Opinión

EDITORIAL

Masacre en Kenia

Actualizado el 12 de abril de 2015 a las 12:00 am

Los detalles de la matanza revelan el afán cruento y sectario de los asaltantes. Los estudiantes fueron separados por su vocación religiosa

Es preciso ampliar la ayuda internacional en sectores como la educación y la salud, e incluso en el adiestramiento de la Policía

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Masacre en Kenia

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Kenia sufrió la semana pasada un golpe cruento de Al-Shabab, una organización terrorista basada en Somalia y afiliada a la infausta Al-Qaeda, red fundada por Bin Laden y autora de los hechos del 11 de setiembre del 2001 en Nueva York.

El ataque contra Kenia, el jueves pasado, estuvo a cargo de cuatro militantes islamistas, fuertemente armados y forrados con explosivos. La destinataria de la agresión fue la Universidad de Garissa, donde los gatilleros asesinaron fríamente a 150 estudiantes, mayormente cristianos. También hubo un alto número de lesionados.

Los detalles de la masacre revelan el afán cruento y sectario de los asaltantes. Los estudiantes fueron separados por su vocación religiosa. Los cristianos fueron liquidados de inmediato. Otros jóvenes quedaron detenidos en las habitaciones, donde eran escogidos para una muerte inmediata. Así, adolescentes de diversa filiación religiosa resultaron asesinados en el acto.

El proceso tomó alrededor de 15 horas, tiempo durante el cual los aún vivos sufrieron el dolor horrendo de la incertidumbre. La tragedia de estos adolescentes resulta inenarrable, inmersa en el tiempo de espera para la definición del destino de cada uno. El saldo de muertos fue el segundo mayor en la región desde la explosión de la Embajada de Estados Unidos en Nairobi, obra de Al-Qaeda, en 1998, que causó 213 víctimas.

No es dable desconocer el propósito de los terroristas al cometer una matanza de tales proporciones en Garissa. Sus fanatizadas mentes se propusieron liquidar una parte vital del futuro progreso de Kenia, porque esos jóvenes constituyen la clave para la educación y el desarrollo de su país. Ese progreso no es tolerable para los extremistas islámicos cuya respuesta es el asesinato de estudiantes, sobre todo de los universitarios. Así ha ocurrido con los secuestros perpetrados por Boko Haram, en Nigeria, y los talibanes, en Pakistán.

Pareja a la liquidación de estudiantes, la mira de esta rama terrorista somalí, inspirada por el terrorismo wahabita musulmán, se orienta a destruir los logros materiales del Gobierno keniano. En el 2013, escogieron como blanco un moderno centro comercial y turístico en Nairobi, asalto que produjo la muerte de 63 turistas y lesiones graves a cerca de 200 visitantes.

El predominio que disputan diversos grupos extremistas en distintas zonas de África explica la sed publicitaria de Al-Shabab. Sus acciones le ganan titulares en los medios y, a fin de cuentas, la prominencia en la prensa también constituye un atractivo para potenciales conversos. No sobra señalar que uno de los cuatro militantes que llevaron a cabo el asalto de Garissa fue identificado como el hijo desaparecido de un alto oficial keniano.

En esta coyuntura de crecientes temores por la estabilidad de un importante país africano, no es posible soslayar la necesidad de reforzar la seguridad de Kenia. La forma predominante de asistencia estadounidense es el apoyo aéreo a las fuerzas armadas de Kenia. Esto, sin duda, es importante, pero la receta se ha reducido fundamentalmente a este respaldo.

Valdría la pena ampliar la ayuda en sectores como la educación y la salud, e incluso el adiestramiento de la Policía, máxime ante las protestas por la tardanza en la respuesta al secuestro de Garissa. Este segundo ataque a la institucionalidad keniana debe impulsar un esfuerzo de autocrítica en Kenia y constituirse en un acicate al apoyo de las potencias amigas al proceso de mejoramiento.

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