Opinión

EDITORIAL

Nueva polémica en Europa

Actualizado el 27 de enero de 2013 a las 12:00 am

El primer ministro David Cameron anunció un plebiscito para decidir sobre la permanencia de Inglaterra en la Unión Europea

El gobernante no entró en detalles, pero sí reafirmó la necesidad de liberalizar el mercado único e instaurar mayor competitividad en Europa

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Un discurso del primer ministro británico, el conservador David Cameron, pronunciado el miércoles en Londres y reiterado al día siguiente en el cónclave de Davos, ha tenido un impacto de alto calibre en ambos lados del Atlántico.

En su mensaje, Cameron anunció la intención de celebrar un plebiscito en el 2017 para definir la permanencia de Inglaterra en la Unión Europea (UE). Con elecciones generales en el 2015, la consulta cívica quedaría condicionada a una victoria de Cameron en los comicios, así como al avance de las negociaciones de Londres con los principales Gobiernos europeos en torno a las demandas británicas para continuar en la UE.

El mensaje de Cameron no entró en detalles, pero sí reafirmó la necesidad de liberalizar el mercado único e instaurar mayor competitividad en Europa. Para lograr esos resultados, insistió en que requeriría la devolución de una serie de potestades hoy ejercidas por Bruselas (sede del Gobierno comunitario), con lo cual podría su país librarse de regulaciones burocráticas asfixiantes, incluidas las migratorias y un sinnúmero de requisitos que encarecen el costo de hacer negocios.

La respuesta de la opinión pública a las tesis de Cameron, como era de anticipar, se dividió conforme a las tendencias conservadoras y unionistas. Alguien llamó al diseño reclamado por Londres como “UE a la carta”, es decir, una especie de menú de restaurante. Pero el principal efecto fue evidente en el apoyo resuelto del conservadurismo británico y de las mayores empresas del Reino Unido.

Fundamentalmente, según el temperamento político de los formadores de opinión, el mensaje del primer ministro fue de carácter inspirador y visionario, o bien una maniobra de índole electoral con miras al 2015. Cabe recordar que prevalece, sobre todo entre los conservadores británicos, un endurecido sentimiento antiunionista, robustecido por las decaídas circunstancias económicas.

El especialista de la Universidad de Princeton Joshua Tucker se hizo eco de la corriente liberal de los primos norteamericanos, al afirmar que “el llamado de David Cameron para un referendo es claramente una maniobra táctica electoral, diseñada para fortalecer la posición conservadora en las elecciones programadas para el 2015”.

Los roces de criterio no se han limitado a los partidos y la prensa de Europa. Además del caudal de opiniones en Estados Unidos y otras naciones del Hemisferio Occidental, el sonado affaire de Cameron también ha enturbiado la atmósfera de los gobernantes europeos. La germana Ángela Merkel ya adelantó estar a favor de una solución negociada previa a cualquier paso drástico de Gran Bretaña. También el presidente francés, François Hollande, quien encara un periodo de encuestas poco alentadoras, teme intensificar las tormentas en Europa y sugirió negociaciones. Estas opiniones son, sin duda, las de mayor peso en el Continente.

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A este respecto, no es dable pasar por alto el viraje histórico que representa un gobernante inglés dispuesto a salirse del redil comunitario. A inicios de la década de 1960, el presidente Charles de Gaulle, de Francia, y el gobernante alemán Konrad Adenauer, dos grandes líderes visionarios, unieron esfuerzos para consolidar las bases de la Comunidad Europea, en particular el mercado común. Observar a estas figuras superar las heridas de la guerra en pro de una nueva Europa, constituyó un desarrollo sin paralelo en la historia.

En 1963, Gran Bretaña solicitó admisión a los extraordinarios mecanismos puestos en marcha por De Gaulle y Adenauer. Después de intensas discusiones internas de los europeos, De Gaulle interpuso su veto al ingreso del Reino Unido. Para ello, invocó una elaborada barrera de causas históricas, estratégicas y políticas. Nuevamente, en 1967, todavía con De Gaulle en la Presidencia francesa, el Gobierno británico pidió admisión al Mercado Común, y otra vez el mandatario galo vetó el ingreso de Albión.

Ya a estas alturas, un enfrentamiento de tal magnitud solamente podía caber en la mente laberíntica de De Gaulle. Salió a relucir en el debate mundial sobre este choque de voluntades, el resentimiento intenso del líder francés hacia Gran Bretaña y Estados Unidos. Recordemos que también en esos años De Gaulle ordenó el retiro de las fuerzas francesas de la OTAN, aunque su país permaneció en la estructura de la alianza.

Según las memorias de las principales figuras de la lucha contra el Eje, De Gaulle se consideró ofendido por el maltrato que recibió, sobre todo de Churchill, quien no consideró apropiado su liderazgo de la Francia libre. Estos celos nunca abandonaron a De Gaulle. Y ahora, medio siglo después de aquel drama comunitario europeo, David Cameron perfila otro pero en reversa.

Es difícil anticipar el desenlace de la actual pugna pues faltan aún varios años en el actual proceso, periodo que ojalá aliente un arreglo, preferible a un frente occidental quebrantado.

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