Opinión

EDITORIAL

Nubes de niños

Actualizado el 20 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

Miles de menores centroamericanos solos e indocumentados intentan cada noche cruzar la frontera con Estados Unidos

En el camino, están expuestos a sufrir accidentes, ser víctimas de explotación sexual o caen en manos del crimen organizado

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Miles de menores centroamericanos solos e indocumentados intentan cada noche cruzar la frontera con Estados Unidos. Los crecientes números evocan la crisis del 2013-2014, cuando la ola migratoria de niños desbordó la capacidad norteamericana para detener y transitoriamente darles albergue. En su camino, están expuestos a sufrir accidentes, ser víctimas de explotación sexual o caen en manos del crimen organizado. Pasan hambre, frío y son vulnerables a engaños y robos.

Aunque el fenómeno no es nuevo, la intensidad alcanzada en junio del año pasado, alrededor de 10.600 en solo ese mes, originó una crisis fronteriza así declarada por el presidente Barack Obama. En comparación, en octubre y noviembre de este año, 10.588 fueron detenidos, forzando así, otra vez, la adecuación de las instalaciones existentes frente al desafío del caudal que perfila avecinarse.

La gran mayoría de los menores proviene del llamado triángulo norte centroamericano, formado por Guatemala, Honduras y El Salvador. Tanto en el 2014 como ahora, la causa predominante es la violencia proveniente del narcotráfico y las bandas criminales juveniles conocidas como maras.

En años previos, la administración en Washington, basada en las cifras e informes de diversas agencias estatales y federales así como de los gobiernos de la región, consideró que la violencia era resultado de las condiciones socioeconómicas prevalecientes. No obstante, tanto el año pasado como el actual, tales previsiones han apuntando también al foco primario de la violencia.

Los refugios temporales para los menores que aguardan definiciones oficiales, no son insignificantes. Por el contrario, son instalaciones con capacidad para miles, y dichos planteles se están reacondicionando de cara al presente desafío.

Según las leyes norteamericanas, los menores no acompañados y procedentes de países sin frontera con Estados Unidos, una vez detenidos deben ser puestos bajo la atención del Departamento de Salud y Servicios Humanos. El Gobierno es así responsable del cuidado de estos menores hasta que se unan con un familiar o un patrocinador en Estados Unidos. De esta forma, los tribunales migratorios pueden decidir sus casos respectivos.

La violencia de las pandillas se ha tornado en motor primario de migraciones hacia suelo norteamericano. Entrar en líos con las maras salvadoreñas o con sus filiales en Honduras y Guatemala es una receta para el homicidio de familias enteras. Este es el contexto en que los menores se sienten amenazados por fuerzas más allá de sus poquísimas posibilidades de encontrar protección, pues las autoridades locales están generalmente hermanadas con las pandillas.

A este respecto, familias de niños que escapan de la muerte, muchas veces contratan coyotes que facilitan su tránsito hacia la frontera. También se ha observado su trayecto por costas y ríos, lo que ha demandado el uso de los conocidos botes de hule, no menos vulnerables que los medios de transporte terrestre, los cuales intentan cruzar la frontera con niños ocultos en cajones de carga.

El tema es sin duda difícil. Los gobiernos de los tres países mayormente afectados de Centroamérica también necesitan buscar solución o al menos alivio para este azote de la niñez.

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