de un tema relacionado: el límite cuantitativo al monto total de la deuda pública, alrededor de 16 trillones de dólares (nomenclatura inglesa), impuesto por sucesivas leyes anteriores y extendida prácticamente cada año para acomodar el creciente déficit fiscal durante la Administración Obama. Eso imprime a la discusión nuevas dimensiones temporales e intergeneracionales.

¿Hasta cuánto seguirá creciendo la deuda pública acumulada sin que las calificadoras de riesgo, inversionistas internos y externos, y el mercado reaccionen para castigar con altos intereses los títulos de deuda del Gobierno y la propia moneda. El espejo de algunas naciones europeas debería servir para aquilatar el problema. La República Popular China es uno de los grandes acreedores de todos ellos, incluyendo los Estados Unidos. Si los noteamericanos cayeran en el precipicio fiscal, los chinos quizás podrían deshacerse de sus títulos y precipitar el dólar hacia abajo. Y las reservas de los bancos centrales, incluyendo el nuestro, se verían muy comprometidas.

La posición tradicional de los republicanos en materia de impuestos es muy conocida: cuanto menos, mejor. Y la de los demócratas en cuanto a gastos y clientelismo presupuestario es a la inversa: cuanto más, mejor. Un compromiso entre los dos es inevitable para impedir caer en el precipicio. Lo han dicho observadores objetivos, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), y lo revelan las encuestas en aquel país. Afortunadamente, las más recientes reuniones entre el presidente Obama y el líder republicano de la Cámara Baja, John Boehner, arrojan atisbos de prometedora negociación. El primero está dispuesto a consentir una reducción gradual de gastos y el segundo acuerpó la posición del candidato presidencial, Mitt Romney, de reducir un buen número de exenciones, exoneraciones y subsidios implícitos en las leyes tributarias con el fin de incrementar la tasa efectiva de los contribuyentes, especialmente la de los más adinerados. Es un buen punto de partida. Las negociaciones serán muy duras y no se descarta que consuman el resto del año. Esperamos que, al final, todos podamos ver la luz.

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