Opinión

EDITORIAL

Plan contra los piques

Actualizado el 12 de julio de 2013 a las 12:02 am

En Costa Rica se puede delinquir en público, con horario predeterminado y sin preocupación por ocultar los medios utilizados para perpetrar el ilícito

La ley es letra muerta en virtud de la incapacidad demostrada hasta hoy por las autoridades

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Por fin, el Ministerio de Obras Públicas y Transporte (MOPT) anuncia el propósito de poner fin a las carreras ilegales de vehículos en las vías públicas. Los llamados “piques” son un peligro constante y una molestia insufrible para quienes viven en las inmediaciones de las calles escogidas por sus practicantes, delincuentes en todo el sentido de la palabra.

No hay exceso en llamarles delincuentes, no solo por su criminal indiferencia frente al derecho de los demás, sino por definición de la ley. Las carreras informales son un delito castigado con severidad por el ordenamiento jurídico, pero impune en la práctica. En eso reside el problema. La ley es letra muerta en virtud de la incapacidad demostrada hasta hoy por las autoridades. Ojalá que el programa anunciado por el MOPT parta de un auténtico propósito de enmienda.

El delito se comete en público y hasta con horario establecido. Los jueves y sábados, a la medianoche, la calle principal de Pavas se transforma en pista de carreras. No falla. La regularidad es comparable en otras zonas de la capital. No puede haber mayor descaro ni peor demostración de la ineficacia del Estado.

Si la Policía no ha conseguido aprenderse los horarios, las llamadas de los vecinos sobran para alertarle de la flagrante y masiva comisión del delito. Cualquier operador del 911 es testigo de excepción.

Si al llegar al sitio las autoridades no encuentran a un par de irresponsables con el acelerador hasta el fondo, fácilmente podrán comprobar, en las inmediaciones de la gasolinera Delta, en el caso de Pavas, la existencia de decenas de vehículos alterados exactamente como lo prohíbe la ley. Aun estacionados, los autos de los delincuentes no dejan de ser evidencia del más completo menosprecio por la ley.

Según el anuncio del MOPT, la viceministra de Seguridad Vial, Silvia Bolaños, coordinará brigadas permanentes integradas por la Policía de Tránsito, la Fuerza Pública y el Organismo de Investigación Judicial para poner fin a los desmanes. Cuentan, y lo saben bien, con la voz de alerta de vecinos desvelados en Pavas, Hacienda Vieja, Paso Ancho y muchas otras comunidades.

Si todos los delitos fueran tan fáciles de detectar, no habría delincuencia. Por eso, la proliferación de piques es tan indignante. En Costa Rica se puede delinquir en público, con horario predeterminado y sin preocupación por ocultar los medios utilizados para perpetrar el ilícito, ni las denuncias de su comisión flagrante por la ciudadanía afectada.

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En el pasado, el MOPT alegó tener las manos atadas por falta de normas eficaces. Aprobada la ley de tránsito, no pasó absolutamente nada. Ahora, las autoridades parecen haber recordado la existencia de la normativa. Algo habrán influido los trágicos accidentes de los últimos días. Mejor, tarde que nunca.

Algo pudo haber influido, también, la experiencia personal de la viceministra, quien, en su página de Facebook, escribió una madrugada de la semana pasada: “Son las 2:00 a. m. y es imposible no escuchar a los picones tomando la ruta 39…Voy a llamar al 911, no al tránsito, para pedir a las autoridades judiciales que se hagan cargo y envíen a su gente a ver si logramos dormir. Después de todo, los piques son un delito, no una simple infracción a la ley de tránsito”.

La frustración alcanza hasta el Gabinete presidencial. En buena hora la viceministra sufre como ciudadana lo que debe remediar como autoridad. No hay en la afirmación un ápice de cinismo. Hace falta reclutar a más funcionarios públicos en contacto con la experiencia cotidiana de los gobernados. Esa cercanía crea sensibilidad y, en este caso, alienta un esfuerzo necesario para llevar a la ciudadanía tranquilidad, mayor seguridad y resguardar el olvidado principio del respeto a la ley.

Ojalá que los jueces muestren la misma sensibilidad y disposición a aplicar el derecho, sin fijarse en el cuello blanco –o quizá de tonalidades más elegantes– que visten los delincuentes del volante.

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