Opinión

EDITORIAL

El Papa en Cuba

Actualizado el 25 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

Su actitud fue tímida, pero la visita quizá genere importantes logros estratégicos

Si la Iglesia pudiera aumentar su libertad de acción en la isla, ganarían todos los cubanos

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El Papa en Cuba

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El papa Francisco concluyó el martes una visita de tres días a Cuba, marcada por una deliberada –quizá extrema– prudencia en sus homilías, declaraciones y actuaciones. Siguió un guion cuidadosamente acordado entre el Gobierno y las autoridades eclesiásticas; evitó todo contacto con sectores disidentes y no se enteró –según declaró posteriormente– del encarcelamiento preventivo de varios de ellos; visitó en su casa a Fidel Castro, a pesar de que no ocupa ningún cargo oficial, pero sí arrastra un tenebroso pasado de represión, y no formuló ninguna crítica directa a las precarias condiciones políticas, económicas y sociales en que viven los cubanos.

Fue, por todo lo anterior, una visita tímida y complaciente en algunos gestos. Pero no por ello debe ser desdeñada o censurada. Puesta en perspectiva, su balance podría resultar positivo, aunque los resultados difícilmente se percibirán a corto plazo.

Los objetivos centrales del viaje no fueron explicados claramente, más allá de calificarlo –a la usanza del Vaticano– como “pastoral”, pero todo indica que estuvo dirigido a impulsar tres objetivos esenciales, los cuales, en buena medida, explican la parquedad del Pontífice. Nos referimos a buscar mayores espacios de respeto y libertad para el desenvolvimiento de la débil Iglesia católica cubana; energizar a una feligresía diezmada por décadas de campañas antirreligiosas y asedio del régimen, y mantenerse como un interlocutor privilegiado de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos en su proceso de normalización de relaciones, lo cual, a su vez, podría reforzar los dos propósitos anteriores.

En este sentido, la visita implicó difíciles equilibrios, tanto para el actual dictador, Raúl Castro, como para el Papa. El primero trató de utilizarla, con un sentido táctico y a corto plazo, para apuntalar un mandato carente de legitimidad, que se debate entre la imperativa necesidad de reformas económicas para dar aliento a una economía colapsada y el riesgo político que estas plantean para el control del régimen. De aquí, entre otras cosas, que acompañara a Francisco durante su recorrido por la isla y que, incluso, utilizara el marco del santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, para decir que podría “volver” a la fe.

El Papa, en cambio, parece haber actuado con un sentido estratégico de mayor aliento, según el cual suponemos que consideró necesario limitar su mensaje sociopolítico en aras de obtener mayor apertura oficial para una presencia más dinámica de la Iglesia católica, como organización y fuente espiritual, en la vida del país. Sin embargo, es algo que aún está por verse.

Tanto Castro como el Vaticano saben que, en un país organizado según la “lógica” cerrada del totalitarismo, y que impide el desarrollo de cualesquiera formas de organización independientes, la única estructura de alcance nacional que hoy actúa más allá del Gobierno, el partido y sus aparatos de control, es, precisamente, la Iglesia católica. Por esto, si los objetivos que es posible imaginar en la visita del Papa pueden ser impulsados con algún dinamismo, beneficiarán no solo a la población católica, sino, también, a todos los ciudadanos.

Aun en medio del guion tan controlado y de su retórica tan contenida, el simple hecho de predicar sobre la reconciliación, la unión de los cubanos, la vocación de servicio al margen de las ideologías, el respeto y la tolerancia, dieron a las palabras del Papa un carácter inspirador, incluso disruptivo, además de su claro matiz religioso. Su mensaje también contrastó con las reiteradas consignas de denuncia, confrontación y exclusión características del régimen.

Como valientemente expresó un joven que actuó como vocero en un encuentro con el Pontífice, el país necesita profundos cambios para superar la desesperante situación en que se encuentra. El movimiento, hasta ahora, ha sido muy leve en tal sentido, pero pareciera casi inevitable que, más temprano que tarde, adquirirá mayor dinamismo, aunque el régimen no lo desee. En estas circunstancias, la Iglesia, más allá de su vocación religiosa, tiene un papel clave. Si producto de esta visita puede prepararse mejor para desempeñarlo, habrá valido la pena.

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