Opinión

EDITORIAL

Muertes y cultura vial

Actualizado el 21 de junio de 2013 a las 12:00 am

Según reveló la Policía de Tránsito, en los primeros 18 días de junio han muerto 20 personas en accidentes de carretera.

Lo más triste de estas muertes es que podrían ser prevenibles si se invirtieran más recursos en vigilancia electrónica y, especialmente, en educación vial.

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En nuestro país, a falta de una adecuada cultura vial, un automóvil o cualquier vehículo automotor se convierten en un arma cargada. Según reveló la Policía de Tránsito, en los primeros 18 días de junio han muerto 20 personas en accidentes de carretera, en su mayoría como resultado de adelantamientos indebidos, maniobras temerarias o imprudencia de los propios peatones.

De enero a mayo, la manía de brincarse la doble raya amarilla, irrespetar una luz roja, dar vuelta en U o invadir el carril contrario dejó un saldo de 30 personas fallecidas y 25 accidentes de tránsito. El más dramático de estos incidentes lo mostró un video de la Municipalidad de San José, el 30 de mayo, en el paseo Colón, cuando un autobús de la ruta Periférica realizó un giro prohibido y provocó una violenta colisión con otro vehículo. El automóvil chocó contra un poste y, como resultado, su chofer perdió la vida.

La tendencia a saltarse, “a la torera”, las señales de tránsito es un deporte nacional y todos somos parte de este comportamiento social, ya sea como responsables, cómplices o, en el peor de los casos, víctimas.

Diariamente vemos a conductores irreflexivos meterse a la brava en lugares indebidos, adelantarse a la luz roja o realizar giros incorrectos, con la seguridad de que nunca serán denunciados o descubiertos por oficiales de Tránsito.

Las artimañas y prácticas temerarias representan la segunda causa de muerte en carretera, solo superada por el exceso de velocidad, que reclamó la vida de 31 costarricenses hasta mayo. La tercera causa corresponde a la conducta imprudente de los peatones. Como se ve, los irresponsables no están solo frente al volante sino también en la calle.

Lo más triste de estas muertes es que podrían ser prevenibles si se invirtieran más recursos en vigilancia electrónica y, especialmente, en educación vial. En otros países latinoamericanos, divididos por serios conflictos políticos e ideológicos, es sorprendente constatar que prevalece una especie de manual de urbanismo automovilístico y un comportamiento mucho más civilizado.

Como se ha dicho hasta la saciedad, el hecho de manejar y portar una licencia de conducir no significa que se sepa hacerlo adecuadamente. Según explica la viceministra de Transportes, Silvia Bolaños: “La irresponsabilidad en las calles es un tema cultural que evidencia una falta en la formación de los conductores”.

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Aunque este factor es innegable, y no se puede colocar un policía al lado de cada chofer, para obligarlo a que se porte bien o impedir que infrinja la ley, también es cierto que la incultura vial se ve altamente favorecida por la ausencia física de agentes de Tránsito y por el crecimiento exponencial de la flota automotor, que superó 1.600.000 vehículos en el 2012 y que sigue creciendo.

En la ciudad de San José, se calcula que hay un oficial de Tránsito por cada 1.860 automotores, lo que es casi risible y hace que la vigilancia sea esporádica, cuando no virtual o aleatoria. Para toda el área metropolitana solo se dispone de entre 120 y 160 agentes al día, para encargarse de las seis colisiones que se dan cada hora.

El problema no puede atajarse por un solo frente pero es indudable que hay que aumentar la capacidad operativa de la Policía de Tránsito. Sin encarar la ausencia de recursos es poco lo que puede hacerse. Es urgente implementar sistemas de vigilancia electrónica que, como lo han dicho las mismas autoridades, podrá permitirles “tener ojos las 24 horas, los siete días de la semana, en lugares específicos”.

A la vez, no debe evadirse el tema de la responsabilidad individual de la ciudadanía. En este campo, que nos compete a todos, hay mucho por hacer. La vigilancia electrónica, las políticas preventivas, la vigilancia efectiva y la educación pueden contribuir a modificar la cultura de la imprudencia y del irrespeto que aún predomina en nuestras calles.

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